El Cerrito, donde las fuerzas blancas sitiaban la ciudad; y la Defensa, prácticamente la actual Ciudad Vieja, resguardada por sus pétreas murallas y con contacto directo con el mundo a través del puerto.
El partido colorado sostenía el sitio con un gran número de aliados: ingleses, franceses, unitarios argentinos y hasta una legión liderada nada menos que por Giuseppe Garibaldi. Miles de personas iban y venían por las minúsculas callejuelas de la Defensa. Una plétora de idiomas surcaban las calles y los rincones de la ciudad. Del otro lado de las murallas, los blancos y el Cerrito de la Victoria, el cuartel, el barrio de la Villa de la Restauración (La Unión), con sus calles, Gral. Artigas cortando al medio (actual 8 de Octubre) y el camino del Comercio (Calle Comercio), que culminaba en el improvisado puerto del gobierno blanco. El Cerrito y la Defensa eran dos países, con gobiernos, leyes y movimientos.
Pero en medio de la guerra, había tiempo para el comercio y los gustos. Se cuenta que la esposa de Oribe -Agustina Contucci, quien además era su sobrina- pidió una tregua y la consiguió para que se comprara un piano de Prusia en la Defensa, para animar las fiestas en el Cerrito.
Según el francés Adolphe Delacour, en su libro Le Río de la Plata: Buenos Ayres, Montevideo, de 1845, la Defensa tenía en tan solo siete cuadras, en 25 de Mayo entre Pérez Castellano y Juncal, 37 tiendas, comercios y negocios. A saber, farmacia, casa de pelucas, de teatro, peluquero, mueblería, sastre, maestros zapateros, sombrerero, grabador de metales, mayoristas, mercerías, más sastres, perfumería, librería, camisero, alta costura, lencería, contador, dibujante, talabartero, y una casa de zapatos en la esquina de Juncal. Sin contar los hoteles, dos espléndidas posadas, el Hotel de París, en 25 de Mayo entre Treinta y Tres e Ituzaingó, y el irónico Hotel de la Paix, en 25 de Mayo entre Zabala y Misiones.
Así, en medio de una guerra que duró de 1843 a 1851 y que dividió al país en dos, hubo tiempo para una tregua por un piano.