El triunfo de Gabriel Boric pareció ser la expresión política de esos cambios y confirmar una nueva realidad con modificaciones sustanciales en el conjunto de ideas dominantes en la sociedad que habrían llegado para quedarse.
El resultado de la elección del domingo pasado no puede catalogarse sino como un balde de agua fría, aunque el resultado pudiera haberse previsto, el nuevo texto constitucional fuera muy discutible y el proceso de su elaboración fuera poco convincente.
¿Cuáles son las claves para entender los que pasó en Chile con el rechazo de la nueva Constitución?
Es consecuencia de una coyuntura desfavorable de la correlación de fuerzas, ¿algo así como un rayo solitario en una noche serena?
¿O es un final más o menos previsible en un concierto ideológico en que la ideología dominante logró impedir los avances de una propuesta progresista en la que se definían las bases de un conjunto de valores en disputa que constituían un nuevo contrato social?
No hay duda alguna que la nueva Constitución ha sido rechazada por una amplia mayoría, mayor a la que los partidarios de ella esperaban.
“Contundente” fue la palabra que usara el presidente de Chile, Gabriel Boric.
El resultado electoral es conmovedor y los chilenos sabrán sacar sus propias conclusiones y actuarán en consecuencia.
Los datos matemáticos y los estudios sociológicos serán aún más elocuentes que la subjetividad de las primeras horas.
Habrá como siempre explicaciones diversas más o menos convincentes y más o menos confirmadas con evidencias.
Sin embargo, hay una valoración por demás peligrosa, que supone que la peripecia constitucional que probablemente se inicie a partir de ahora deberá contar con el acuerdo de la centroderecha sin la cual será muy difícil su aprobación en una nueva instancia electoral.
Estoy muy lejos de negar porfiadamente las consecuencias políticas de lo que pasó, pero quiero expresar mis temores de que se saquen conclusiones erradas.
La tentación de suponer que para que sea aprobada la nueva constitución debe ser menos avanzada, tal vez más conservadora, menos democrática, menos indigenista, menos estatista y menos feminista, es muy fuerte, máxime que las fuerzas mediática hegemónicas, aquellas que construyen la hegemonía cultural y el relato de la derecha, apuntarán a crear un sentido común de rechazo a la idea de cambio social que se impuso cuando como consecuencia de las luchas estudiantiles y populares se había creado una nueva conciencia colectiva de que el cambio era necesario, factible y viable.
Si esta idea toma fuerza se procurará pactar un texto aceptable, al menos para la centroderecha, con la que hay que necesariamente dialogar, negociar y acordar.
Este es un asunto clave. La “realidad” en Chile nos pone ante una disyuntiva teórica que no soy quién para discutir, pero que no puede generalizarse.
O no hay manera de gobernar sin una parte de la derecha o , por el contrario, hay una opción de construir una fuerza de suficiente volumen político y social como para imponer cambios capaces de, al menos, desenvolver un relato alternativo más radical y el tránsito a una democracia más avanzada y a cambios sociales que disminuyan sensiblemente la pobreza, la marginalidad y la desigualdad y recuperen espacios de soberanía y de ampliación de los derechos de la mujer, los pobres, los niños y las minorías.
Pero “la realidad” es subjetiva y si se optara por lo primero, yo pienso que sería un profundo error ideológico en el sentido etimológico de percibir una “realidad” fantasiosa, probablemente equivocada, que es consecuencia de una apreciación de debilidad propia que impide abordar objetivos mayores
Yo no soy quién para pensar por los chilenos, que son quienes tienen que valorar la realidad de su país.
Pero advierto que mucho peor sería que desde aquí, sacáramos conclusiones que impliquen que esta deriva hacia el centro sea una fatalidad que es parte de la realidad común de la región y que la experiencia de Chile y los análisis que los chilenos hagan de su realidad también supone que los traslademos mecánicamente a nuestro país y a nuestra realidad. Lo advierto porque la idea es muy seductora. Nada más falso que la idea fantasiosa de que se puede ganar por o con la centroderecha y luego gobernar por la izquierda.
Ni la transición chilena del pinochetismo a la democracia, ni la destrucción de lo público por la dictadura de Pinochet, ni la hegemonía conquistada por la ideología neoliberal, ni el consenso que tuvo el pinochetismo en la sociedad chilena ni la penetración del capital internacional son lo mismo.
Ni las clases dominantes, ni el aparato mediático, ni la Justicia ni las fuerzas armadas son iguales.
Tampoco la experiencia de la construcción del Frente Amplio, su origen ideológico y su trayectoria, su orgánica y su experiencia de unidad y de gobierno son iguales.
Ni la historia del país y la construcción de la derecha, ni las características de la dictadura ni la terrible experiencia de la derrota de la Unidad Popular y Salvador Allende y las trágicas y luctuosas consecuencias son las mismas.
La derrota de los partidarios de aprobar la nueva Constitución no se explica porque el texto de la misma fuera más o menos rupturista, lo hicieron porque los poderes hegemónicos lograron imponer un relato conservador de derecha y torcer la voluntad de cambio de una mayoría que se había construido con las luchas y con el protagonismo de las masas la idea de que era posible de nuevo abrir las grandes alamedas.
Tal vez una de las enseñanzas más importantes es que no hay que menospreciar el poder mediático de las élites conservadoras ni hay que aceptar como una fatalidad la debilidad de nuestra capacidad de fuego y sobre todo de desarrollarla, hacerla crecer y optimizarla en el plano de la información de la comunicación de la propaganda y la cultura.
Quiero decirlo porque encuentro una gran frialdad en la fuerza política cuando planteo esta preocupación y cada vez soy más sensible a lo que podría definir como un ninguneo cuando se trata de llamar la atención sobre la debilidad de la izquierda a la hora de abordar la necesidad de desarrollar instrumentos y construir poder.
Yo creo que la estrategia política es muy importante, que está bien que analicemos la coyuntura latinoamericana y la experiencia invalorable de los demás pueblos hermanos, pero tenemos que tomar conciencia de que la izquierda en Uruguay ya ganó y ya perdió y la sociedad uruguaya no pide menos de lo que se hizo, sino que pide más y para ganar se necesita ofrecer más, más profundidad en los cambios, más movilización, más demanda social, más justicia, menos pobreza y más igualdad.
Para eso hay que elaborar un programa con nuevas transformaciones que hagan renacer una esperanza capaz de abrir las cabezas e inflar el corazón de las mayorías, creando las condiciones subjetivas para impulsarlo con la gente.
La sociedad uruguaya ha tenido cambios ideológicos muy sensibles en los últimos años. Entre muchos otros, el consumismo, el incremento de la violencia, la fragmentación y la exclusión.
No obstante, en Uruguay la ideología dominante sigue siendo lo que podríamos llamar el nacional reformismo, un sistema de pensamiento mayoritario heredado del batllismo que constituyó el sustento cultural laico, igualitario y democrático que domina en nuestra sociedad.
Procuremos construir recursos culturales y mediáticos que impidan el avance de una nueva subjetividad y de nuevos valores conservadores.
Con la mayor amplitud, sin sectarismos, sin soberbia, sin atajos y sin apuros, pero sin olvidar que las agachadas no se perdonan.