“No ha sido posible evitar el derramamiento de sangre. Los enemigos han combatido como bárbaros”, le escribía Flores al comandante general Mitre. Nada hacía rendir a esos paraguayos, “no hay poder humano que los haga rendir”, proseguía. El general Panuero la calificó lisa y llanamente como una “verdadera carnicería”. Poco después, en setiembre, los orientales tomaron Uruguayana. Allí fue donde se encontraron los tres comandantes, Flores, el emperador Pedro II y Bartolomé Mitre. Menciona irónicamente Carlos Machado que “detrás de los aliados, [iban] los ‘banqueros’”, porque mientras avanzaban los aliados, se abrían sucursales del banco Mauá, por ejemplo.
La cosa igualmente no era fácil. Las inclemencias climáticas, el terreno, los barrizales y las enfermedades jugaron una malísima pasada a los aliados. Herrera y Obes -secretario de Flores por aquellos años- da cuenta sobre el sarampión que apestaba los batallones y la falta de vestuarios y alimentos. Estaban invadiendo, eran los perpetradores, por tanto, el terreno era paraguayo. León de Palleja escribía desanimado: “Yo cada día me miro los pies, a ver si han echado raíces en este maldito campo, tan imposible me parece que hayamos de salir”. Eran los esteros paraguayos, que también se defendían.
El 2 de mayo de 1866, llegó la batalla de Estero Bellaco, por los esteros paraguayos. Terrible para unos y para otros. Cuenta Washington Lockhart que solo del batallón Florida, capitaneado por León de Palleja, murieron 100 soldados y 19 oficiales. Jacobo Varela escribió más tarde sobre aquella batalla, a Buenos Aires: “El general Flores es temerario. ¿Qué queréis que os diga? Al primer cañonazo montó a caballo y voló a la vanguardia. Desde ese momento, estaba en todas partes, frío, sereno, en calma”.
La guerra seguía, tremenda. Un testigo informa: tifus, paludismo, aguas podridas, pulgas, hormigas, moscas, piojos enormes, “los insectos que anidan debajo de la piel”, sin contar los yacarés y los carpinchos. Culmina el cronista Seeber (citado por Machado), con la crudeza del momento: “Reventaremos como ratones y será lo mejor”.
Se dan las batallas con más virulencia, pero ahora los paraguayos también triunfan, equilibrando la balanza. Batallas que quedaron en los anales de la historia más triste del continente. En Boquerón (18 de julio de 1866), vencen los paraguayos (aunque hay discusiones); allí perdió la vida el coronel León de Palleja en batalla. El 12 de setiembre de 1866, se dio un momento memorable. Una reunión entre Flores, Mitre y el mariscal Solano López, quien llegado el momento, intentó pactar de todas maneras, aceptando todas las bases de negociación, pero ya era tarde. La maquinaria estaba en marcha, debían exterminar.
Esa reunión fue dura; los reproches de Flores a López se hicieron sentir. Y hasta se cuenta que López le ofreció un cigarro y Flores lo desairó, diciendo que fumaba de los de él. Esto fue en Yatay-ti-Corá.
En la indiscutible batalla de Curupaytí, del 22 de setiembre de 1866, los paraguayos destrozaron a los aliados. Un total de 10.000 muertos aliados y Mitre sustituido por el barón de Caxias en la comandancia. Ya el general Flores comienza a traer las fuerzas uruguayas poco a poco. Las dudas de Flores habían comenzado después de Estero Bellaco. Pero ya estaban jugadas las cartas, y la alianza era un trío.
Tuyutí, por otra parte, fue victoria aliada. La guerra prosiguió, terrible, bárbara. Algunos de los batallones aliados eran de paraguayos, que tomados como prisioneros eran obligados a pelear contra sus hermanos. La guerra seguía, los paraguayos soportaban con lo que tenían. Venancio Flores ya había regresado antes de Curupaytí. Flores intuía un levantamiento. La guerra de Paraguay era también un apéndice del crimen de Paysandú y muchos blancos apoyaban al mariscal.
Por otra parte, el presidente Bartolomé Mitre se encontró en medio de una situación análoga, con los caudillos federales, fieles a Paraguay, pero, ante todo, antiunitarios.
Y seguía la guerra. Y seguía el dolor. Recién en octubre de 1868, a más de tres años del comienzo, los aliados se encontraron con Humaitá, la fortaleza inexpugnable de Asunción. La destruyeron. En enero de 1869 ocuparon Nuestra Señora de la Asunción tras la batalla de Lomas Valentinas (diciembre).
Después de la entrada en Asunción, tan esperada por los aliados, se desataron los peores crímenes. Robos, pillajes, saqueos, incendios. El mariscal intentó de varias maneras lograr la paz y llegó a aceptar las bases de los aliados. Pero nada fue suficiente, López debía morir.
Poco resta decir de la guerra de Paraguay. Los números son contundentes. Tan fríos y desalmados como explicativos. Paraguay se hundió tras el conflicto en un pozo muy profundo. Su población viril se extinguió; solo mujeres, viejos y niños quedaron en aquel país destruido por la guerra. Los hombres fueron muertos, o quizás peor, fueron vendidos como esclavos.
En un contexto absolutamente negativo, López proseguía la resistencia. Su salud mental, según marcan algunos, estaba en constante desequilibrio. Maiztegui enumera las ejecuciones ordenadas por este, todas por traición. A José Berges, su canciller, al obispo Palacios de Asunción. Por otra parte, veía conspiradores en todas partes y hasta sus hermanos pagaron caro, con torturas, y hasta el asesinato de su hermano Venancio.
Las tropas con las que contaba eran de adolescentes. Es así que el primero de marzo de 1870, se encontraron los aliados y el ejército del mariscal. Según Machado, citando a Nebio Cardozo, “batallones de niños disfrazados con largas barbas”.
La batalla de Cerro Corá, a orillas del arroyo Aquidaban, culminó en el asesinato de Francisco Solano López y, por ende, significó el fin de la guerra.
Un disparo, dicen, de un sargento, quien tiró siete veces con su carabina Spencer. Relatan algunos que no quiso entregarse, teniendo la posibilidad, y sus últimas palabras fueron, como si fuese una obra del teatro trágico: “Muero con mi patria”. Junto con él morían, ese día, su hijo, el vicepresidente, y un ministro, lo que quedaba del gobierno paraguayo; ya en manos de Brasil.
Las consecuencias se las imaginarán. Muerte de una enorme parte de su población. Recorte de límites; perdió parte del Mato Grosso y de Misiones, un territorio casi del tamaño de Uruguay. Abrió sus ríos al mundo, siguiendo la tendencia. Pagó, pagó y pagó indemnizaciones: 900.000.000 a Brasil, 400.000.000 a Argentina, 90.000.000 a Uruguay. Le dieron préstamos, los que había que pagar en su momento. Destruyeron sus industrias, sus hornos. Sentencia Machado: “En una palabra: lo civilizaron”.
Uruguay se quedó con… nada. Tan solo con muertos, mala prensa y tristes trofeos de guerra, porque aunque a muchos habitantes de este pequeño país (siempre víctima) nos cueste, en aquellos años, fuimos villanos.