La frase no es mía, la pronunció Duclos, una especie de Enrique Rodríguez del Partido Comunista francés cuando la implantación del sistema de elecciones a dos vueltas en Francia, que dejaba a su partido en la disyuntiva de elegir entre dos candidatos de derecha. Dijo entonces enfáticamente Duclos: “No nos obligarán a elegir entre la peste y la sarna” y recomendó la abstención de los comunistas en la segunda vuelta. Evocar ese episodio, que tiene que ver con el elevado número de abstenciones en esta segunda vuelta electoral en Francia, que terminó por consagrar a Macron como presidente, me trae a la memoria a esa gran pareja de dirigentes del entonces gran Partido Comunista francés: Thorez y Duclos. El primero, secretario general y teórico de su partido, el segundo, senador de la República, formidable y llano orador y una de las figuras más queridas por su partido, por los franceses y por todos los comunistas del mundo. Como nuestro entrañable Enrique Rodríguez, una voz hondamente comunista y a la vez que profunda y entrañablemente popular, fraterno y con la virtud de hacerse comprender por todos. Rescato (porque tengo saudades de esos tiempos) a esas figuras que nos condujeron y nos encaminaron en tiempos difíciles. Más allá de posteriores discrepancias, recuerdo su fraternidad, que nos enseñaba a todos. En una oportunidad, durante la resistencia a la ocupación nazi, le llega a Thorez, en su refugio clandestino, la noticia de que Duclos había caído. Ya era la noche y el toque de queda volvía muy peligroso el transitar y Duclos podía denunciarlo; sin embargo, mientras los compañeros de seguridad trataban afanosamente de trasladarlo, Thorez les dijo: “Duermo tranquilo, Duclos no me traicionará”. Y no lo hizo. Me extendí en la digresión, pero no me importa. Tenía la necesidad de evocar ese momento en que la fraternidad, la confianza en el compañero, era común. Todos nosotros, los que fuimos cayendo en manos de la represión luego del “300 Carlos” teníamos, entre los que habían caído, compañeros que podían delatarnos. Sin embargo, confiamos en ellos. Tomamos más precauciones porque el enemigo se cerraba contra nosotros. Pero fueron contadas las delaciones. Los que seguimos en actividad luego del 75 sabíamos dos cosas: la primera, horrible, era que la tortura estaba siendo salvaje a la vez que científica. No la emprendían a golpes y culatazos sin control, ya que eso te mataba muy rápido. Aplicaban el método argelino que los yanquis habían perfeccionado en Vietnam: llevarte al borde mismo de la muerte, pero no matarte hasta no haberte extraído toda la información. En beneficio de nuestros torturadores debo decir que la eufemísticamente llamada “disposición final” no se aplicaba como norma general. Nuestros mandos militares nunca pudieron atreverse a dar esa orden, desde que el Gral. Cristi la planteó durante la huelga general. La segunda cosa que sabíamos era que nadie delataba, que nadie “cantaba” todo lo que sabía. Que eran contadísimos los casos en que la traición se completaba, transformándose en colaboracionismo. ¡Ni vale la pena recordarlos! El Negro Avero, autor de memorables frases, lo enunciaba así: “El machismo y todo eso se te va a la tercera patada en el culo, de ahí en adelante, aguantas a ideología”. En ella confiamos los del 77, los del 79 y todos los que siguieron la lucha en los años duros. El 80, con el desafío del plebiscito. El 81 y las internas del 82, el 83, con la creación del PIT y su 1º de Mayo. Pero también, más acompañados cada vez, hasta la salida. Fue en abril del 84 que asesinaron a Roslik. Se me fue larga la digresión, pero ¡uno tiene derecho a la evocación cargada de fraternidad! Lo que desató todo fue el enunciado de Duclos de que no estábamos obligados por la segunda vuelta a elegir entre la peste y la sarna. Que también era elegir el no hacerlo. No nos hemos encontrado y difícilmente nos encontremos en tal disyuntiva, pese a las rabietas por las que, a veces, nos hace pasar nuestro gobierno y/o nuestra “fuerza política”. Está muy claro que por más que nuestro progresismo destiña y se aleje más de nuestros ideales primeros y revolucionarios, hay una distancia insalvable entre lo que representa el Frente Amplio y lo que sería “la oposición”. Así, en bloque, porque tendrían que juntarse todos para ganarnos y el bloque sería conducido por el núcleo duro del herrerismo. En Europa, particularmente en esta elección francesa, más allá de los filofascismos pasibles de descubrir en el Frente Nacional, las diferencias eran más aparentes que reales. ¿Qué es Macron, sino un personaje nacido en el riñón de la Banca Rothschild y de debajo del ala de las políticas más antiobreras impuestas en Francia desde Sarkozy a Hollande? Estuvo en la prolongación de la edad de retiro y la quita de una serie de beneficios jubilatorios. Estuvo en la legislación antisindical y desreguladora que ha ido dejando a los trabajadores franceses sin garantías laborales y en mano de las patronales. La precarización del empleo en la Francia de hoy está a la altura de un país del tercer mundo en el cual reina la maquila. Macron es “más de lo mismo”. Más neoliberalismo, más alineamiento con las políticas supranacionales dictadas por los burócratas de Bruselas. Más “Europa aunque te pese”, política que ya hundió a Grecia, que no deja levantar cabeza a la economía italiana y que tampoco le ha dado un alivio a España. La “Europa aunque te pese” que provocó el brexit y que con su burocrática ceguera ha alimentado el crecimiento de todos los grupos políticos ultranacionalistas. En Austria, la “democracia” se salvó por contadísimos votos; en Holanda, la “democracia europeísta” triunfó si sumamos a una heterogénea coalición que aún no ha podido presentar gabinete. Y ya veremos en las elecciones de Alemania cómo los renacidos partidos filonazis hacen temblar a la coalición democristiana-socialdemócrata. Cierto, la “situación” se viene salvando y logra mantener esta política europeísta y neoliberal en todos lados. Mejor dicho, no en todos lados: en Grecia triunfó Tsipras, a quien obligaron luego a “tomar el ricino”, y es sintomático que no recibamos noticias de Portugal en donde una coalición tácita sostenía un gobierno socialista que, alejándose de las recomendaciones de Bruselas, estaba sacando al país adelante. Por algo será que no recibimos noticias. Tal vez, en Francia ganó la sarna en contra de la peste, pero ganó en medio de una gran abstención, con un Frente Nacional que los amenaza y con una novedad que puede cambiarlo todo: Mélenchon. En Grecia la rebeldía popular se encauzó en Tsipras, de quien la vida dirá si conserva el apoyo pese a las imposiciones que aceptó; en España, Podemos ha trastocado el mapa electoral y el gabinete minoritario de Rajoy tendrá la vida que la evolución de socialistas y comunistas tengan. De Portugal se esperan noticias. Y también se esperan noticias de Mélenchon. Lo cierto es que el europeísmo neoliberal y ciego se está condenando. Morirá a corto plazo. El dilema, el dilema que Europa le presenta al mundo es si la agonía de ese neoliberalismo sin futuro dará paso a opciones populares y progresistas o dará paso a opciones neofascistas. Que quienes no lo quieran ver miren hacia otro lado, pero en pocos años la opción será entre progresismo o neofascismo. La pregunta cantada es: ¿cómo nos pararemos nosotros frente a esa opción? No nosotros personas individuales. ¿Cómo se pararán las masas? Esa categoría tan elástica e indefinible. Llegaremos a ellas nosotros, con nuestra empobrecida organización capilar tan falta de atención y rumbo claro. Tan fatigada. O llegarán los medios en manos de la derecha que todos los días las envenenan con la promesa de un mundo feliz y sin burocracia. ¡Menuda cuestión! Que nos cae cundo más complicados estamos. Por un lado, todo este barrial de Ancap y, por el otro, el mismo fango de reproches, acusaciones mutuas de traición y fruición en revolver el pasado para buscar culpas y culpables. La carne podrida termina por envenenarlo todo. Y, compañeros, no se olviden, mañana es 20 de mayo, sábado de un nuevo fin de semana largo a causa del corrimiento del feriado del 18. No es faltarles a Michelini y Gutiérrez Ruiz, no es faltarles a los muertos y desaparecidos, es faltarle a nuestro compromiso con el futuro de nuestro país y del mundo. ¿Recuerdan? “Crece desde el pie”. ¡Nosotros somos el pie!
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