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MUDANZA SANGRIENTA

Palestina: un pueblo de pie

El presidente estadounidense, Donald Trump, trasladó la Embajada de ese país a Jerusalén, generando el rechazo del pueblo palestino al reconocer a esa ciudad como la capital del Estado de Israel. Las manifestaciones de repudio en la Franja de Gaza dejaron el saldo de 60 muertos y miles de heridos por las municiones letales de los israelíes.

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El lunes 14 de mayo, miles de palestinos se hicieron a la calle, protestando contra la decisión del gobierno estadounidense, liderado por Donald Trump, de trasladar la embajada en Tel Aviv al consulado en Jerusalén, reconociendo como capital de Israel a una ciudad en disputa. La desacertada medida de Trump se agrava al elegir para la inauguración un día antes de que los palestinos conmemoran su Nakba, o Día de la Catástrofe, que los condenó a ser ocupantes dentro de su propia tierra, ignorando el sentimiento no sólo de ese pueblo, sino, también, el de cristianos y musulmanes, que ven en Jerusalén un lugar sagrado. Horas previas, el ejército israelí había estado lanzando volantes desde el aire a la población palestina (porque ni el espacio aéreo se le respeta a ese pueblo), en los que se intimaba a la población a no manifestarse ni acercarse a la frontera. Por supuesto que eso nunca sucedió y miles de palestinos se acercaron a la Franja de Gaza a protestar. Tras la valla, el ejército israelí disparó con artillería letal. Los uniformados estaban acompañados de francotiradores y, como si fuera poco, decenas de bombas cayeron sobre gente desarmada o armada con hondas y alguna molotov. El saldo de los enfrentamientos fue de 60 muertos, ocho niños entre ellos, y más de 2.000 heridos. Todos palestinos, ninguno israelí.   Condena internacional     Ante la masacre, en la Organización de Naciones Unidas se convocó a una reunión urgente, la que comenzó con un minuto de silencio para honrar a los palestinos asesinados. Luego, escucharon las palabras del representante palestino ante ese organismo, Riad Mansur, quien consideró “escandaloso” que el Consejo de Seguridad no adopte medidas contra Israel: “Condenamos con los términos más enérgicos la odiosa masacre cometida por Israel en la Franja de Gaza. Pedimos el cese inmediato de la agresión militar contra nuestro pueblo y llamamos a realizar una investigación internacional independiente y transparente […] Ha llegado la hora de respetar el derecho internacional y de generar la atmósfera propicia para lograr una solución que garantice la prosperidad y la paz. Estados Unidos decidió hacer lo contrario y ponerse de parte de Israel, forzando y protegiendo su impunidad y rechazando la condena internacional y desaprovechando la oportunidad de poner fin a esta situación al no reconocer el derecho de los palestinos a su libertad e independencia”, afirmó Mansur, quien agregó que el gobierno de Trump “envalentonó” a su homólogo israelí, permitiendo “que justificara el asesinato a plena luz del día de civiles inocentes”, sostuvo. El único país que defendió la violación israelí fue Estados Unidos, cuya diplomática, Nikki Haley, dijo que Israel actuó “con moderación”, postura que nadie se atrevió a apoyar. En otro orden, Turquía expulsó al embajador israelí y el primer ministro de ese país, Banali Yildirim, expresó: “Invito a todos los grupos religiosos, a todos los políticos a hacer un corazón unido contra la tiranía. Los países musulmanes deben revisar sus vínculos con Israel”.   Hablando claro Mahmud Abbas, el mandatario palestino, anunció que su Estado le retirará el reconocimiento al Estado de Israel. Pero, con qué derecho podría hacerle eso. Hace años cubrí el Congreso Mundial contra el Racismo en Durban, Sudáfrica. A ese encuentro, que duró dos semanas y al que concurrieron miles de personas de todas partes del mundo, asistió un grupo de rabinos que se autodenominaban “rabinos auténticos”. Vestían largas togas, cabello largo enrulado y sombrero de ala ancha. En el pecho, a un lado, llevaban una insignia que constaba de la bandera de Israel atravesada por una línea roja. Iban a cuanta manifestación había contra el Estado de Israel y a favor del Estado de Palestina. Cuando les pregunté por qué hacían eso, su explicación fue más o menos esta: desde un punto de vista religioso, el pueblo judío no puede tener una tierra porque están condenados a la diáspora hasta la llegada del Mesías, “y que nosotros sepamos, el Mesías aún no llegó”, dijo uno de ellos. Pero aparte de eso, denunciaban al “movimiento sionista, que utiliza la religión para erigirse en un pueblo”. Explicaban que más de 80% de los judíos de Israel son descendientes de askenazis, o sea, de judíos europeos, por lo que esa no es su tierra, ya que están lejos del semita, pueblo que llegó a la Mesopotamia miles de años antes de Cristo y que formó parte del histórico pueblo hebreo. “Si lo que se quiere es buscar a los habitantes originarios de la tierra que hoy ocupa el Estado de Israel, esos genes los encontrará en los palestinos”, aseguraban, entre denuncia y denuncia contra “el sionismo que nos está enfrentando con la gente que son parte nuestra”. Por último, quiero dejar constancia de otro tema, algo que a la luz de los hechos puede resultar menor, pero no lo es: Israel, en un acto desesperado para frenar los documentos gráficos que recorrerían el mundo, no tuvo mejor idea que enviar drones con gas lacrimógeno para disuadir a los periodistas. Obviamente esos momentos también quedaron estampados para el repudio mundial.

Inmoralidad
Previo al reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, el presidente estadounidense Donald Trump hizo saber que recortaría las ayudas a los países que no apoyaran su decisión. Logró tres apoyos: Guatemala, Honduras y Paraguay, país que se abstuvo de votar a favor, pero ya expresó que mudará su embajada a Jerusalén.