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Inmigración: el Uruguay deseado

Cada vez son más los extranjeros que eligen Uruguay como país de residencia. Aunque los motivos principales sean económicos, el objetivo no siempre es el mismo. Algunos utilizan a Uruguay como país de paso. Otros, como su nueva casa.

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Al año 2016, fueron concedidas 15.935 residencias permanentes al amparo de la ley 19.254, las que se tramitan por el Ministerio de Relaciones Exteriores y abarca la residencia permanente para nacionales de los países del Mercosur y Estados asociados, así como para cónyuges, concubinos, padres, hermanos y nietos de uruguayos. A esta cantidad se le deben sumar los datos del resto de los migrantes, los que “pasan” por la Dirección Nacional de Migraciones, pero nos detendremos en los de la región, entendiendo a América Latina como tal, porque son a los que se les opone mayor resistencia por parte del uruguayo promedio.   Migración que me hiciste bien Hasta el cansancio escuchamos las historias sobre la tierra de abuelos, bisabuelos y generaciones más atrás en el recuerdo, transmitido oralmente, cuando no escrito, y hasta a veces gráfico mediante fotos desteñidas. Hemos aprendido a querer aquellas tierras por las que, sin ser las nuestras, sentimos un cariño especial. “Nuestro país se hizo con el aporte de los inmigrantes, como mi…”, decimos acostumbrados, orgullosos o ambas cosas. Pero lo cierto es que a la hora de hablar de la inmigración actual, la comprensión se agota y lo que supo ser “aporte” se convierte en estorbo o en cosas peores. La excusa para esa reacción suele ser que los extranjeros vienen a competir por los magros puestos de trabajo, encegueciéndose el “autóctono” hasta el punto de no ver las ventajas del crecimiento del mercado interno, que si crece la demanda, la oferta, obligatoriamente, seguirá la misma suerte. Encontré a Carlos en la fila de un local de cobros, de esos que tienen Western Union. Yo estaba atrás de él, lo que me permitió escuchar su conversación con la cajera. Estaba ahí para mandar 1.000 pesos a su familia. La empleada repitió la cifra, asombrada. Carlos la confirmó; la mujer le dijo: “Son mil tres pesos colombianos, ¿está bien?”. Él contestó que sí, pero debe haber sido la sonrisa de la muchacha al preguntar lo que lo obligó a explicar el por qué del envío de una cifra tan pequeña: “En Colombia ayuda y de acá no se puede mandar mucho más”. Pensé en salir atrás de él, pero me frenó una niña de túnica y moña en la que yo no había reparado, que apareció justo mientras Carlos esperaba el comprobante del envío: “Dale, papá, que llego tarde”. “Ya, m’hijita, ya vamos”. Salieron deprisa y yo me conformé con lo que había escuchado. Por otro lado, en Caras y Caretas ya teníamos el testimonio de Olga, quien nos había dicho que desde hacía años buscaba salir de su Dominicana natal porque la vida, difícil de por sí, se había complicado cuando el padre de sus hijos los abandonó: “Me quería ir para Chile porque sé que allá se vive mejor, pero exigen visa y nosotros no podemos entrar. Así que me ofrecieron venirme para acá, que era un país bonito, donde había mucho trabajo y se ganaba bien”. Olga se contactó con una familia que se dedica a traer gente a Uruguay: “Ellos venden un cuento muy bonito sobre lo que es este país. Me cobraron 110.000 pesos [dominicanos], porque me dijeron que con eso se pagaban los papeles, que entrar acá no era fácil por la gran demanda”. “¿Cuál es el precio regular del pasaje a Uruguay?”. “Unos 40.000 pesos”. “¿Venías con trabajo?”. “No, pero dijeron que acá había, que no era necesario ningún contrato de antemano. Y que se ganaba el doble que en Dominicana. Eso es cierto, pero este es un país para turistas, es muy caro. Laburo en un supermercado y cuido niños, y no puedo ahorrar. Todo se va en la comida”. “¿Estás legal?”. “Sí, tengo cédula y carné de salud; si no, no se puede laburar”. Miguel es venezolano y trabaja en un bar que se especializa en arepas, comida típica de su tierra. Los dueños del bar lo trajeron a él y a su esposa con el empleo pronto. Nunca imaginó que vivir en Uruguay fuera tan difícil, pero igual piensan quedarse poco porque “nosotros trabajamos para viajar, el problema es que acá no se puede juntar para seguir, y más con nuestro objetivo. Somos una pareja joven y, a veces, queremos salir a divertirnos, pero se nos desbarajusta todo el presupuesto”. Miguel piensa que en Uruguay no sólo la población está envejecida, “los jóvenes también, pero eso es porque para salir de noche se precisa mucha plata. Todo es muy caro, chica. Yo lo veo en mi trabajo, con lo que pagas acá una arepa, allá te compras cinco”, expresa largando un silbido. Vinicius llegó de Camboriú, quejándose de que aquí “hace tanto frío como en Brasil”. Reí, pensando que era una broma, pero alguna expresión suya me dio la pauta de que me hablaba en serio: “En donde yo vivo es muy frío, en invierno neva y en verano nunca tenemos más de 25º”. Igual, hace dos años lo que lo trajo a Montevideo no fue el clima, sino la curiosidad: “Me gusta vivir aquí. Trabajé en un call center, pero empecé facultad y los horarios eran un impedimento, así que estoy vendiendo snacks caseros hechos con harina de mandioca”. Olga y Miguel sienten que en Uruguay se discrimina porque hablan más alto o porque son más alegres. Olga siente algo aun peor: “Se creen que las dominicanas somos prostitutas. Eso es triste”. Vinicius, en cambio, no se siente discriminado y, por su respuesta, ni siquiera supo muy bien a qué nos referíamos: “¿Discriminación?”, preguntó con una sonrisa de oreja a oreja, y quedó suspendido como esperando la broma. “Sí, ¿te sentís discriminado?”. “¿Yo? ¡No! ¿Por qué me van a discriminar a mí?”. “No sé, sólo quería saber si te sentías discriminado”, dije dando por contestada mi curiosidad. Vinicius seguía riendo: “En Uruguay nadie discrimina. Sólo que a veces te pelean cuando juegan con Brasil, pero a mí el fútbol no me importa”. “¿Y qué te importa, Vinicius?”. La respuesta fue más corta de lo que pensaba: “Ser feliz”, dijo contundente.

Más que números
En los últimos dos años y medio, el Estado uruguayo concedió 15.935 residencias permanentes y rechazó sólo 22. Así lo señala un informe la Dirección General para Asuntos Consulares y Vinculación con datos hasta febrero de 2017. Allí se refiere a 5.919 solicitudes de residencia permanente en proceso, o sea, en trámite. De esta forma, las residencias concedidas alcanzan 69% del total de solicitudes. En este sentido, el informe destaca que en 2016 el Estado concedió 8.098 residencias, cifra que supera las 6.919 de 2015. En los primeros dos meses del años, ya se habían otorgado 305. Al verse la nacionalidad de los solicitantes, se destaca una prevalencia de personas de los países del Mercosur, en particular de argentinos (31%), venezolanos (24%) y brasileros (18%). También se constatan solicitudes de peruanos, colombianos, chilenos, paraguayos, bolivianos, ecuatorianos y de países de la Unión Europea. Pero al analizar las residencias concedidas, la predominancia es de los argentinos (42%), seguidos por los brasileros (18%) y los venezolanos (13%). La mayor cantidad de los solicitantes se ubican en la franja etaria de entre 25 y 34 años y entre 35 y 44 años. Es decir, se trata de población económicamente activa: “Además, se observa una mayor cantidad de personas menores de edad que las personas que se instalan en Uruguay en edad de retiro”, se lee en el documento. El 51% de los solicitantes son hombres, al tiempo que 48% tiene educación terciaria o técnica superior. En las conversaciones con estos solicitantes se puede evaluar que eligen Uruguay por ser un país seguro dentro de la región, así como por sus planes de estudios gratuitos que permiten que los menores de edad y los jóvenes se formen en diferentes carreras sin costo. “Asimismo el sistema de salud, seguridad social, y la relación laboral [Consejos de Salarios] son elementos significativos a la hora de elegir el país”, señala el informe.

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