Despiste médico-psiquiátrico sobre el suicidio
Quien escribe, que participó hace años de estériles grupos de reflexión sobre el suicidio, sabe que buena parte de la falta de atención y progreso en cuanto a suicidios proviene del obsoleto privilegio que mantiene un abordaje médico-psiquiátrico al problema, que ya explicó Durkheim, desde 1897, que no era el principal factor suicidógeno; que los suicidios, pese a que son cometidos por individuos (hay pocos ejemplos históricos, aunque algunos famosos, de suicidios colectivos), tienen una causalidad social, meta-individual; que no son producto de patologías bio-psíquicas; que la normalización de eventuales patologías no sería central para evitarlos. Durkheim le dedicó un capítulo al descarte de la causalidad psíquica individual entre los factores básicos del suicidio. Por ello, cuando las mutualistas están obligadas a pasar a psiquiatra a quienes cometen tentativas de suicidio, y no analizan nada del historial social suicidógeno de sus pacientes, están haciendo poco por ellos y por el suicidio uruguayo. Si uno lee las instrucciones que el MSP da para actuar en casos de tentativa de suicidio, dan ganas de llorar, como Gardel en Mi noche triste; y encuentra comprensible parte de la responsabilidad en la frecuencia creciente y acelerada de suicidios en el Uruguay.
Así, imposible; y todo esto se sabe desde hace más de 125 años. Del mismo modo, la comparación de la evolución de las crisis económicas con las inflexiones de la curva histórica de suicidios muestra (salvo en el caso de la crisis financiero-bancaria del 2002) que no hay evidencia de una causalidad económica central para los suicidios, aunque pueda haber motivaciones puntuales de ese tipo, claro. En cambio, los teléfonos de ayuda de emergencia para tentados de suicidio solitarios son útiles, aunque por razones quizás diferentes de aquellas por las cuales existen.
La imponente contundencia de la comprensión de Durkheim del suicidio ha quedado escandalosamente confirmada en sus diagnósticos y pronósticos decimonónicos por la evolución de los suicidios y de la criminalidad durante toda la historia humana en el siglo XX y en lo que va del XXI. Después de 35 años de enseñar, devota y admirativamente Durkheim en la FCS de Udelar, puedo permitirme el lujo de un resumen instrumental de su pensamiento en estos respectos. Y va así.
Durkheim pensaba que, ya a fines del siglo XIX (y proyectándose a futuro), en el Occidente urbano, al menos, había una pérdida de la cohesión y solidaridad sociales provocadas por la decadencia relativa de las instituciones sociales más responsables por su promoción: las religiones, la familia y la producción artesanal; esa decadencia relativa de estas instituciones socioculturales centrales tendía a ser sustituida por nuevas instituciones sociales sustitutas: los Estados y los gremios. Todo en el marco de una necesaria laicidad en la moralidad, imposible de apoyarse pacíficamente en un solo sistema de creencias en un mundo crecientemente cosmopolita y plural.
Pues bien, mientras las nuevas fuentes de cohesión y solidaridad sustituían a las antiguas menguantes, amén de ser incierto su poder sustituto, se producía una decadencia material-moral de la cual eran indicadores ilustrativos las evoluciones a la alta de los suicidios y de los delitos. Una característica de dicha sociedad en crisis era que había un crecimiento criminógeno y/o suicidógeno, porque las expectativas de bienestar material crecían más allá de la masividad de los medios disponibles para que las mayorías satisficieran las expectativas esperadas. Por eso, una ambición estructural creciente coincidía con una gran frustración estructural, inflada por la menguante morigeración de la ambición material que impulsaban las morales ancladas en las religiones, aún insuficientemente sustituidas por otras fuentes de moralidad.
Si los frustrados estructurales por esas esperanzas desmesuradas insatisfechas se autoadjudicaban la culpa por ellas, el resultado era un deterioro psíquico y de la autoestima que, en su extremo más radical, podía resolverse en intentos, consumados o no, de suicidio. En cambio, si los frustrados estructurales le echaban la culpa a otros de ello, el resultado era criminalidad contra la propiedad ajena y/o ataques pasionales contra las personas que encarnaban ese atentado contra las ambiciones propias, o eran vehículos de venganza por ello.
Durkheim mostraba que la tendencia al aumento de los suicidios y de los delitos permitía afirmar ese diagnóstico, y que, si sus raíces no eran corregidas, ambas tendencias continuarían creciendo. Decía que no se debía permitir que las expectativas por mejores márgenes de bienestar material crecieran más que su accesibilidad; y que cualquier eventual ambición desmesurada debía ser despotenciada por frenos morales. Como vemos, la instalación de las sociedades de consumo, de abundancia y del espectáculo, tan competentemente analizadas por Baudrillard, Galbraith y Débord respectivamente, harán totalmente lo contrario de lo propuesto por Durkheim, con el resultado que todos apreciamos, absolutamente en línea con el asombroso análisis y pronósticos durkheimianos. Si bien no es cierto que la violencia social aumente (aunque las coberturas periodísticas induzcan la impresión contraria), sí es cierto que la criminalidad y el suicidio han seguido aumentando, a veces hasta aceleradamente, crecimientos dentro de los cuales el Uruguay creció relativamente más que el promedio, quizá por mayores deterioros de las fuentes de cohesión y solidaridad y/o menor efectividad de las instituciones sustitutas de las tradicionales para generar cohesión. Para mayor gloria de la teoría durkheimiana, en los últimos 45 años los suicidios crecieron un 60% en el mundo; el de la criminalidad lo puede calcular usted mismo con cifras mundiales fácilmente accesibles en Internet.
Claves durkheimianas para entender el suicidio uruguayo
En lugar de focalizar tratamientos del suicidio ya obsoletos desde hace más de una centuria, bien harían los responsables uruguayos (MSP, MI, Mides) por interrogarse sobre la evolución de las instituciones que producen cohesión y solidaridad socioculturales, localizando el análisis en los lugares con mayores tasas de criminalidad y/o de suicidios o peor evolución de los índices. Pero la obsolescencia teórica institucional en el Uruguay es proverbial, y casi no hay rastros de que la imponente y multiconfirmada teoría de Durkheim haya sido usada.
Es radiantemente claro que en el Uruguay ha habido, al menos desde los años 50 del siglo XX, una decadencia de las religiones que solo en los 80 ha repuntado debido a la influencia de religiones con un componente moral mucho menor al de las religiones universales y tradicionales, y que fortalecen un componente de ambición por el bienestar material muy superior; el nuevo mapa religioso es mucho más pedigüeño y mucho menos espiritual que el de antaño; más bien refuerza la ambición material que la disminuye, como lo esperaba Durkheim de las religiones tradicionales. En el Uruguay, a grandes rasgos, la familia extendida ha sufrido una grave reducción, así como la familia nuclear le da paso a los hogares unipersonales. Finalmente, la moralidad artesanal de autoestima nunca tuvo arraigo en una sociedad de explotación extensiva, y luego industrial y de servicios. Del lado de las nuevas instituciones sustitutas de esas menguantes suministradoras de cohesión y solidaridad, el Estado fue una importante fuente sustituta de cohesión hasta mediados del siglo XX; pero, a partir de allí, experimenta una verdadera crisis representativa y representacional, que se refleja en los malos guarismos de confianza de la gente en la bondad de los políticos, que hasta cae en sondeos nacionales e internacionales seriados. Del lado de los gremios, los mismos sondeos documentan el sólido desprestigio que los sindicatos disfrutan en la opinión pública manifiesta en ellos.
En suma, una sociedad civil subdesarrollada, agregada a una sociedad política en picada de prestigio, más el auge de religiones con menor énfasis moral que consumista, familias desmembradas por éxodos urbanos, capitalinos y al exterior, componen un panorama perfecto para que los alicientes durkheimianos al suicidio y al crimen se sumen en una sociedad criminógena y suicidógena si las hay. Hagamos el ejercicio elemental de ver qué pasa con estas instituciones y procesos en los lugares de más suicidios: Rocha, Maldonado, el litoral con Argentina, los abandonados del centro del país; sería fácil ver cosas que creo nadie vio, con Durkheim actualizado en mano.
Pero, ojo, que no quede la falsa impresión de que afirmamos que los traumas individuales, como los económicos, no influyen en los suicidios; ni que la atención psiquiátrica ni médica a los suicidas tentativos está de más. Nada de eso, deben ser tenidos en cuenta. Pero sabiendo que si las instituciones responsables de producir cohesión y solidaridad no funcionan - y ese es el análisis relevante a hacer, el de la protección social a la desventura individual -, teléfonos de emergencia y citas con los especialistas en salud mental serán como puertas rotativas sin fin. Si una sociedad es consumista, cultora de la abundancia e hipnotizada/seducida por el espectáculo, con moralidad pública baja y una sociedad civil que no sustenta a los individuos, con instituciones generadoras de cohesión y solidaridad débiles, seguirá habiendo criminalidad y suicidios crecientes. Y para eso no hay remedios inmediatos y mágicos como los que les gusta promover a los políticos para que reviertan benéficamente en sus legitimidades y anzuelos electorales dentro del límite de sus mandatos. Es una larga tarea de construcción y mantenimiento de las instituciones que Durkheim listó, y otras nuevas, que es lenta e incierta, más objetivo de políticas de Estado que de gobiernos limitados por sus mandatos, que no debiera estar anclada en lucros políticos. Por eso las políticas de seguridad, como las de suicidios, están tan desorientadas e indigentes teóricamente, con el auge consiguiente de sus temas-objetivo: porque ni saben ni quieren ni pueden hacer nada serio ni eficaz por ellos.
Y sin magnificar excesivamente la tragedia sociocultural del suicidio, sin despreciar demasiado al suicidio racional preventivo de personas que ven disminuir su satisfacción y el costo-beneficio de su vida cotidiana, y la utilidad colectiva de sus esfuerzos frente al costo material y psíquico de su supervivencia alterada por los equivocados posthumanismos y transhumanismos que construyen la infelicidad creciente de la humanidad. No estamos ya en paleo-sociedades en que el número es la garantía de la supervivencia, con tasas altas de mortalidad, y bajas de natalidad y embarazos; los tabúes sexuales y de la muerte no debieran regir tanto, crueles anacronismos.