Wilson fue un adversario temible. Nunca mezcló lo personal con sus ideas y posicionamiento político. Fue duro y respetuoso en el debate. Jamás llevo la legítima discrepancia al terreno del enfrentamiento personal.
Del grupo por el que ingresó por primera vez al Parlamento (lista 400), se alejaron muchos de sus grandes amigos. Emigraron al Fidel o directamente al Partido Comunista: Paco Espínola, Luis Pedro Bonavita, Luis Soares Netto, entre otros. Le apenó, lo discutió con ellos, pero nunca fue motivo de distanciamiento personal. Eran tres amigos que quería profundamente. Y siguieron siéndolo por siempre.
Todo esto habrá que tenerlo en cuenta a la hora de recordarlo. No se puede rendir tributo a Wilson con agravios y descalificaciones contra los que no piensan como uno. En esto, dicho en ánimo constructivo, las redes no han ayudado mucho. Pero los dirigentes, si lo son de verdad, deben de hacerse cargo de la conducta de sus militantes. Si en el Parlamento ante cualquier circunstancia insultan, los militantes hacen lo propio y muchas veces lo trasladan al campo de la violencia.
Dicho esto, queremos señalar dos ideas claves para este centenario: compartiendo o no sus posiciones, no debemos situarlo donde nunca estuvo. Respetar su derecho a no ser contemporáneo de este tiempo y, por tanto, no lanzar ideas en su nombre para un tiempo que no vivió. Repudió el neoliberalismo cuando fue ministro, cuando hizo oposición a los gobiernos de Pacheco y Bordaberry, durante el exilio y en cuanta conferencia dio en Uruguay y en el exterior luego del regreso. Reivindicó los principios esenciales de su programa del 71, “Nuestro compromiso con usted”, hasta su muerte. No digamos, en su honor, que este “era un mamarracho.” Ese “mamarracho”, según han hecho público algunos dirigentes, fue su bandera. La abrazó y abrazado a ella vivió hasta su último momento.
El gran desafío en su centenario es, pues, no hacer actos proselitistas. Reconocer que Wilson, como otros grandes del siglo XX, trascienden sus propias divisas. A veces, confundiendo posiciones personales con la investidura que se ostenta, se han celebrado actos -el año pasado- que fueron de extremo sectarismo. Esperemos que con el esfuerzo de todos este año no ocurra.
Ni unos ni otros podemos atrevernos a adueñarnos con fines electorales de su figura. Es de todos. Y el mejor honor que podemos tributarle es celebrar su huella juntos, quienes entendemos que se sirve mejor a sus ideales, desde un partido u otro. Si no, serían homenajes muy truncos, como diciendo: “Wilson, inscribí la propiedad de tu memoria en una escribanía”. Es como usar un homenaje para decirle: “Wilson, no entendí nada”.