Diseño de Gabriel Ameijenda
Diseño de Gabriel Ameijenda
El show en La Trastienda materializó esa paradoja. Camila G. Jettar, Darío Barrios, Ernesto Tabárez, Federico Deutsch, Federico Morosini, Flavio Lira, Gabriel Ameijenda, Garo Arakelian, Matías Chouhy, Natalia Alonso, Nicolás Lantos, Pablo Torres, Pau O’Bianchi, Pedro Dalton, Rec Dematteis y Sebastián Pina no “interpretaron” una obra: la hicieron circular. Cada intervención parecía inscribirse en una cadena significante que nunca terminaba de cerrarse.
Desde una lectura más cercana a Jacques Lacan, podría decirse que lo que se jugó esa noche fue la imposibilidad de suturar la falta. La ausencia de Tüssi —su partida en febrero de 2024— no se resolvió mediante el homenaje; al contrario, se sostuvo como vacío estructurante. Y fue precisamente ese vacío el que permitió que la música aconteciera. No como recuerdo, sino como insistencia.
En ese sentido, la frase que rodeó el proyecto —“este show no es un homenaje”— adquiere una densidad particular. Negar el homenaje es negarse a fijar al sujeto en una imagen totalizante. Es rechazar la tentación de cerrar su obra bajo una lectura tranquilizadora. Lo que ocurrió en La Trastienda fue más incómodo: una reactivación del deseo que atravesaba su música y su escritura.
El propio “Brüma Cabra Clüb”, como objeto, participa de esa lógica. No es un disco que se entregue dócilmente. Hay en su construcción algo fragmentario, obsesivo, incluso errático, que remite a una subjetividad en permanente fuga. Influencias post-punk, restos de canción rioplatense: todo aparece, pero nada se estabiliza. Como si la obra misma se negara a ser capturada.
El andamiaje técnico —Belén Perini, Carolina Acosta, Catalina Torres, Cocho, Esteban Demelas, Iván W., Little Butterfly Records, Magdalena Raineri, Mateo Flores, Mauro Correa, Octavio Tarigo, Patricia Papasso— sostuvo esa inestabilidad sin neutralizarla. El sonido en vivo de Mateo Flores y la mezcla de Demelas no buscaron pulir la aspereza, sino conservarla. Porque ahí, en esa rugosidad, también había verdad.
Lo que queda, entonces, no es una figura cerrada ni una narrativa ordenada. Lo que queda es una serie de operaciones: escribir, tocar, pensar, intervenir. Tüssi Dematteis como función más que como nombre propio. Como aquello que insiste en cada desplazamiento, en cada interrupción del sentido.
Si algo nos enseñó Tüssi —en su música, en su periodismo, en su forma de estar— es que lo verdaderamente vivo no se deja fijar. Se escapa, se reescribe, se multiplica.