Estos muchachos y muchachas, que comienzan a despuntar en la sociedad uruguaya como actores protagónicos, heredaron una vocación de lucha ineludible, que se remonta a casi un siglo, cuando la FEUU fue fundada, en 1929, durante la presidencia del colorado riverista Juan Campisteguy.
No en vano, apenas cuatro años después, en 1933, la organización estudiantil enfrentó a la dictadura del colorado Gabriel Terra, quien perpetró un golpe de Estado y vulneró la institucionalidad democrática. La ruptura fue apoyada por sectores conservadores de los partidos tradicionales y también por estancieros y empresarios, que se oponían a las reformas batllistas. En esta coyuntura, y como en toda su casi centenaria historia, la FEUU siempre estuvo del lado correcto, en la defensa inclaudicable de la democracia, contra los autócratas de turno y, naturalmente, contra la injusticia social.
No en vano, apenas dos décadas después, los estudiantes universitarios volvieron a ganar las calles, junto a la clase obrera, para participar en movilizaciones contra el gobierno colorado de la época, en el marco de las huelgas de 1952. En ese contexto, se aplicaron medidas prontas de seguridad, lo cual permitió al colegiado derechista reprimir las manifestaciones callejeras, gobernar por decreto, militarizar a los funcionarios públicos, censurar a la prensa y restringir libertades individuales. Los jóvenes eran calificados como “subversivos”. Si el vocablo se asocia con alguien que reclama sus derechos y resiste la prepotencia, tanto los estudiantes como los obreros lo son.
Esta combativa federación estudiantil, que integra el campo popular, conjuntamente con el PIT-CNT, cooperativas y otras organizaciones sociales, tiene una matriz eminentemente transformadora, que nace de la formación académica y de la producción intelectual, tanto dentro como fuera de las aulas, pero fundamentalmente de una convicción ideológica, acorde con el espíritu de rebeldía que siempre debe caracterizar a los jóvenes, aunque haya jóvenes con mentalidad de ancianos, porque una cosa es la edad biológica y otra muy diferente la edad ideológica.
No en vano, la derecha siempre ha hostilizado y desfinanciado a la Universidad de la República y a la educación pública en general, porque es un ámbito donde se debaten ideas, se forma masa crítica y se construyen paradigmas teóricos de cambio, que cuestionan el statu quo hegemónico. De allí la necesidad de potenciarla y no de debilitarla, porque constituye una auténtica usina de ideas progresistas.
Es una buena noticia que la FEUU siga siendo mayoría en casi todas las facultades, porque el orden estudiantil es un estamento fundamental para fermentar las transformaciones que requiere la sociedad uruguaya, que aún está aquejada por las asimetrías sociales, la pobreza, la indigencia y la exclusión.
La Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay ha demostrado, desde su propia génesis, su vocación paridora de ideas pero también su capacidad de movilización, que se hizo más explícito en los momentos más cruciales de nuestra historia.
No en vano, los jóvenes de la década del cincuenta fueron actores fundamentales para la promoción y posterior aprobación de la Ley Orgánica Universitaria, que fue promulgada en 1958, un año electoral que marcó a fuego la historia nacional, ya que, por primera vez, el Partido Nacional logró derrotar al Partido Colorado, iniciando, a partir de 1959, el desmantelamiento del denominado Estado de Bienestar del segundo batllismo.
Del vientre de esa reforma nació la autonomía y un ejemplar cogobierno integrado por estudiantes, docentes y egresados, que evita la injerencia del poder político y nuclea a todos los actores universitarios. Este esquema institucional siempre fue repudiado por la derecha, que se opone, recurrentemente, a la indispensable creación de la Universidad de la Educación, en la hipótesis que esta también sea cogobernada como la Udelar.
La década del cincuenta es calificada por los historiadores conservadores como idílica, aunque realmente no lo fue. En ese contexto nació, en el fragor de la lucha popular, una consigna que se mantiene hasta el presente: “Obreros y estudiantes unidos y adelante”. Esta suerte de “grito de guerra” tiene una connotación simbólica muy importante y, por supuesto, muy significativa, porque condensa la alianza entre la clase culta y los obreros, más allá que todos los trabajadores, independientemente de nuestra actividad, “somos obreros de la construcción de la patria del futuro”, como lo expresó elocuentemente el líder histórico del Frente Amplio Líber Seregni el 19 de marzo de 1984, en su primer discurso público luego de haber recuperado la libertad, tras permanecer recluido más de diez años, como un preso de conciencia, en las bastillas de la dictadura.
Por supuesto, la FEUU, que es vanguardia, fue protagonista en la lucha contra el pachecato liberticida que se instaló a fines de 1967, cuando el autoritario colorado Jorge Pacheco Areco asumió la presidencia tras la prematura muerte del presidente Óscar Diego Gestido. Obviamente, la historia es bien conocida, ya que se implantaron medidas prontas de seguridad, cuyo correlato fue la represión, la cárcel, la tortura, la suspensión de garantías individuales y la censura de prensa. Allí también estuvo esta organización gremial estudiantil en la primera fila de la lucha contra la grosera vulneración de las libertades públicas. El costo fue muy alto, ya que el Gobierno asesinó, en 1968, a los tres principales mártires estudiantiles: Líber Arce, Susana Pintos y Hugo de los Santos. Naturalmente, estos deleznables crímenes permanecen impunes, 57 años después de haber sido perpetrados. Aunque estos asesinatos prescribieron, las causas deberían ser reabiertas, bajo la tipificación de delitos de lesa humanidad, porque son actos del terrorismo de Estado, aunque fueron cometidos cinco años antes del golpe de Estado del 27 de junio de 1973 que instauró la dictadura cívico militar.
Obviamente, el Gobierno autoritario ilegalizó la FEUU, a la cual consideraba una organización “subversiva” e intervino la Universidad de la República, allanando todas sus dependencias, destruyendo material didáctico y mobiliario y quemando libros.
El nuevo triunfo de las listas gremiales constituye un desafío para el gobierno, que debe proveer a la Udelar de los recursos económicos requeridos, desafiando el raquítico espacio fiscal heredado. Nos va el futuro de la producción intelectual y la fermentación de paradigmas emancipadores.