Las posibilidades de abrir interrogantes sobre el tema son variadas: ¿Es lo administrativo a través del reglamento de evaluación y pasaje de grado lo que termina reinando y subordinando las decisiones pedagógicas? ¿Es posible pensar lo educativo de otra manera para que realmente reine el aprendizaje como valor esencial a ser conseguido? ¿Hay chances para erradicar las rutinas y crear nuevas institucionalidades en las instituciones existentes? ¿Cómo haríamos para incorporar la novedad y poner foco verdadero en nuestros estudiantes como sujetos de derecho?
Siento la necesidad de señalar una y otra vez, cuánto resistimos los cambios y cuánto nos cuesta, especialmente a los educadores uruguayos “desnaturalizar” la práctica de la repetición para pasar con creatividad a rediseñar nuestra propuesta didáctica y nuestra postura pedagógica. De alguna manera es poder enfrentarse a la imposibilidad de despertar en el otro el saber ¿Cómo puede explicarse que en el marco de la aventura pedagógica entre un adulto formado para ese fin y un joven que, según dicen los psicoanalistas, cuenta con una pulsión epistemofílica -la curiosidad, el deseo de saber, de conocer que parece que todos los humanos portamos- no se produzca la trasmisión? Reconozco que puede haber mil respuestas. Saldrán a hablar los que dicen que las condiciones no son buenas y algunos en ciertos casos puntuales pueden tener razón. Es cierto que también hay un problema de formación de los docentes, especialmente encarnado por aquellas personas que no tienen formación específica o, habiéndola tenido en un principio, jamás se actualizaron profesionalmente. Puede haber miles de razones entre las que no hay que eludir que también estarán los que disimuladamente celebran que no todos “pasen” porque sienten que la educación no es para todos. Dice con acierto la argentina Graciela Frigerio que hay una porción de la población que disfruta cada vez que las cifras dan cuenta del fracaso: “El fracaso que a muchos nos duele, para otros, es la mejor coartada para seguir dividiendo y clasificando las vidas”.
Hay que salir de la tentación del simplismo. La repetición, así como está planteada en Uruguay, responde al mecanismo de la selectividad, a aquella génesis fundacional de la educación media que iba dejando por el camino a los estudiantes porque consideraba que los niveles superiores solo les correspondían a algunos. Hoy es necesario hacer florecer la vida de las instituciones educativas, dar lugar al imaginario motor y crear algo diferente con espacios y tiempos nuevos en los que cada joven pueda encontrar una propuesta que le permita humanizarse, que lo nutra para encontrar su lugar de inscripción en el conjunto social.
Por eso tengamos claro que si eliminamos la repetición y no encontramos mecanismos de trabajo en los centros en que el joven como sujeto de derechos pueda realizar su recorrido formativo acompañado integralmente, nada tendrá sentido porque no servirá defender el derecho a la educación si, en el fondo, es un derecho a la nada.