Así es que al instante comenzó la segunda parte del evento. Y la fuerza de una magia escasamente explicable se apoderó del lugar. Se aprovechó la ocasión para hacer una muestra de los talleres que durante todo el año todos los estudiantes de este centro tienen la oportunidad de disfrutar. Los talleres son espacios y tiempos adicionales a los curriculares en los que los y las jóvenes exploran otros saberes, indagan en sus propios talentos y aprenden con otros. Así es que durante un par de horas vimos circular por el escenario la expresión de estos jóvenes que durante el curso recorrieron los territorios insospechados del disfrute, del arte, del conocimiento. La vida se convirtió en una cascada de aromas, sonidos y colores.
Un puñadito de estudiantes cantaron para nosotros acompañados de una guitarra en lo que fue la presentación del coro liceal, otros interpretaron con sus voces e instrumentos musicales, ritmos muy cercanos al hip hop y al rap, rompiendo la rutina de la música que muchas veces escuchan los adolescentes de este barrio. Más tarde, hubo interpretaciones dramáticas encarnando una versión adaptada de “Matilda” con su Directora Tronchatoro incluída y otra representación en inglés que nos tuvo en vilo poniendo a prueba nuestra atención y fomentando nuestro entusiasmo. La variedad de la propuesta incluyó la exhibición de artes marciales pero digamos que lo más novedoso fue la presentación del taller de circo. Una sensación extraordinaria y hechizante se apoderó del lugar y vimos circular ante nuestros ojos a jóvenes que hacían graciosos equilibrios con platos de colores y varas para sostenerlos mientras bailoteaban al son de una música apropiada para la ocasión. Se sucedieron luego tules multicolores, zancos y telas que cobijaron los cuerpos para habilitar una danza en el espacio que permitiera la magia de una práctica de cada día en la que se habita una institución educativa desde el lugar del disfrute y del descubrimiento de una ofrecimiento formativo no tradicional. La danza en telas, la música y esos cuerpos que al son de la misma, van buscando el movimiento exacto, la precisión, la figura que a la vista enamora al espectador para gestar una atracción única e irresistible. Por un instante, creí que iba a aparecer Melquíades, aquel gitano mítico que habitaba por períodos breves la legendaria aldea de Macondo y que provocaba en sus habitantes la emoción de lo difícilmente comprensible. Melquíades no estaba pero la magia de su misterio estuvo presente en la presentación del viernes pasado para recordarnos que un liceo es un espacio para ser y que la alegría, el arte, la indagación de intereses personales y colectivos y la presentación de esos logros también son oportunidades de aprendizaje para todos.
Hay una palabra que parece condensarlo todo y que remite a los versos que canta La Catalina: Comunidad. “Con la razón al borde del abismo, siguieron empeñados en soñar”. Seguiremos soñando y haciendo. La ruta ya está marcada y sospecho que no hay chance de dar ni un paso atrás.