La proyección para la segunda vuelta favorece, en una primera evaluación, a Kast, que podría contar con los votos de Parisi y Sebastián Sichel, el candidato de Piñera, que suman el 25% de los votos. Mientras que Boric debe contar con los votos de los candidatos de la Democracia Cristiana-Partido Socialista, Yasna Provoste, y del Partido Progresista, Marco Enríquez-Ominami, cuyos sufragios combinados rondan el 20%. En caso de que se produzcan estas transferencias, Kast ampliaría su ventaja a alrededor del 7%.
¿Cuáles son los nuevos factores que cambiaron las encuestas y proyectaron el favoritismo del candidato de extrema derecha en la segunda vuelta?
Antes que nada, está la presencia en Chile del mismo fenómeno que hay en otros países latinoamericanos -Brasil y Argentina, entre otros- con la proyección ascendente de candidatos de extrema derecha. En Chile, Kast exploró temas como la lucha contra la corrupción y la vieja política -se distanció de Piñera, también para no sufrir el desgaste del actual presidente-, contra el Estado y a favor de la privatización, la lucha contra la violencia, la lucha contra la inmigración -un tema delicado en el norte del país- y un programa económico neoliberal, reivindicando tanto a Pinochet como a Bolsonaro, mientras que en otros países, incluso la derecha intentó distanciarse del presidente brasileño.
El candidato del Frente Amplio, Gabriel Boric, defiende un programa clásico de la nueva izquierda: antineoliberal en la economía, defensor de las políticas para preservar el medioambiente, las políticas de los movimientos de mujeres, la descentralización política, favoreciendo a las regiones más atrasadas del país.
Parisi defiende un programa económico neoliberal, antipolítico y antiestatal, con una apariencia liberal, en defensa del “pueblo”, como lo expresó en nombre del partido que creó: el Partido de la Gente. Terminó capitalizando el voto de jóvenes, que solían abstenerse, en la primera vuelta.
Chile aprobó hace unos años el fin del voto obligatorio, lo que provocó una caída radical de la participación electoral. Una gran parte de los jóvenes ni siquiera se inscribió en el padrón electoral. Los presidentes, como la propia Michelle Bachelet, fueron elegidos con menos del 30% de los votos. Más de la mitad de los chilenos comenzaron a abstenerse.
Incluso con las movilizaciones de los últimos dos años, la participación electoral en estas elecciones se mantuvo baja: 47%, es decir, con abstención de más del 50%. Este universo sigue siendo la variable que eventualmente puede cambiar el resultado de la primera a la segunda vuelta.
En cualquier caso, el panorama político de Chile ha cambiado. La extrema derecha muestra mucha fuerza. Los partidos tradicionales -Partido Socialista y Democracia Cristiana- prácticamente desaparecen como fuerzas importantes, aunque mantienen una cierta banca en el nuevo Parlamento. La nueva izquierda, el Frente Amplio, ocupa el centro de las alternativas del progresismo.
Una eventual victoria de Kast dejará a Chile en una situación de aislamiento, contando con el gobierno brasileño, en el último año del mandato de Bolsonaro. Si Lula es elegido, la alianza de los tres países más grandes de América Latina -Brasil, Argentina y México- contribuirá de manera decisiva a consolidar este aislamiento.
La segunda vuelta, el 19 de diciembre, será muy disputada y los resultados dependerán de la transferencia de votos de los otros dos candidatos a Kast, manteniendo el universo actual de votantes. O de que la izquierda logre descifrar a los abstencionistas y movilice a una parte significativa de ellos, volviendo a repartir las cartas del juego y consiguiendo el voto a su favor. Los jóvenes, que fueron protagonistas fundamentales en las movilizaciones de los últimos dos años, pueden ser decisivos para este giro.