Claro que cuando su partido, y en concreto el sector al que pertenecía, llegó al gobierno, quiso cambiar el país. Y lo quiso cambiar beneficiando a los más pequeños, los más necesitados. El general Velasco dijo a Wilson que su reforma agraria había sido inspirada en la suya. Pero no era otro Wilson que el enemigo acérrimo de la dictadura. Era Wilson en el gobierno.
Claro que cuando ejerció la oposición lo hizo de modo distinto, con Pacheco y Bordaberry y cuando empieza lentamente a parirse la democracia, renga y con exclusiones. Ahí, aun cuando lo tienen preso para que no gane, sale al otro día de la elección a tender su mano al nuevo gobierno para darle gobernabilidad y estabilidad. Tampoco ahí, pocas veces se recuerda, quiso coparticipación. Como no la había aceptado antes del golpe, tildando a los sectores que aceptaron cargos de gobierno como “blancos baratos que se quieren vender”.
Entonces vemos a algunos dirigentes que disputan su legado, como si fuera un bien tangible con eventual título de propiedad en exclusiva, decir: “A mí me gusta el Wilson combativo, a mí el interpelante, a mí el moderado, a mí el opositor avasallante”. Lo grande del personaje es que para cada momento, adoptó lo que creía conveniente. Y, por cierto, esto no le libraba de tener aciertos y cometer errores. Y cuando la vida y la historia se lo permitieron, asumió públicamente su error. Murió antes del “voto verde”. No soy quién para decir qué hubiera sentido cuando su partido salió a tocar bocinas celebrando la derrota en ambos plebiscitos para anular la Ley de Caducidad.
Recuerdo, sí, tres cosas sobre el tema: 1) verlo salir llorando del Palacio la noche del voto. Lo vi llorar cuando murió su madre, cuando mataron al Toba y a Zelmar, junto a Barredo y Whitelaw, y esa noche. 2) Haber dicho a los pocos días, en dos actos públicos filmados y emitidos varias veces, que había sido engañado por Sanguinetti. Mientras que antes de votarla le decía que se venía una crisis institucional, al otro día salió a decir que el riesgo nunca existió. 3) Palabras de Gerardo Caetano (palabras más, palabra menos): “Yo creo que votar la Ley de Caducidad fue su más grave error. Ahora, creo que eso no da pie para decir que Wilson estaba con la impunidad”. Y agrega: “Estoy convencido de que, de haber sido presidente, él hubiera aplicada la ley de otra manera, dando, por ejemplo, un cumplimiento efectivo al artículo 4 y no sobreinterpretando la ley como una amnistía encubierta”.
No hay varios Wilson, hay un solo Wilson, que actuaba de modo distinto según las circunstancias, sin perjuicio de aciertos o de errores. Lo que sí es seguro es que cuando se pudo equivocar, como dijo el entonces intendente Tabaré Vázquez, al inaugurar la calle que lleva su nombre, “sus errores nunca fueron para buscar beneficio propio, sino, a veces pagando un alto costo político, haciendo lo que en ese momento creía que era mejor para el país”.