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Columna destacada | felicidad

Nuevo ranking mundial de la felicidad y dos o tres lecciones

Los diez países más felices del mundo en 2022 son: Finlandia, Dinamarca, Islandia, Suiza, Países Bajos, Luxemburgo, Suecia, Noruega, Israel y Nueva Zelanda

Hace un tiempo escribí una columna sobre el Uruguay y la felicidad, ya que la Organización de las Naciones Unidas viene realizando, anualmente, un índice global de felicidad en 157 países, en base a una serie de factores medibles. Pero, en primer lugar, quisiera detenerme en el propio nombre de esta medición. ¿Será que los integrantes de la ONU se volvieron locos? ¿Se tratará acaso de una idea más o menos delirante, descolgada de una nube, e imposible de realizar aquí en la tierra? Cuando pensamos en la felicidad, apenas abrimos los ojos por la mañana, o cuando los cerramos en la noche, ¿en qué estamos pensando? ¿En una vaga reminiscencia imposible? Hay quienes dicen que perseguir la felicidad es una quimera. Para los románticos alemanes, era una vana ilusión, que no tenía lugar entre los embates de las tormentas y las pasiones que azotaban al alma humana, librada a la furia de los espíritus de las cosas y a los elementos. Y sin embargo, esa palabra sigue ocupando un sitio relevante en la vida humana, al punto de que la ONU consideró que era medible. Véase que no se trata solamente del bienestar económico, ni de la mera individualidad, ya que cuando hablamos de bienes, no podemos referirnos únicamente a los materiales, aunque éstos, por supuesto, ocupan un sitio relevante en la escala de medición; y sin embargo, no son los únicos ni por asomo.

Se utilizan seis factores para elaborar el ranking: ingreso per cápita, apoyo social, salud, esperanza de vida y expectativa de vida saludable, libertad para tomar decisiones vitales, generosidad y percepción de la corrupción en las instituciones privadas y en el gobierno. Todos estos índices se comparan con los de un país imaginario, llamado Dystopia, donde vivirían las personas menos felices del mundo, de forma que los ciudadanos de cualquier otro país con el que se compare, serán más felices que los de éste.

Los diez países más felices del mundo en 2022 son: Finlandia, Dinamarca, Islandia, Suiza, Países Bajos, Luxemburgo, Suecia, Noruega, Israel, Nueva Zelanda. Por lo visto, el frío es una constante que debería ser considerada como factor añadido de investigación social y antropológica, sacando a los dos últimos países mencionados. Siguen en la lista Austria, Australia, Irlanda, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, República Checa, Bélgica y Francia. En el puesto 146, el último de la tabla, se encuentra una dolorida (y dolorosa) Afganistán, como un claro recordatorio del daño material e inmaterial que la guerra causa a sus muchas víctimas, a lo que deberían añadirse todas las formas de violencia imaginables, entre ellas, la de los Talibanes. China ocupa el lugar 72. Rusia está en el puesto 80 y Ucrania en el 98, pero conviene precisar que la medición se realizó antes de la invasión. Uruguay es el país más feliz de América del Sur. Ocupa el lugar 30 en la lista mundial, lo cual no está nada mal, habida cuenta de nuestros particulares vaivenes políticos, electorales y especialmente neoliberales, que han impactado de manera negativa, al acentuar notoriamente la desigualdad, la falta de compromiso social y solidario, la violencia y la corrupción. Si volvemos a los factores de medición, llama la atención que la ONU haya incluido en éstos al apoyo social y la generosidad. Obviamente, en un estado neoliberal y de receta, como es hoy por hoy el nuestro, tales conceptos no solamente brillan por su ausencia, sino que son considerados indeseables. Ni el apoyo social ni la generosidad parecen tener un lugar en la mentalidad neoliberal, según la cual, el más apto tiene éxito y se enriquece, y el menos apto se conforma con las migajas o con “el derrame” que le llega de la mesa del rico. Sin embargo, las principales investigaciones mundiales en la materia están diciendo otra cosa. El rabioso, descarnado y cruel mensaje neoliberal no tiene lugar entre los factores manejados por la ONU. Es más: semejante cabeza, productora de las más hondas desigualdades (y también de la corrupción, puesto que la voracidad, la competencia violenta y la ambición sin límites van de la mano con aquella) ha hecho descender a Estados Unidos, el campeón del neoliberalismo, dos puntos en el ranking del 2022. Por su parte, el apoyo social se vincula con una sólida seguridad social, o sea con un fuerte sentido comunitario; no se trata del “hacé la tuya” sino de algo así como “o nos salvamos todos o no se salva nadie”, si por salvación entendemos un éxito aceptable en ofrecer a las personas los medios necesarios y suficientes para que puedan cumplir con su propio proyecto de vida. El apoyo social no es limosna, no es dádiva, no es caridad. Es una red eficiente, competente, metódica y transparente de instituciones nacidas de la comunidad y puestas al servicio de esa comunidad, para cumplir con determinados objetivos en aras del bienestar social y la calidad de vida de todos los integrantes de la sociedad. Nada más lejos, como se ve, de una canasta llena de arroz, fideos y harina, arrojada de malos modos a unos pocos necesitados. La medición de la felicidad incluye, pues, un sentido comunitario integral y un entendimiento mínimo para aspirar al bien común.

Para Aristóteles «la felicidad y el bien supremo constituyen el verdadero fin de la vida», pues es necesario «vivir según piden las virtudes». ¿Qué lugar ocupa la felicidad en la filosofía del pensador griego? La felicidad es “el bien por excelencia y constituye un fin en acto. Se sigue de aquí, que, viviendo según pide la virtud, somos dichosos y gozamos del bien supremo. Consecuencia de esto es, que como la felicidad es el bien final y el fin de la vida, es bueno tener en cuenta que solo puede realizarse en un ser completo y perfectamente finito» (La Gran Moral, libro primero, capítulo IV). En el siglo XIII, Tomás de Aquino, inspirado en Aristóteles, se refiere al concepto de “bien común”, y destaca la importancia de la acción de gobernar por medio de una eficaz estructura administrativa de organización social, en la que el principal objetivo del gobernante debe centrarse en el desarrollo a favor de la colectividad.

El bienestar integral de una comunidad es la clave, y este solo puede producirse, de acuerdo con el economista hindú Amartya Sen, cuando los individuos pueden configurar en la realidad su propio destino y ayudarse mutuamente. “No tienen por qué concebirse como receptores pasivos de las prestaciones de ingeniosos programas de desarrollo. Ellos mismos deben participar en el proceso de creación e implementación de los planes de justicia social. Para ello es necesario no solo que puedan participar en el diseño de los planes sino en la formulación de las prioridades y los valores sobre los cuales se basarán los mismos”. De ahí la importancia de los conceptos relacionados a la participación ciudadana en la construcción del bien común, por la vía de -entre otros factores- el apoyo social, la generosidad y la libertad. El filósofo norteamericano John Rawls reconoce también el rol de la persona como generadora de libertades. Pero agrega la necesidad de la reasignación de bienes, en beneficio de los menos afortunados, para construir una comunidad socialmente justa. “...El primer principio generador de justicia, es aquel en que cada persona ha de tener un derecho igual al esquema más extenso de libertades básicas que sea compatible con un esquema semejante de libertades para los demás”, señala. El segundo principio consiste en que las desigualdades sociales y económicas han de ser estructuradas de modo tal que: a) Se espere razonablemente que sean ventajosas para todos, b) Se vinculen a empleos y cargos asequibles para todos. Así, la idea de justicia, libertad e igualdad social se vincula ineludiblemente al concepto rector de bien común, a despecho de la arremetida neoliberal que hoy por hoy campea entre nosotros. Contundente lección la que nos brinda la ONU con su audaz ranking de felicidad mundial. Ojalá sepamos aprovecharla.

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