Por ejemplo, siempre consideré que en varios aspectos y significaciones, La Ilíada y La Odisea son novelas históricas, o al menos se nutren en buena y no despreciable medida de las costumbres, mentalidades y sucesos de los tiempos narrados. ¿Tendremos que dejar de leerlas por la sola sospecha de que, tal vez, Homero o los muchos Homeros nos mintieron durante los últimos 2.500 años? Y están, en nuestra contemporaneidad, obras como El arpa y la lira, de Alejo Carpentier; o El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez; o La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; o la propia y portentosa Maluco, de nuestro compatriota Napoleón Baccino Ponce de León.
¿Serán todos ellos unos mentirosos consumados? Los cuatro libros mencionados son novelas históricas, que no deforman a propósito ningún hecho histórico -bueno es precisarlo-, pero se instalan en el decurso del ser humano a través del tiempo y del espacio, toman ciertos aconteceres y los integran con extraordinaria libertad y amplitud a su discurso literario.
No se trata de que tengan o no tengan derecho a hacerlo. No se trata de una cuestión normativa o de deber ser. No se trata tampoco de una cuestión moral -si es bueno o malo que lo hagan-, sino del arte a secas. El arte toma cualquier evento, consigna, idea, catástrofe o simple sospecha y hace con ella lo que tiene que hacer. Una labor creadora. Ni más ni menos. Es demasiado obvio y, sin embargo, tengo que decirlo: la novela histórica no es un libro de historia. Confundir ambos planos equivale a una grosera confusión. Una cosa es la historia como ciencia social, con su objeto de estudio, sus métodos y demás conceptos e instrumentos, y otra es la literatura, que puede tomar -y de hecho toma, sin pedirle permiso a nadie- el asunto vital que se le antoje, que para eso está. Lo demás es error, ignorancia y censura. Lo siento, pero no existe otra manera de verlo.
Quien desee estudiar la llegada de Colón a América no debería leer El arpa y la lira, sino diez o doce buenas obras de esa disciplina denominada historia. Después, por supuesto, no le vendría mal leer a Carpentier, pero no para informarse de los hechos sucesivos en sus ejes diacrónico y sincrónico, sino para asomarse a las más o menos ocultas significaciones de ellos.
Por otra parte, ningún libro de historia puede hacer lo que hace el arte. No puede, por mucha interpretación que implique, representar una escena para mostrarnos los dolores, las esperanzas y los miedos de sus protagonistas. No puede hacer gritar a Cristóbal Colón o hacer reír locamente a la reina Isabel La Católica ante la multitud de piezas de oro que el genovés le trajo de regalo luego de su primer o segundo viaje; no puede hacer temblar de furia o de fiebre a Simón Bolívar, y así seguiría un largo etcétera. La novela histórica es una manera irreemplazable, única y particular de conocer el pasado. Y si el pasado no puede ser conocido, el presente es irrepresentable.
Los grandes exponentes del género, tanto en América Latina -donde la novela histórica posee un sitial de preeminencia- como en el resto del mundo, poseen dos atributos bien caracterizados. Por un lado, defienden la objetividad de una exhaustiva labor documental, y por el otro introducen los aportes del imaginario colectivo y de su propia elaboración artística. En Tomás de Mattos, por ejemplo, hay una fuerte intención de afirmar la identidad nacional -comenzando por su célebre Bernabé, Bernabé-, pero también de dar una versión rectificadora de la historia oficial.
Lo que se suele dejar de lado en la buena novela histórica no es la verdad, sino más bien la vieja idea o pretensión de objetividad, enarbolada por ciertos discursos oficiales. Esta actitud puede causar alarma, claro está. Supone un descreimiento profundo y radical en la propia historiografía como discurso legitimador de los grandes relatos, esos que pasaron de generación en generación y que los esforzados escolares repiten en sus cánticos. Para peor, perdidos como estamos en un mundo virtual, dotado de extrema velocidad de cambio y de ligereza frívola, inconsciente y trivial, nuestra incapacidad aumenta. Somos incapaces de forjar, por ejemplo, representaciones de nuestra propia existencia, de nuestro pasado, e incluso de nuestras experiencias actuales.
¿Dónde se queda entonces la pretendida verdad del relato histórico, y con qué contrastarla? En ese contexto, la novela histórica no va a contrapelo de la verdad histórica, sino que ofrece nuevos sentidos y perspectivas. Hipótesis, dudas, opciones frente a las visiones fragmentadas de las perspectivas tradicionales. Hay formas costumbristas de la novela histórica -para mí, siempre serán las menos interesantes- y hay formas psicológicas, desafiantes e incluso filosóficas que pretenden indagar a los personajes y al pasado desde las propias inquietudes y angustias del presente.
El único límite que no debería transgredir una novela histórica es el del hecho histórico. No hablo de interpretaciones, sino de hechos en sí mismos. No puedo inventar que Napoleón huyó de la isla de Elba, se radicó en Asia y fundó una nueva dinastía manchú. Pero sí puedo indagar sobre el alma, las intenciones y los desvelos de Napoleón. Así lo hizo Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano (recomiendo la traducción de Julio Cortázar), una de las novelas históricas más poderosas que he leído. ¿Se aparta Yourcenar del dato histórico? Sí y no. ¿Se apega a los hechos? Sí y no. Yourcenar explora tan a fondo el alma de Adriano, y de tal manera colma de poesía su propia obra, que se trata más bien de una cosmovisión de época, de todas las épocas, y no de una mirada estrictamente histórica. Yo digo a quienes reniegan de tal ejercicio, a quienes sostienen que así se deforma la historia, que el libro de Yourcenar no es un libro de historia y no pretende serlo. Es una maravillosa obra de arte, necesaria y auténtica, reveladora y provocadora. Y de no ser así, Marguerite es una mentirosa… y en cuanto a mí, ni les cuento.