Quién era este Anacleto Medina, que gritaba a los cuatro vientos su proclama: “La bandera que levantamos es la bandera de la patria, bajo cuya sombra caben todos los orientales. La divisa tiene los colores purísimos de esa misma bandera y nuestro partido es el gran Partido Nacional, formado por todos los buenos orientales”.
El Goyo Jeta era el jefe de los colorados. La historia del asesinato de Leandro Gómez en el verano de 1864 aumentaba el odio, centuplicaba los vengadores de un lado y otro. El verano es sangriento, pensó. Francisco Caraballo era el jefe de Operaciones del Norte. El viejo guerrillero, replicando símbolos, desembarcaba nada menos que en la playa de la Agraciada.
Desde su cuartel general se siente joven otra vez y grita: “Soldados: Me siento rejuvenecer al pensar que la Providencia ha querido conservarme la vida para que pueda cooperar a la obra santa de la unión de los orientales y a dar a la patria días de paz y de ventura. Os saluda complacido vuestro general y amigo”. Qué fácil es soñar, y que fácil sentir.
El 17 de julio de 1871, en Colonia, se desató la batalla de Manantiales, en la que fueron derrotados los rebeldes. En esta batalla murió, con 82 años, peleando todavía, Anacleto Medina. Su asistente le gritó que atacaba el enemigo, pero fue inútil; el anciano que no podía mantener sus párpados arriba, y debía sostenerlos con palillos, fue atravesado por varias lanzas enemigas. ¡Dispare, señor! Gritó el asistente. ¡Dispare que los tiene encima! Asustado su asistente mientras le golpeaba el caballo. Pero el viejo guerrillero comprendió. Frenó su jamelgo y se dispuso a pelear. Ni la edad le salvó del sufrimiento. La crónica de la batalla del Telégrafo Marítimo cuenta que Medina fue asesinado gritando “¡Viva el partido de la libertad!”. Para los colorados, quien moría era el verdugo de Quinteros, era un desquite válido; sangre por sangre vale. Las atrocidades no acababan. Después de atravesarlo con muchas lanzas, cuentan los historiadores que “fue sepultado a medio cuerpo, después de haber sido mutilado y desollado de una manera minuciosa y concienzuda”. Se cuenta que después de desollarlo y descuartizarlo, mandaron trozos de su cuerpo ante la casa de sus familiares, en Montevideo. Tanta guerra había cansado ya a todos, la cuota de sangre estaba amortizada. Espectros y villanos, héroes decapitados esperaban al guerrillero. Su espada fue mandada como trofeo de guerra al presidente Lorenzo Batlle. La historia se tragaba entonces al héroe de la revolución, al antihéroe de Quinteros y al villano de los colorados. Para siempre.