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Columna destacada

Cuando los blancos y los colorados se unieron contra un enemigo común

Por Leonardo Borges.

En 1875 blancos y colorados se unieron contra un enemigo común, una revolución tricolor contra una realidad que se sostenía sobre el poder de las armas.

A partir de ese año comenzaba un proceso autoritario que culminaría con el gobierno provisional del coronel Lorenzo Latorre, pero que en 1875 era sostenido por Pedro Varela. Una especie de máscara detrás de la que se escondían los militares. Ya habían sido desterrados un grupo de principistas de los dos partidos. Desde Buenos Aires, los desterrados no se quedaron quietos. Tramaron una revolución contra el gobierno dictatorial, aquel que los había expulsado de su país. A su llegada de los Estados Unidos se establecieron en Buenos Aires y allí formaron un Comité de Guerra, presidido por José María Muñoz. Harían aquello que tanto habían criticado, levantarían los sables, pero esta vez, en pos de la libertad. La revolución se dio a partir de setiembre de 1875. La respuesta era otra vez la violencia, los sables salían de sus fundas, pero esta vez, eran los principistas los que optaban por la sangre. Así los bachilleres se unían a los caudillos y tomaban las armas. Zum Felde es muy claro en su juicio,

Olvidando su horror al chiripá y su desprecio a la chuza, van a buscarlos a sus lejanas madrigueras y seducirlos con patrióticas frases, lanzándoles a una aventura de lanza y degüello, cuyos alcances no llegan concretamente a discernir”.

Los jefes fueron dos caudillos blancos: Ángel Muniz y Julio Arrué. Pero la insignia era la bandera tricolor, aquella de Artigas, la de los Treinta y Tres Orientales; intentaban entonces darle un tinte nacionalista y por encima de los partidos.

De pronto aparece en julio una proclama de guerra, una proclama revolucionaria escrita nada menos que por José Pedro Ramírez, junto a Ambrosio Carranza. Dura crítica a una solapada dictadura, a la que acusaba de: “Una serie continua de ataques inauditos a las instituciones representativas, a todas las libertades, a la seguridad individual, a la fe pública, a la propiedad privada, a la paz y a las relaciones internacionales”. La revolución comienza favorable a los rebeldes, quienes vencen en la batalla de Perseverano, el 7 de octubre de 1875. Julio Arrué fue quien dirigió esta batalla; poco después de tomar Mercedes se topó con las fuerzas gubernistas de Carlos Gaudencio y las venció. Pero luego, la revolución entró en una seguidilla de derrotas. Primero en Guayabo, en Paysandú, donde venció Nicasio Borges y su ejército. Aquí la sangre corrió a voluntad e hizo repensar a los revolucionarios su quijotada. Se degollaron cientos de prisioneros y heridos a la orden de un oficial. A esta altura, los revolucionarios se encontraban en una situación extrema, sin armas y sin organización; ya el disgusto comenzó a desgastar la unión de partidos. El presidente del Comité de Guerra, José María Muñoz, estaba notoriamente afligido; las cosas ya no iban bien. Se necesitaban armas presurosamente, por tanto se armó una estrategia. Cargaron armas y pertrechos en una pequeña zumaca, apodada Carolina, que se encontraría con las fuerzas de Muniz. La zumaca es una pequeña embarcación de dos palos, preferentemente utilizada para el cabotaje. Frente a las costas de Maldonado, la zumaca se topó de repente con el buque de guerra gubernamental, General Artigas. El gobierno de Varela contaba con varios buques, que custodiaban las costas nacionales, el Presidente, el Amelia, el General Palleja y por supuesto el Artigas. Al mando de Xavier Gomensoro, el buque gubernamental puso en retirada a los revolucionarios, que terminaron huyendo a la Argentina. Poco después, en Carreta Quemada en San José, otra derrota tricolor y finalmente en Palomeque, el 20 de diciembre de 1875. Al mando de Lorenzo Latorre, ya hombre fuerte, los gubernistas vencieron a las fuerzas de Ángel Muniz. Así, fue aniquilada fácilmente la intentona, pero el resentimiento entre orientales proseguía. Luchaban en contra hombres que habían batallado codo a codo, un par de años antes. Timoteo Aparicio y José Pampillón, por ejemplo, se enfrentaron en Carreta Quemada; justo ellos, que habían guerreado juntos, lanza en mano, en la Revolución de 1870. La revolución había perdido su tinte partidario, no eran blancos contra colorados quienes se apedreaban, sino que se daban empalmes poco creíbles. Pensemos, por ejemplo, que hombres como Manuel Herrera y Obes, colorado como pocos, hombre de la Defensa, sostuvo la Revolución junto a Juan José de Herrera, blanco nacionalista.  ¿Por qué no triunfó la rebelión? Pivel Devoto marca cuatro causas de esto. Primeramente, los principales caudillos, tanto blancos como colorados, sostuvieron al gobierno: Nicasio Borges, Timoteo Aparicio, Basilio Muñoz, entre otros. Por tanto, no tuvo el apoyo del grueso de la población, adicta a estos caudillos. En segundo término, las desinteligencias entre los dirigentes, por ejemplo, Andrés Lamas, quien comenzó como revolucionario y culminó como ministro de Varela. En tercer lugar, la desorganización del movimiento. Y por último, la falta de recursos materiales para luchar. Piénsese que los gubernistas luchaban, además de con ejércitos de línea como los de Lorenzo Latorre y Máximo Santos, con avanzadas de montoneras. Utilizaban además los primeros fusiles Remington de 11 mm, lo que les daba enorme superioridad técnica. La nueva arma norteamericana, que haría historia poco después, fue probada en esta guerra.

Más allá de la inferioridad en tantos aspectos, los revolucionarios intentaron ayuda del exterior; pero toda tratativa naufragó rápidamente. Era el cáncer del Uruguay pedir ayuda a nuestros vecinos a precios carísimos. La revolución estuvo plagada de violencia y barbarie, como de costumbre. Se cuenta que, después de la batalla de Carreta Quemada, se mandaron degollar 400 prisioneros. La sangre inundaba la campaña nuevamente, se luchaba y se asesinaba otra vez… no había piedad. La revolución culminó con la rendición de los rebeldes y el crecimiento de la figura del coronel Lorenzo Latorre, cada vez más respetado, cada vez más influyente.

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