Dado el rotundo protagonismo español con el balón, la final del pasado domingo resultó un encuentro aburrido. El alargue apenas tuvo ese gol y los posteriores intentos argentinos con ataques desorganizados. Sin embargo, en los últimos minutos logró meter atrás a una España amarreta que terminó pidiendo la hora ante una selección albiceleste con un hombre menos.
El empate estuvo cerca y solo se explica por un despeje a bocajarro dentro del área chica o el fallo en la bolea final de Simeone que, con su centro de gravedad muy bajo en esa media vuelta desacomodada, la calzó un poco abajo y la mandó a la tribuna o a las chapas de los paneles solares sobre la grada.
El gol de Ferran Torres expresa el modus operandi de la mayoría de los goles de España en el Mundial: disparos al arco sin demasiada dirección pero con algo de potencia que fueron devueltos por rebotes de arqueros que no supieron contener o desviar hacia un costado. El mérito está en que todos sus delanteros y mediocampistas atacan bien esa segunda pelota en el área y terminan definiendo con toques sencillos, aunque en el caso de Ferrán hay que reconocer que la calzó de lleno con una volea que se metió arriba ante dos defensores y el arquero que intentaban tapar el arco a la desesperada.
¿No lo vieron a Molina?
En el caso de la final, el gol fue una suma de errores de la defensa más que de grandes aciertos del ataque. Al igual que ante el gol de Inglaterra en la semifinal, la responsabilidad de Molina es enorme porque no cierra y se deja anticipar.
El centro de Pedro Porro desde la derecha, casi desde el vértice del área grande, es llovido y lento, con mucha altura y pasado al segundo palo. Pero Molina demuestra una desorientación brutal que, por tratar de ver dónde está Nico Williams, se olvida de atacar la pelota y despejar al córner. Si Blanca Rodríguez fuera comentarista de fobal, hubiera dicho: "Este llega tarde y no sabe lo que está pasando", como en su reciente gafe parlamentario cuando alguien le dejó un micrófono abierto y se despachó, por cierto, no por la llegada de Betiana Díaz sino por el ingreso tardío de la senadora del PN Gloria Rodríguez, para regocijo de las redes y de algunos medios que propiciaron la confusión a sabiendas de que cantaban errado.
Volviendo al gol en la final. Molina no solo pierde la referencia de la pelota y del jugador sino que incluso empuja con un brazo a Williams y provoca que este incline su cabeza para devolver la pelota hacia el centro del área. Molina está tan desorientado que incluso gira al revés y se aleja aún más hasta que ve que el esférico deriva hacia Ferran sin que él pueda obstaculizar el disparo.
Entre el abismo y el éxtasis
Argentina hizo un mundial en el que tuvo un tránsito fácil en su grupo y, ante resultados inesperados a priori (le podía haber tocado Uruguay o incluso España ya en el primer cruce de 16avos de final), tuvo también rivales accesibles en cada mata-mata. Sin embargo, tanto el sorpresivo Cabo Verde como Egipto y Suiza lo tuvieron a maltraer. Pero el juego de Argentina exhibió una épica arrolladora dando vuelta partidos complicados hasta llegar al éxtasis de la semifinal contra Inglaterra, que coronó con una reacción sublime.
Además, Argentina también supo ganar esos partidos con base en razones futbolísticas, como son la capacidad mental cuando sus valencias físicas mostraban carencias o un desgaste notorio. Y tampoco le faltaron capacidades técnicas y tácticas para obtener el triunfo. El segundo tiempo contra Inglaterra es un modelo de cómo sobreponerse a un gol y apabullar al rival. Primero supo ganar casi todas las pelotas divididas con una actitud encomiable. Segundo, ampliando todo el ataque con toques sucesivos pero buscando el pase entrelíneas o el desborde para meter un centro peligroso. A tal punto que la reacción de defenderse cada vez más atrás y meter más defensas altos, tomada por el DT Thomas Tuchel, fue condicionada por esa superioridad albiceleste. Con el diario del lunes se la criticó, pero durante el juego parecía lo más sensato y si hubiera ganado sería alabado como un estratega sabio y prudente.
El otro acierto táctico fue colocar a Messi por la derecha como si fuera un punterito a la antigua, en vez de desgastarlo por todo el frente de ataque. Lo segundo fue sacar a Paredes en los minutos finales para que por allí apareciera Enzo Fernández. Cuando Messi enganchaba hacia en interior, juntaba rivales, generando el espacio para el toque atrás al medio. Enzo Fernádez tuvo tres disparos desde fuera del área cada vez con más peligro. Y ahí fue donde se unieron las virtudes técnicas, porque en el gol, no patea tan fuerte como en los anteriores y opta por un disparo con menor potencia pero mejor dirección para evitar la atajada de un Pickford que ya era figura como gato entre la leña.
Y lo mismo en el segundo gol. Un Messi cansado corre para tratar de llegar al rebote largo tras el tiro en el palo de Mac Allister pero un defensa inglés logra puntearla un milisegundo antes. Messi se pasa en la carrera hacia la línea de fondo pero gira y corre para que la pelota no se vaya por el lateral. Sin embargo, el defensa inglés simula una falta y se queda dando saltitos en una pata cuando tenía ventaja si hubiera seguido el balón. Messi no la deja salir y vuelve a encarar pero en vez de ir hacia adentro, amaga y elige desbordar ante los dos marcadores para llegar a la línea de fondo con ventaja.
Si uno mira el área desde otra perspectiva se verá que hay hasta nueve ingleses en el área, siete en línea defendiendo. Pero Messi mete un centro perfecto que cae exacto entre dos defensores sobre el segundo palo. Y no lo hace no de zurda sino con la derecha, como si tuviera un guante. En otro gesto técnico, un petiso Lautaro Martínez se eleva y suspende en el aire para meter el cabezazo y mandarla a la red. Nadie puede negar que fue el momento más épico de todo el mundial. Nada se le compara ni siquiera en la final. A tal punto que hoy se analiza si, acaso semejante victoria, con lo que implica ganarle a Inglaterra y eliminarla en instancias finales, no fue un techo emocional para el plantel argentino que llegó a una final sintiendo que ya había demostrado lo que había que demostrar, y eso abonó un afloje inconsciente que se unió a una notoria impotencia ante una España que no le dejó tocar la pelota.
Receta
Este mundial lo ganó el equipo que más se apoderó de la pelota para atacar lo menos posible, exhibiendo un juego que funciona dominado por la superioridad en la estadística, en la sumatoria implacable de todos los elementos mensurables de un partido. Atrás quedaron equipos con juegos más verticales, más vertiginosos, más veloces y abiertos al intercambio letal del ida y vuelta subversivo, pero también más vulnerables a la hora de matar o morir metafóricamente en la cancha. También hay que decir que esa épica, muchos o todos, la cambiarían por llegar a ser campeón como lo fue España.
En la final se impuso el juego de toque más bien intrascendente, ese en el que la mayoría de los jugadores logran recibir el balón y girar, dejando atónitos a sus marcadores, para tocar rápido hacia atrás y hacer retroceder a su equipo con una elegancia imperturbable, para volver a posicionarse y recibir y hacer lo mismo con una precisión quirúrgica una y otra vez.
Quiero creer que no todos disfrutan de ganar así aunque los guarismos cierren las cuentas y una cierta perfección sobrevuele en favor de un estilo calculador y previsible como el de una maquinaria que controla todos los parámetros y ejecuta solo lo más eficiente para ganar por mínima. Quiero creer que seguirán surgiendo equipos o jugadores que entren a una cancha para otra cosa, no solo para hacer lo más certero, eficaz y preciso sino para desatar algo de la dinámica de lo impensado que nos legó Dante Panzeri y empieza a escasear cada vez más, como si fuera un producto antiguo que este capitalismo salvaje de la FIFA y sus negociados no puede mercantilizar y al que se le dictamina su obsolescencia programada.