Las cosas de la vida, ordenando archivos, encontré una foto de hace muchos años, dándonos un abrazo. Ojalá pueda compartir la fuerza que me dio el hallazgo.
Un par de semanas después ya estábamos en la responsable cuarentena voluntaria cuando toca clarín en el calendario otra fecha religiosa, pero cuyo alcance atañe a todos los que están comprometidos con los más débiles en esta vida: los cuarenta años del asesinato de monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, hoy San Romero de América, también por decisión de Francisco. Un francotirador, desde la modesta capilla del Hospital Oncológico para Niños donde vivía, le abrió el corazón mientras celebraba misa. Habitaba una modesta casa que había sido destinada como residencia del jardinero del hospital. Su entierro había congregado multitudes, dispersadas por tiros de francotiradores.
Durante el exilio que, entre otros, compartí con el director de esta revista, vivía en EEUU trabajando para un organismo de derechos humanos y me financiaba haciendo periodismo. En esa condición cubría Washington como corresponsal de la televisión mexicana (Canal 13). La Universidad de Georgetown, con sede en la capital, le otorgó a monseñor Romero un título Honoris Causa. Canal 13 me pidió que le hiciera un reportaje cuando fuera. Me llevé una gran desilusión cuando supe que no iría, sino que mandaría un emisario. La universidad decide mandar su claustro a San Salvador a entregárselo en persona. Canal 13 me pide que vaya, que ellos enviarán cámaras.
Allí fui; le entrevisté tras la ceremonia el 14 de febrero de 1977. Nacía allí una amistad que iba a influir mi vida de forma asombrosa. Duró menos de tres años, pero la revivo cada día de mi vida. Quedamos conversando hasta la madrugada. Parecía que me conociera de toda la vida, como si adivinara muchos dolores que llevaba sobre mis hombros. Tan tarde era, que me ofrece quedarme en su casa. Acepté pensando que hablaba de la sede del arzobispado, al lado del despacho en la catedral donde nos sorprendió la madrugada. No, nos fuimos en su camioneta a las afueras de la ciudad a su modesta casa. En un sofá pasé aquella noche.
Después de ese encuentro traté de ir todas las veces que pude. Me dejaba acompañarlo a sus visitas a las “poblaciones” (comunidades campesinas). Vi cómo los pobres le enseñaban su camino. La gente le decía monseñor no como título de dignidad, sino como un sobrenombre. Como decía un amigo en común hace pocos días, además de humilde, era muy tímido.
El jueves 20 de marzo del 80, me llevó en su camioneta al aeropuerto. Yo había ido como tantas veces, pero además para invitarlo al lanzamiento de la Convergencia. Me dijo que no iría porque no salía de El Salvador, pero nos mandaría unas líneas. No bajó. Agregó: “Creo que no te traeré más, no sé si es un favor o si te pongo en peligro”. Se quitó la cruz que llevaba sobre su sotana blanca y me la regaló. Desde entonces, me ha acompañado todas las noches de mi vida. Fue lo primero que pedí que me dejaran tener cuando fui apresado en 1984.
El domingo 23 escuché su homilía por onda corta desde Washington. Me di cuenta de que había echado sus últimos dados. Desde la muerte de su confesor, el padre Rutilio Grande, no ocultaba que sabía que estaba en la mira de los sicarios que masacraban campesinos. El lunes 24, dando misa en la pequeña capilla, entraron sus asesinos. Les habló mirándoles a los ojos. “Que mi sangre sea semilla de libertad”. Un tiro le partió el corazón cuando alzó el cáliz.
Quienes vean en las redes sus sermones, los del domingo 23, verán que en la catedral siempre había a su lado un ayudante con un teléfono antiguo. A través del aparato, su voz llegaba al resto del mundo, por onda corta. Al salir el féretro de la catedral, la multitud solo se puede comparar con la que se congregó en mayo de 2015 cuando el papa lo beatifica. Las dos veces pude estar junto a la multitud salvadoreña. La última, invitado por Francisco.
Estos días de encierro, he pensado mucho en él. Y, a diferencia del viejo teléfono de disco, la tecnología de este siglo me permitió vivir dos experiencias formidables. Como un feligrés más de la parroquia NSPS San Romero, veníamos trabajando en la conmemoración de los 40 de su muerte. La pandemia nos obligó a hacerlo virtualmente, pero nos sentimos tan unidos como si nos tomáramos de la mano. Al otro día, mi viejo amigo el reverendo Joe Eldridge habló en una liturgia en Washington en su memoria. Participé desde acá como si allí hubiera estado.
Que estos recuerdos hayan permitido llenar el tiempo de cuarentena a quienes los hayan leído. Que el ejemplo de Cardenal y Romero acompañen a todos los uruguayos en estas horas de poca actividad en las que la solidaridad y el pensamiento en los más sufridos son el único camino que nos permitirá salir victoriosos, como ellos, en momentos de adversidad.