China tiene un fuerte desarrollo tecnológico. Casi no se usa dinero y cuentan con una aplicación, WeChat, que hace las veces de nuestro WhatsApp, pero con funcionalidades mucho más extendidas. A través de esa aplicación compran, pagan, hacen transacciones variadas y, naturalmente, se comunican. Por eso, la crisis del coronavirus, imposibilitadora de las presencias en los centros educativos, parecía no generar demasiadas dificultades con la propuesta inmediata de las clases por internet. Los profesores envían a sus estudiantes videos con sus clases y los niños y jóvenes van haciendo desde la plataforma los ejercicios y tareas. Sin embargo, esa transmisión de saberes que parece resuelta a través de un video evidencia que la educación es mucho más que un conjunto de informaciones que se ponen en juego y que el vínculo, sobre todo en los primeras décadas de la vida, es insustituible. Y no me refiero solo al encuentro intergeneracional del docente y los estudiantes, sino también a la chance de encuentro horizontal entre jóvenes y niños, porque allí también se produce un intercambio natural que opera como factor esencial del desarrollo. Por eso considero que a partir de esta difícil situación china es posible reflexionar acerca del sentido y concepto de la educación, sobre todo, porque en Uruguay seguimos escuchando discursos de quienes quieren hacernos creer que la educación es una técnica operativa para inocular saberes, responder a las evaluaciones internacionales y nada más. Esa pobreza conceptual viene prosperando en el Uruguay de hoy, sostenida por miradas que no pueden descubrir en la educación un proceso humanizante en el que no es solo el tiempo de estar en contacto con los saberes, sino la calidad de ese tiempo, la riqueza del hacer juntos -grandes y chicos- y la oportunidad emancipatoria. El educador no es un mero distribuidor de conocimientos, debe por supuesto proporcionar y transmitir saberes, herramientas e instrumentos con la suficiente generosidad como para que sus estudiantes interpelen ese mundo que se les ofrece, discutan sobre él y, sobre todo, se sientan fuertes y libres para transformarlo. Esta tarea es vincular, trabajosamente colectiva, inter e intrageneracional y particularmente importante para los niños y jóvenes que proceden de hogares más humildes. La educación es transformadora de vidas y permite que no quedemos ligados a las condiciones nunca elegidas de nuestra “cuna”.
Si bien la tecnología es un medio para ofrecer aprendizajes, la educación no puede producirse exclusivamente a través de la virtualidad porque necesita de la palmada animosa en el hombro y del rezongo cuando hace falta. Educar es darle al otro, al nuevo, al recién llegado, un equipamiento que le permita examinar el mundo, formarlo para su liberación, para que indague, investigue, proponga y transforme. No puede hacerse solo con un adulto que sea un repetidor de conocimientos por muy profundos que estos sean y tampoco puede hacerse en solitario. Hay algo esencial de lo colectivo que se juega en cada acto educativo.
La experiencia obligada de China del trabajo en situación de aislamiento es una estrategia de salida a una situación crítica que deberá ser reparada en la alegría del encuentro cuando logremos vencer el virus. La cuestión acá es dejar de expresar facilismos, salir de los lugares comunes y reconocer que, como dice el filósofo francés Philippe Meirieu, “educar es justamente promover lo humano y construir humanidad. Ello en los dos sentidos del término de manera indisociable: la humanidad en cada uno de nosotros como acceso a lo que el hombre ha elaborado de más humano, y la humanidad entre todos nosotros como comunidad en la que se comparte el conjunto de lo que nos hace más humanos”. Sin los otros, sin el intercambio, sin la construcción, sin la mano que se tiende para generar la emoción del saber, la educación será una técnica vacía. No será educación.