Entonces… ¿qué pasa cuando quedamos sumergidos en un medio en el que prevalece lo homogéneo, cuando vivimos en una cápsula habitada por iguales? Se pierde en riqueza y se gana en miedo. Las cápsulas, dice el diccionario, son envoltorios, membranas o coberturas. Cada cápsula deja fijo el vínculo entre iguales y a menos que no haya más remedio, como en situaciones de enfermedad que exijan cuidados específicos o en los de privación de libertad, a mi juicio no son para nada recomendables. La homogeneidad aumenta el miedo hacia el diferente, por eso las cápsulas, tanto las que se crean para atender a los más vulnerados como las que se crean para asegurar a los más privilegiados, vale decir en los dos extremos de la sociedad, son nefastas.
En la educación necesitamos alentar contactos entre las personas diferentes, particularmente entre los adolescentes, facilitando el flujo horizontal del intercambio. Necesitamos también contar con adultos disponibles, que tengan ganas de estar junto a los jóvenes y que estén formados porque las buenas intenciones son necesarias pero francamente insuficientes. Empecemos por allí, por generar adultos formados con fuerte impregnación cultural, que disfruten con los y las adolescentes, que les lleven nuevos mensajes y estimulen para que ellos/as se hagan preguntas, cuestionen, averigüen, se informen y resuelvan. Pero no formemos más cápsulas, por favor, y tampoco dejemos incambiado el diseño liceal. El liceo puede habilitar diversos recorridos y favorecer el intercambio propiciando el trabajo conjunto en algunos espacios. Combatir esta tradición de la educación media como una educación selectiva es uno de los grandes desafíos que tenemos por delante. Porque en el fondo, esta vocación de generar cápsulas también se expresa en un formato de institución de educación media de diseño inamovible y recorridos inflexibles que solo admite a los que cumplen con ciertas condiciones. El liceo debe ser el espacio para todos/as los y las jóvenes.