Podríamos seguir señalando escándalos, todos vinculados con dinero, poder, drogas, sexo. Un combo perfecto para inspirar una serie de Netflix. Sin embargo, no es ficción, es nuestra realidad hoy. Y cada una de estas cuestiones ha sido amparada por quien dentro de unos días será nuestro presidente. Así es que lo vimos mantener al intendente de Colonia en su obstinación de ser nuevamente candidato y hacerle un guiño de simpatía incondicional al intendente de Artigas al concurrir especialmente a disfrutar, a su lado, el desfile carnavalero que circula por estas fechas por la avenida Lecueder, y aún más, lo hemos escuchado defender lo indefendible frente al caso del futuro ministro de Educación, argumentando que es su amigo, como si esta condición fuera un argumento republicano, y que sobre todo es “una buena persona, ¿recta?, un gran colaborador y creo que va a ser un buen ministro”, cuando la propia cartera de educación es la que tiene asignado llevar adelante parte del proceso de extradición. Parece que no importa la implicancia, tampoco la ética.
El futuro presidente además de seleccionar a sus invitados al acto de asunción como si fuera una fiesta privada, mostrando cómo aún no ha entendido que representa a todo el conjunto de la ciudadanía, evidentemente está siendo ganado por la desmesura y el exceso de confianza a la hora de ostentar el poder.
Los griegos tenían un par de máximas que funcionaban como rectoras de la conducta. Una de ellas, grabada en piedra en el Templo de Delfos, dice: “Nada en exceso”. Es un principio que regula toda la ética griega y que previene sobre la hybris, la desmesura y vanidad que desafía el orden cósmico. Porque la hybris -demesura, arrogancia, orgullo desmedido- conduce siempre a la catástrofe.
Es inevitable dar cuenta de la catarata de interrogantes que se suscitan: ¿“Ejercer la autoridad” -frase recurrentemente aludida por el aspirante a presidente durante su campaña- tiene como contenido esencial cumplir con sus caprichos? ¿La autoridad es entonces la arbitrariedad ejercida desde su perspectiva personal? ¿Teníamos democracia plena y pasaremos a tener pura monarquía?
Estamos sin duda frente a una moral camaleónica que apresura exigencias sobre los contrarios y favorece argumentos insostenibles sobre los propios. Sin embargo, sería bueno por el bien de todos que se recordara a los griegos que con su sabiduría alertan que las acciones irreflexivas, la obstinación, la fijación de ideas preconcebidas sobre las que no se vuelve a reflexionar, la autosuficiencia en el comportamiento, las pasiones arrebatadas y la desmesura en general, tal como se plantea en la tragedia griega clásica, conducen siempre a la catástrofe.
Los griegos nos enseñaron que los mortales, enceguecidos por las pasiones, se creen lo suficientemente fuertes como para salirse de su papel y que, frente a esto, los dioses del Olimpo serán los encargados de devolverlos a su sitio, de propiciar el instante de la anagnórisis, el reconocimiento, el develamiento de la verdad sobre sí mismos, sobre su lugar, su rol, su identidad. Será necesario que el protagonista recuerde que cuenta solo con el 29 por ciento del electorado y que si habita el sillón presidencial, es gracias a las nunca claras condiciones que sostienen no se sabe hasta cuándo, a una coalición imposible, que aún aunando todos los esfuerzos, no pudo llegar a reunir el cincuenta por ciento de todos los votos. Pero la normas lo ampararon y ya está ahí, al borde de cumplir su objetivo. La democracia representativa es, por un lado, autorización y, por otro, rendición de cuentas. Quizás será el dios pueblo el que deba aquí actuar para salir de este desquicio que se avecina y retornar al respeto por el electorado y por los valores, miles de veces invocados en el discurso, aunque, ya antes de empezar, despedazados.