Ahora bien, ¿qué es eso de ponerse a favor del estudiante? ¿Será acaso dejar de enseñarle, de exigirle, de conminarlo a leer, de ponerle nota, de mandarlo a examen? ¿Será promoverlo al barrer, porque eso es mucho más simpático que hacerlo perder la asignatura?
Por el contrario. Dejemos de mentir. Toda enseñanza y todo aprendizaje incluyen esfuerzo, empeño, constancia, voluntad, tolerancia a la frustración y, por supuesto, cierto grado de contrariedad y de aflicción. A veces uno tiene ganas de mandar al demonio los libros, virtuales o de papel, y escapar por la ventana rumbo al parque o la rambla, sobre todo si el día está lindo. Pero el proceso de enseñanza y de aprendizaje tiene una naturaleza, y aunque es posible desarrollar ciertas técnicas para hacerlo más grato o menos gravoso, la verdad es que un buen docente debería oponerse con toda su alma al facilismo de la no exigencia, a la liviandad de convertirse en un mero animador, a la sustitución de la educación por la distracción, la gritería y el entretenimiento, a toda esa parafernalia, en fin, denominada educación por competencias. Este es el punto al que quería llegar. El dilema es de hierro y no hay nada nuevo bajo el sol. Aprender requiere esfuerzo. Y no nos confundamos. Una cosa es la transformación del pensamiento didáctico-pedagógico y de las prácticas educativas en aras de la educación y de la formación de nuestros estudiantes, y otra muy distinta es la arremetida ideológica neoliberal, que ha hecho del campo educativo uno de sus pingües negociados, y que pretende formar mano de obra barata para las empresas y reproducir un sistema de dominación acorde.
El propio término “competencias” es de índole economicista; y quien dice economía dice relaciones de mercado y una educación que se comercializa como cualquier otra mercancía. Por si a alguien le queda alguna duda, todo comenzó con la Teoría del Capital Humano desarrollada por la Universidad de Chicago en los años 60, a través de la denominada Educación Gerencial y del modelo formativo de la Educación por Competencias, en el marco de las experiencias de capacitación en dinámicas empresariales. De allí viene la madre del borrego, según reza el dicho criollo.
¿Qué plantea la teoría del capital humano y de las competencias? Que el costo total de la inversión en la formación sociocultural de los individuos debe estar en relación con el beneficio obtenido para el desarrollo socioeconómico de un país. Para que la ecuación rinda, es necesario atender a dos grandes objetivos: una educación livianita, genérica, más o menos parecida a un barniz, que haga posible la inserción sociocultural de los individuos, y una formación específica -la famosa capacitación- para su desempeño productivo.
Así las cosas. Los liceos se han convertido en empresas y sus directores en gerentes que deben brindar servicios y garantizar resultados idóneos (léase un rápido pasaje por los niveles curriculares, sin fatigosas exigencias). Lo que resulta muerto y bien muerto, en medio de este panorama, es el viejo enfoque humanístico centrado en el desarrollo del intelecto, de la razón y de la lógica, y el enfoque científico disciplinario. Preocuparse por los y las estudiantes supone algo más que divertirlos y pasarlos de año; algo más que maquillar las calificaciones y los datos de pasaje de grado; y algo más que repetir consignas vacuas, que a estas alturas a muy pocos logran engañar.