El abandono de las armas y del antisistemismo
En el caso de los actores radicales que abandonan su radicalidad, se integran al sistema político-electoral y luchan por cargos en diversos niveles hasta los de máximo nivel; los motivos parecen claros y quizás ya conocidos o, al menos, fácilmente empatizables y comprensibles.
Gruesamente, en casi toda la historia de la humanidad, los cargos públicos se han llenado por herencia, usurpación armada o designación por los anteriores. En algunos países, y progresivamente, los sistemas político electorales comienzan a imponerse; de ese modo, la usurpación armada empieza a tematizarse como herramienta en la práctica y en la ética política.
El anarquismo, en el fondo heredero del milenarismo renacentista, articula el primer rechazo de las pacificadas vías de acceso a los cargos públicos, una vez que estas se legitimaron y establecieron como modos normales de acceso.
Las izquierdas utópicas y las marxistas, ancladas en distintos imaginarios teóricos, reivindican radicales revolucionarismos para la obtención de los cargos que no se hereden o sigan a votaciones, básicamente en democracias político-electorales.
Entretanto, y continuando el desarrollo de las policías y los ejércitos nacionales consecuentes a la constitución de un mundo internacional basado en Estados nacionales, se producen las primeras derrotas de intentos milenaristas como los anarquismos y los marxismos decimonónicos. La aparición de los abordajes socialdemócratas, gramscianos y comunistas italianos apuestan por subversiones no sediciosas del orden social, vistos los primeros fracasos milenaristas (i.e. Comuna de París); pero las revoluciones rusa y maoísta, junto a otros procesos radicales, como el castrismo cubano (o Debray-Guevara como teóricos) reaniman los milenarismos radicales revolucionarios, reforzados por el destino que sufrió el primer triunfo de una izquierda integrada al sistema político-electoral, Salvador Allende en Chile; nada más nutritivo en América Latina, para los milenarismos radicales, guerrillas urbanas y rurales, que el fracaso de Allende y el triunfo de Fidel Castro.
Las revoluciones independentistas en América, África y Asia habían enfrentado a sediciones locales con ejércitos nacionales; pero las revoluciones del siglo XX opondrán a sediciones locales con fuerzas de seguridad internacionales, desde la OTAN, el Comecon y el Plan Cóndor. El modo en que es localizado el Che en Bolivia prevé el fin de la posibilidad de ‘esconderse’, sea en contextos urbanos como rurales. Las guerrillas rurbanas que venían de antes, como las colombianas, paulatinamente van viendo que no podrán quebrar un statu quo externamente reforzado (Plan Colombia). Ser derrotadas por desgaste o anquilosarse en un combate eterno sin posibilidad de éxito es la única y poco atractiva disyuntiva al alcance. Algunos líderes guerrilleros y sindicalistas antisistema empiezan a pensar en dejar esas actividades contrahegemónicas y pelear por objetivos más acotados y desradicalizados, ya que se van convenciendo de que poco es mejor que nada y de que también mejor tarde que nunca.
Los modus operandi varían según los personajes que intentan la voltereta desde radicalidades antisistema hacia candidaturas político-electoralmente democráticas: Lula crea un partido, en Brasil: el PT; Petro cuasi lo crea en Colombia; Mujica entra en un partido nuevo, el FA, en el Uruguay. Y les debo Nicaragua, Venezuela, Bolivia y Ecuador, si no el Chile de Boric, o la neoperonista Argentina.
Se discute si la voltereta adoptada es un mero cambio táctico para realizar radicalidades una vez logrado el máximo poder formal; Mujica insiste en que los temen como tigres aunque sean meros gatitos; la derecha desconfía de posibles lobos con piel de cordero; hasta hoy.
Esto del lado de los reformados y de sus adversarios. Pero ¿por qué los fue aceptando y votando la gente, la misma que inicialmente los rechazó frente a los centros y las derechas instaladas?
La parábola del hijo pródigo como trasfondo
Las huellas grecorromanas y judeocristianas (y algunas otras), aunque sean vagas, constituyen un imaginario milenario sólido, que sobrevive en el inconsciente colectivo actualizado en superhéroes y cotidianidades varias. Así como hemos hipotetizado que la identificación con David por oposición a Goliat implica una ventajosa mimesis para un colectivo pequeño, como el Montevideo colonial o el pueblo artiguista resiliente (por esa autoimagen juegan bien los futbolistas con los mejores equipos, y peor con los peores, curten ser punto y no banca), el Lazarillo de Tormes legitima al pícaro urbano y al criollo posalambramiento de los campos.
Siguiendo con esas aventuradas semejanzas, la parábola nuevotestamentaria del hijo pródigo podría estar vagamente presente en la valoración popular de los guerrilleros y radicales que, habiendo abandonado al grupo para reformarlo radicalmente desde fuera, abdican de su exilio y radicalidades para regresar y pelear por ideales más cercanos pero quizá accesibles. La calurosa recepción del hijo pródigo retornante representa una opción nada obvia como respuesta comunitaria; el retornante podría ser perfectamente rechazado, por su separación y por todas las desventuras que esa separación radical y bélica produjo. Pero no, los hijos pródigos mencionados han sido perdonados en su pasado abandónico y cruento.
Pero no solo han sido perdonados y jubilosamente recibidos de vuelta, sino que se convierten en esperanzas de bienestar, si no de redención. ¿Cómo opera ese proceso? ¿Qué ponen los colectivos y qué ponen los protagonistas para producir esa chispa desde su interacción? Aventuremos un par de razones, que podríamos ampliar en próximas columnas.
En primer lugar, el regreso del pródigo implica un meta-triunfo del colectivo inicialmente abandonado; el receptor del retornante disfruta de su triunfo, superado su rechazo por el retornante; ese triunfo merece celebrarse, nadie lo atrajo, él solito volvió de cabecita gacha; y, aunque parezca paradójico, el retornante le da más seguridad de fidelidad al grupo que los que permanecen con él. ¿Por qué? Porque el ejemplo del que se fue abre desconfianza difusa por la huida de otros, siempre sospechables aunque no se hayan ido; en cambio el retornante que volvió, ya eligió al grupo, experimentada y abandonada la alternativa antes adoptada. El abandónico retornante le da más garantías de fidelidad al grupo que quien aún puede tentarse a probar alternativas.
En segundo lugar, el retornante, máxima garantía de fidelidad, es también sabido que es un idealista y que se ha jugado por sus ideas; y eso, en momentos de desconfianza sobre los políticos y de corrupción galopante, le da a la gente la garantía de que, al menos, tiene ideales y se podría jugar por ellos (saben bien que los guerrilleros viven mal y en gran estrés). De modo que, si bien quizá defendió ideales equivocados y por medios excesivos transitoriamente, ahora ha vuelto al sistema, y podríamos ver qué ideas propone perseguir, probablemente menos utópicas ahora; al menos sabemos que es idealista, jugado y de los nuestros. ¿Cuántos de los otros candidatos, millonarios o gente de cuadros políticos corruptos y tradicionalmente escaladores pueden darnos esas seguridades y esperanzas? Eso es lo que probablemente suscitó el voto diferencial a Petro en Colombia. Muy probablemente es lo que provocó Mujica en Uruguay, con su desaliño y frugalidad personal, sumados a su chispeante verborragia rurbana (sic, del límite rural y urbano, donde vive); hijo pródigo que se jugó por ‘locuras’ en momentos de acné juvenil; pero que puede jugarse por ideales, no como otros; y es de los nuestros, uno más, aunque más ricotipo y sentencioso.
Seguramente hay algo de eso en esos fenómenos político-electorales, aunque también otras cosas; pero estas generalmente no se mencionan.