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Columna destacada | Venezuela |

Una solución pacífica para la crisis venezolana

Por Emir Sader.

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La agresividad y la reiteración de las amenazas del presidente estadounidense, Donald Trump, revelan una disposición a apelar a formas violentas de intervención en Venezuela. Para ello ha movilizado a todos sus aliados internacionales, especialmente en Europa y América Latina. Conforme el gobierno de Trump se empantana dentro de su propio país, la apelación al chivo expiatorio, Venezuela, se vuelve más intensa.

Es impresionante el grado de adhesión al gobierno que Estados Unidos (EEUU) quiere imponer en Venezuela. La gran mayoría de los gobiernos latinoamericanos y prácticamente la totalidad de los gobiernos europeos han adherido a una política violenta e intervencionista como la de Donald Trump.

Es cierto que Europa nunca ha dejado de ser aliada estadounidense a escala mundial. No se ha librado nunca del “fantasma soviético”, ahora actualizado como el “fantasma Putin”, como chivo expiatorio para justificar su alianza subordinada con EEUU. Ni siquiera ser tan maltratada por Trump, como él ha hace con Europa, con la OTAN, provoca que los gobiernos del viejísimo continente se hayan sentido heridos en lo que queda de su orgullo.

Como si no bastara la ofensiva de los gobiernos de derecha en contra de Venezuela, el gobierno socialdemócrata de España y hasta el de centroizquierda de Portugal (del que forman parte también el Partido Comunista y el Bloque de Izquierda) también han reconocido al presidente de derecha que EEUU trata de imponer como su gobierno en Venezuela.

En América Latina, México, Uruguay y Bolivia intentan resistir, pero la adhesión al reconocimiento del presidente de la derecha es ampliamente mayoritaria, incluyendo actitudes más beligerantes de algunos países, entre ellos Colombia. La anunciada operación de una supuesta llegada de ayuda humanitaria por la frontera de Venezuela con Colombia, llevada por militares estadounidenses y colombianos como pretexto para el ingreso de esas tropas en territorio venezolano, alegando atender la crisis humanitaria, es un intento más de comprometer a sectores de las fuerzas armadas en una operación política contraria al gobierno. Esto confirma la creencia de la oposición y de EEUU de que, sin división del Ejército, Maduro se sostiene en el gobierno.

Los gobiernos de México y Uruguay convocaron la reunión del día 7 en Montevideo para buscar una solución política al conflicto.

Pepe Mujica está muy preocupado con la posibilidad de que deflagre una guerra en plena América del Sur, después de que los gobiernos progresistas habían logrado decretar la región como libre de conflictos bélicos. Mujica propuso nuevas elecciones en Venezuela, sin la participación de Maduro y Guaidó, suponiendo que el país no soporta seguir en la situación actual y que ni el gobierno ni la oposición lograrían derrotar uno al otro en los términos actuales del enfrentamiento; la prolongación de esa situación aumenta el riesgo de intervención militar y, de paso, de una situación de enfrentamiento militar abierto.

El principal problema de esa propuesta, que podría restablecer un marco político internacional de consenso es que probablemente sea rechazada por los dos. Mientras, la proyección de la situación actual no permite prever nada de bueno para Venezuela. Ni seguir con la tensión actual en aumento, mientras la situación interna es presionada negativamente por los factores externos. Ni mantener la escalada de manifestaciones internas, en tanto el país se mantiene en vilo, aguardando alguna solución mágica que no existe.

El papa también se dispone a hacer intermediaciones, pero resalta que sólo lo hará en caso de que las dos partes lo soliciten.

Todas las fuerzas y personas interesadas en una solución democrática para la crisis venezolana tienen que manifestarse claramente en condena de las amenazas militares de EEUU y de sus aliados. De ellas sólo puede venir lo peor para Venezuela. No es posible que instituciones que ya fueron democráticas se limiten ahora a reivindicar el derecho de la oposición a manifestarse y a pedir solución negociada para el conflicto, sin empezar, de forma clara y evidente, con la condena de las agresiones externas.

La reunión a lo mejor es la última posibilidad de encontrar un marco de consenso para una solución democrática a la crisis. Lo peor sería que las partes se mantuvieran inflexibles y, como dice Mujica, crean que es posible que una de ellas triunfe con el aplastamiento total de la otra. Esa expectativa sólo lleva a la intensificación de las tensiones y a la prolongación y profundización de la crisis.

El encuentro puede constatar que esa prolongación es negativa y que el respaldo a un gobierno apoyado por EEUU es un peldaño más hacia una conflagración general. Pero superar ese cuadro negativo supone soluciones políticas que requieren grandeza de cada una de las partes, demostrando que efectivamente quieren una solución política y pacífica para la crisis. Se necesita que las dos partes sean contempladas, que se llegue a una propuesta que permita terminar de una buena vez con la más profunda y prolongada crisis que Venezuela ha conocido; y no está caminando hacia su superación, sino a la destrucción material e institucional de país.

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