Vamos a hacerlo mejor
“Cuando estés triste ponte a cantar
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“Cuando estés triste ponte a cantar
Cuando estés alegre, a llorar
Cuando estés vacío, de verdad vacío
Ponte a mirar”.
Jaime Sabines
Lo banal que no amerita reflexión parece ser una suerte de maltrecho salvavidas para algunas personas falsamente refugiadas en la imposible placidez de los buenos augurios de un bello desastre, lo que no se limita a una ocurrente paradoja, sino a un verdadero peligro que deberíamos evitar.
Como quien se dedicara a vestir precarias perchas con ropas brillantes para llamar la atención y así visualizar gestos de asombro acompañados de los “me gusta” todomodernistas en los paseantes de la ignominia más feroz, la vida sucede casi sin cuestionamientos en ese asteroide que desborda un torrente de máscaras y disfraces para el tropel de los tristes “con orgullo” que se dañan a sí mismos, no abandonando la apología de la autocomplacencia con aromas de aljibe de agua cenagosa insalvable.
Este aparente oficio que no denota peligrosidad es a mi consideración la atención malamente diversificada en un momento en el que estar bien despiertos y lúcidos es fundamental para obrar en consecuencia, impidiendo que los bosques se destruyan entre llamas voraces ante la distracción inadmisible que cuenta con muchos cadáveres.
Esos incendios, entre otras cosas -tal vez de menor entidad, pero que no dejan de ser importantes-, nos convocan a tomar partido y abandonar “desencantos” cuando es necesario poner atención para que los logros no se pierdan.
Como quien se encoge de hombros para descontracturarse, “los desencantados” desmitifican la espantosa labor de banalizar lo trascendente tal si fuera la única ocupación posible de esos extraños seres que declaran carecer de ideología y reniegan de la lucha de clases, como si estuvieran dulcemente muertos, sin hostilidad y sin utilidad, la nada toda de una exterminación latente.
Quisiera poder entender y hasta justificar esa ostentación que raya en el absurdo o deviene de la peligrosa ignorancia que siempre oficia de enemigo -cuando no esté teñida de cierta crueldad-, coartando la libertad de muchos que sin saber cómo, ni cuándo ni por qué se ven empujados a precipicios, y con ellos, van otros, irreflexivos también, pero convencidos de ser fantasmas nunca dañinos.
Hay que tomar postura, abandonar la tibieza, luchar contra la mediocridad siempre peligrosa y ambivalente, ser útil, apelar a la excelencia, entregar todo sin avaricia de ningún tipo al servicio de lo que consideramos justo y necesario.
El compromiso es con la humanidad entera, con cada persona con la que nos cruzamos y también con aquellos cuyos rostros no veremos nunca; la tarea es diaria e incansable. Cada uno utiliza diferentes herramientas, pero no vamos a lograr nada bueno sin involucrarnos sosteniendo una mirada vacía que está lejos de ser inocente. La vacuidad es un peligro del que generalmente huyo. Regirse por estereotipos de “rubias taradas” no da resultado, suelo pensar. La coherencia en cada actitud es la mejor defensa que tenemos.
He aprendido no sin dolor que el universo de la autoficción se potencia en las redes sociales pudiendo dañarnos gravemente.
Tal vez todos hemos necesitado inventar una realidad diferente a este esquema muchas veces riguroso de paredes de concreto limitante. En este sentido, los escritores tenemos algo de suerte, pudiendo crear un paisaje diferente al que habitamos, convirtiéndonos en exploradores subacuáticos de enormes océanos cuando lo que logramos ver es apenas una ventana diminuta con un resquebrajado trozo de cielo. Así se ha sobrevivido a las cárceles y luchado contra las peores canalladas, ejercicio de libertad que nos ha liberado a todos, arma de transformación, a mi criterio indiscutible y de gran utilidad.
Sin embargo, hay una sombra bien jodida en aquellos que hasta tienen algunos padecimientos y, sin ser precisamente artistas que transforman la realidad salvando lo bello, atraviesan el parque para ser otros, esos que nunca serán, ni jamás fueron, a veces necesitando un buen psicoanalista; otros, mostrando sin querer cierto dejo de maldad e indigestas conductas narcisistas. En ese caso, huyo, ya que una gran herramienta como internet se ve desvalorizada, siendo que es útil en estos tiempos confusos cuando es necesario informar y debatir para concluir.
Huyo como de los boliches en los que se banaliza el arte con lecturas nauseosas en las que se enlazan palabras inconexas en un juego prácticamente diabólico para decir nada, aturdiendo nuestra capacidad de pensar, similar al crecimiento indiscriminado de vegetaciones nocivas capaces de envenenar a los hambrientos que no logran diferenciar un montaje de superficialidad, acompañado por el ruido ensordecedor de una licuadora, de una verdadera obra de arte que nos interpela.
Huyo siempre de cada plaza abandonada donde solo veo crecer hongos sospechosos, no me detengo en esos bancos, la armonía desaparece y la creación me resulta imposible como si todos los sueños implosionaran provocando un sangrado mortal que dibujara en el mapa un camino sin retorno.
La vida es una cosa muy seria, un trabajo de exploración y crecimiento que no admite una postura neutral en ningún ámbito. No entiendo la neutralidad y me cuesta creer en los artífices del enorme hueco por donde todo se pierde.
Hace poco observé como festejaban las manifestaciones de “desideologización” de una persona, demostrando inclusive empatía, como si se hubiera convertido en un dios con lámparas nunca secretas “en estos tiempos en que ya todos estamos hartos”. Esa persona no es uruguaya. Lo conozco como escritor y vive en España, pero en nuestro país también tiene unos cuantos compañeros de ruta. La apología del vacío con estandartes de feria es preocupante. Puede uno estar descreído, pero no es posible vivir sin esperanza.
Mi ideología es clara y creo que se ve en acciones, aunque las palabras suelen dejar traslucir un poco de lo que uno es, por si solas no bastan. Quien sabe leer la entrelínea atraviesa el espacio ínfimo, prácticamente invisible que separa la delgada línea existente entre la vida y la muerte, pero en el caso de que no sea posible el oficio de destrabar el lenguaje, pongamos más atención a los hechos.
El domingo por la tarde fui al patio de comidas de un hipermercado. Como siempre, traté de sostener la fragilidad que condena al sofoco cerca de la ventana. El mozo que vino a entregarme un refresco, aparte de saludarme con afecto como si fuéramos entrañables amigos, me habló del acto del Frente Amplio. Se lo veía contento, visiblemente entusiasmado y, por sobre todo, con esperanza. La conversación que sostuvimos fue tan breve como rica y, más que nada, necesaria. Escuchar siempre logra enriquecer cada argumento que expondremos luego.
Le hablé del spot en el que un abuelo entrega la bandera a su nieto, quien parece adquirir alas. De eso se trata: de sembrar, de creer, de seguir, abandonar el miedo, apostar a la libertad y dejar crecer los sueños, siempre con profunda seriedad, procurando ser auténticos y creíbles.
Porto la bandera y del mismo modo la llevo acompañada por hijos y nietos, soy parte del pueblo y creo en la gente. No impondrán el miedo, frente a conquistas que nos han llevado a confiar en el futuro.
Vamos a hacerlo mejor, con ideas claras y tomando partido siempre, contra toda tibieza de masa acrítica posiblemente desinformada, no siendo cómplices de la banalización de lo importante, sabiéndonos parte y asumiendo responsabilidades, para que pensar sea posible, desarrollando la capacidad de elección que surge de la batalla cultural en la que debemos poner todo el esfuerzo posible.