Nuestro sistema educativo descansa hoy en una decisión de carácter democrático: la educación deja de ser un privilegio para pocos para ser un derecho para todos. La cuestión es que secundaria tuvo y aún tiene que “pelearse” con su misión fundacional porque fue diseñada para seleccionar y hoy debe actuar en forma absolutamente opuesta a la que se había adjudicado en su génesis, con el agravante de que nada haya cambiado en su diseño, y allí radican gran parte de las dificultades que hoy padecemos y que explican que todos ingresan desde primaria, pero que muchos no logran permanecer y cerrar su ciclo secundario.
Si dibujáramos la silueta de la trayectoria de cada generación, nos quedaría un embudo. La realidad hoy es que casi cien por ciento de niños y jóvenes terminó la educación primaria y que sólo 75 por ciento logra cerrar el ciclo en educación media básica -puede haber variantes en algún punto porcentual según las edades de la cohorte que se elija seguir- y finalmente sólo 42-43 por ciento termina la educación media superior. La silueta de ese cono desnuda cuánto aún nos queda por hacer. Sin embargo, mucho se ha hecho y nunca se habla de la inmensa revolución silenciosa e intencionalmente silenciada que Uruguay viene implementando. Mucho ha cambiado en los últimos años. Solamente a modo de ejemplo, es importante recordar que 64 por ciento de los estudiantes egresaba en educación media básica en el año 2012 y 72 por ciento lo ha hecho en el 2017. Es una cifra que no nos satisface, pero que da cuenta de una evolución que, aunque moderada, es positiva y nada despreciable.
¿Qué nos queda por delante? Un nuevo diseño institucional, el desmantelamiento de las prácticas clásicas, la erradicación de la fantasía de que podemos enseñar lo mismo a todos, en la misma aula, en el mismo momento. Nos queda confirmar las discusiones de que todos y todas somos educables en una práctica real que ofrezca recorridos diversos para hacer de los liceos verdaderos escenarios de lo educativo. Es un camino que ya tiene algunas expresiones de inicio exitosas en algunas instituciones, pero que deberemos confirmar como modo institucional universal en el futuro para que la oportunidad no dependa de la suerte de haber encontrado un liceo que proponga estas modalidades habilitantes del trabajo.
Entonces, la nostalgia del pasado es la nostalgia de quienes quieren seguir pensando en la sociedad como una máquina de clasificar vidas. La nostalgia la tienen los que antes vivían entre iguales compartiendo privilegios, porque la educación secundaria nunca fue universal en Uruguay. No hubo un tiempo maravilloso en el que toda la población uruguaya cursaba y terminaba la educación media. Hubo un tiempo de privilegios, del que yo no tengo nostalgia y al que no quiero volver.