En medio de los preparativos de la celebración de su cumpleaños, a los neoyorquinos les entró una loca fiebre de reparación, de culpa atrasada o algún sentimiento similar, por aquello de que Whitman fue durante mucho tiempo uno de sus poetas malditos, y hasta se creó la Coalición para Salvar la Casa de Walt Whitman, la que según parece está o estuvo situada en la calle Ryerson número 99, en Brooklyn.
Walt Whitman venía de la masa del pueblo, del aluvión inmigrante y de esos estratos que sirvieron de carne de cañón para que otros, los más osados y despiadados, pudieran cumplir el sueño americano; era hijo de un carpintero inglés y de una madre holandesa, o por lo menos sus ascendientes vinieron de esas tierras. Nació un 31 de mayo de 1819 y fue uno de los nueve hijos del matrimonio. Su vida no fue fácil. Creció en los suburbios de Nueva York, en un ambiente familiar signado por la pobreza, la estrechez y la falta de oportunidades. Pero supo abrirse camino por sí mismo, aunque le debe haber costado una barbaridad. Parece que contaba con una gigantesca confianza en sí mismo, o por lo menos eso es lo que descuella en él y lo hace tan especial y tan cercano a los restantes miembros de la humanidad, que se ven enfrentados a multitud de desgracias sin poseer, acaso, esa maravillosa fe en sus propias potencialidades.
Empezó por hacer lo más importante y a la vez más difícil: se amaba a sí mismo, al igual que amaba a los demás, de una manera radical, concluyente, violenta y apasionada. Amaba el mundo, sus seres y sus objetos de un modo desembozado, casi fanático, y su poesía floreció en irreverencias, en escandalosas confesiones y en una gran apoteosis de su nación.
Se ganó la vida de diferentes modos. Fue maestro de escuela en Long Island, trabajó en una imprenta, fue periodista del diario Brooklyn Eagle, se convirtió en crítico de ópera y de arte en general, y defendió rabiosamente la democracia, a la par que se opuso a los esclavistas del sur. Whitman era homosexual en una época en que serlo significaba el oprobio, la vergüenza, la marginación e incluso la cárcel. Pensemos solamente en el ejemplo de Oscar Wilde. Pero a Walt Whitman no le importó, o más bien deberíamos decir que se hizo cargo en su poesía de que esa condición, lo mismo que cualquier otra, era tan digna de respeto como cualquier otra.
Proclamó su amor homosexual a través de muchos poemas, que se cuentan entre los más bellos de su obra. Le cantó a cada sitio, a cada objeto, a cada portento tecnológico, natural y urbano de su país. Fue el poeta de las celebraciones. Todo lo proyectaba en su poesía, no de manera sombría sino más bien luminosa y esencial. Durante sus años de periodista amplió su mundo intelectual y lo cargó de sentido. Escribió ensayos y fue crítico de arte.
Hizo un largo viaje hacia el sur y llegó a Nueva Orleans, la ciudad mítica fundada por negros franceses, que es además la cuna del jazz, y que ha sido inmortalizada, entre otros, por John Kennedy Toole, el autor de La conjura de los necios. Por allá estuvo un tiempo, y seguramente vio cosas que lo perturbaron y lo emocionaron, lo cargaron de indignación y de admiración. Necesitó volcarlo todo en su arte; y al regresar a Nueva York, en 1855, publicó la primera edición de Hojas de hierba, que pagó de su propio bolsillo, ya que un poeta reputado loco, degenerado y revoltoso no sería muy de fiar por entonces (y por nunca). Esa primera publicación contenía doce poemas, pero las hojas de hierba siguieron creciendo y multiplicándose. Se hicieron universales y declararon la hermosura sin par de la creación. Mucho más podría añadir sobre la estatura colosal de Walt Whitman, sobre la sencillez homérica de sus versos, y más que nada, sobre lo que significa la salvación a través del arte. Pero siempre me parecieron aburridas las críticas literarias, y en estos tiempos, en que la lectura campea por su ausencia, es mucho mejor mostrar el verso vivo que andar dando vueltas a su alrededor.
Dije antes que he leído a Whitman en duelos. Voy a contar una de esas anécdotas, en sí misma trágica. Me tocó perder a uno de mis alumnos hace pocos años. Era un adolescente singular, que llegó a mi vida y partió en el mayor sigilo. Discreto, encantador, pálido y muy solidario con sus compañeros. Su muerte fue devastadora para aquel grupo de jóvenes. Los profesores nos pusimos de acuerdo para intentar consolarlos y contenerlos, de a poco y como se pudiera. Yo les leí unas frases de Walt Whitman para mostrarles que, a pesar de la tragedia que significaba la muerte en plena juventud de uno de sus compañeros, teníamos que pensar que el ciclo de su vida había sido completo y perfecto en sí mismo. No en comparación con la existencia de un anciano de noventa años, sino en sí mismo, de manera natural y cósmica. Y les leí lo que sigue:
“Creo que una hoja de hierba no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos”.