Apenas unos días después del escándalo cripto, la Fiscalía General de Brasil ha imputado al expresidente Jair Bolsonaro junto a 33 personas más, incluyendo al exjefe de la Casa Civil de su gobierno, por el intento de golpe de Estado que protagonizaron sus partidarios, pero también por urdir un plan para envenenar a Lula y asesinar al juez Alexandre de Moraes y al actual vicepresidente, Geraldo Alckmin. El cúmulo de pruebas es muy vasto e incluye la declaración de arrepentido, además de pruebas físicas de todo tipo y la evidente asonada instrumentada por sus partidarios, que tomaron la Plaza de los Tres Poderes el 8 de enero 2023, apenas una semana después de que Lula asumiera su tercer mandato, obtenido en las urnas contra un Bolsonaro que hizo todo lo que pudo para impedir su victoria electoral, incluyendo movilizar a la Policía para que los votantes no llegaran a las urnas en zonas donde Lula tiene muchos simpatizantes, promover fake news y tratar de echar sombras sobre el sistema electoral.
En apenas cinco días, dos de los ídolos de la ultraderecha regional y mundial, que en Uruguay son secretamente admirados por no pocos dirigentes políticos y editorialistas de la gran prensa conservadora, enfrentan situaciones de demolición de su capital político, su credibilidad y quedan expuestos como lo que son: chantas, estafadores y verdaderos peligros contra la democracia cuando gobiernan. A la vez, sus proyectos de poder quedan cada vez más al desnudo, cuando el jefe de todos ellos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, promueve una política de agresividad imperial, intentado quedarse con el control del canal de Panamá, y afrenta la soberanía de su vecinos Canadá y México, mientras presiona a Dinamarca para que le entregue nada menos que la isla de Groenlandia y ordena renombrar el golfo de México.
Esta caída raida y majestuosa de Milei, sumada al desprestigio y futura prisión de Bolsonaro y el descaro imperial y tecnofeudal de Donald Trump y su financista, Elon Musk, ofrecen a la gente una imagen fidedigna de la descomposición moral de la derecha, en tiempos confusos donde se llega a creer que, a fuerza de manipulación de algoritmos y recursos económicos ilimitados, cualquier proyecto ultraconservador puede encaramarse en el poder, así contravenga consensos básicos sobre derechos sociales, humanos y hasta sobre certezas científicas.