Los diez países más felices del mundo en 2022 son: Finlandia, Dinamarca, Islandia, Suiza, Países Bajos, Luxemburgo, Suecia, Noruega, Israel, Nueva Zelanda. Por lo visto, el frío es una constante que debería ser considerada como factor añadido de investigación social y antropológica, sacando a los dos últimos países mencionados. Siguen en la lista Austria, Australia, Irlanda, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, República Checa, Bélgica y Francia. En el puesto 146, el último de la tabla, se encuentra una dolorida (y dolorosa) Afganistán, como un claro recordatorio del daño material e inmaterial que la guerra causa a sus muchas víctimas, a lo que deberían añadirse todas las formas de violencia imaginables, entre ellas, la de los Talibanes. China ocupa el lugar 72. Rusia está en el puesto 80 y Ucrania en el 98, pero conviene precisar que la medición se realizó antes de la invasión. Uruguay es el país más feliz de América del Sur. Ocupa el lugar 30 en la lista mundial, lo cual no está nada mal, habida cuenta de nuestros particulares vaivenes políticos, electorales y especialmente neoliberales, que han impactado de manera negativa, al acentuar notoriamente la desigualdad, la falta de compromiso social y solidario, la violencia y la corrupción. Si volvemos a los factores de medición, llama la atención que la ONU haya incluido en éstos al apoyo social y la generosidad. Obviamente, en un estado neoliberal y de receta, como es hoy por hoy el nuestro, tales conceptos no solamente brillan por su ausencia, sino que son considerados indeseables. Ni el apoyo social ni la generosidad parecen tener un lugar en la mentalidad neoliberal, según la cual, el más apto tiene éxito y se enriquece, y el menos apto se conforma con las migajas o con “el derrame” que le llega de la mesa del rico. Sin embargo, las principales investigaciones mundiales en la materia están diciendo otra cosa. El rabioso, descarnado y cruel mensaje neoliberal no tiene lugar entre los factores manejados por la ONU. Es más: semejante cabeza, productora de las más hondas desigualdades (y también de la corrupción, puesto que la voracidad, la competencia violenta y la ambición sin límites van de la mano con aquella) ha hecho descender a Estados Unidos, el campeón del neoliberalismo, dos puntos en el ranking del 2022. Por su parte, el apoyo social se vincula con una sólida seguridad social, o sea con un fuerte sentido comunitario; no se trata del “hacé la tuya” sino de algo así como “o nos salvamos todos o no se salva nadie”, si por salvación entendemos un éxito aceptable en ofrecer a las personas los medios necesarios y suficientes para que puedan cumplir con su propio proyecto de vida. El apoyo social no es limosna, no es dádiva, no es caridad. Es una red eficiente, competente, metódica y transparente de instituciones nacidas de la comunidad y puestas al servicio de esa comunidad, para cumplir con determinados objetivos en aras del bienestar social y la calidad de vida de todos los integrantes de la sociedad. Nada más lejos, como se ve, de una canasta llena de arroz, fideos y harina, arrojada de malos modos a unos pocos necesitados. La medición de la felicidad incluye, pues, un sentido comunitario integral y un entendimiento mínimo para aspirar al bien común.