¿Cómo podemos rearmar el juego social y combatir estas soledades? ¿Cómo reorganizar una dinámica social que permita el intercambio haciéndonos eco de la sabiduría de los pueblos antiguos? Es necesario armar un programa de intercambio intergeneracional para promover el reconocimiento de la diversidad y la integración de las perspectivas, capacidades y activos de las distintas generaciones favoreciendo el intercambio, el diálogo y la cooperación entre los diferentes grupos de edad.
La cohesión social no puede nacer de acciones ocasionales o fortuitas -aun con el valor que podemos reconocer que cada una de ellas y todas en su conjunto puedan tener-. Es necesario planificar, pensar cómo poner en vínculo a los niños y adolescentes con los más veteranos para promover el aprendizaje de modelos positivos y, sobre todo, insistir en el desarrollo de los rasgos humanizantes en una dinámica actual social que parece ponernos más en situación de máquinas programadas que de seres humanos con capacidades creativas y sensibilidades disponibles.
Unir en un mismo espacio a personas de diferentes generaciones y promover su interacción aporta unos beneficios desde muchísimos puntos de vista que pueden generar efectos inimaginables. Promover intercambios genera aprendizajes mutuos, que infunden vida a los mayores -muchas veces relegados, desestimados y temerosos en una sociedad que suele criminalizar a los jóvenes- y rompen estereotipos. La sociedad, por naturaleza, necesita de espacios intergeneracionales, pero el sistema no permite que nos crucemos en muchas ocasiones, sobre todo en las ciudades más grandes, con ritmos vertiginosos que ponen en riesgo lo esencial de lo humano.
También es necesario estar alertas y no engañarse. La mera coincidencia espacial no es garantía de interacción, intercambio y colaboración entre generaciones. La intergeneracionalidad constituye un medio y un objetivo en sí misma, alcanzable mediante medidas concretas, claramente planificadas; lo previsto debe dar lugar a lo natural e imprevisto, aunque parezca aparentemente contradictorio.
Así que me imagino una planificación específica en la que veteranos, niños y adolescentes sean convocados a compartir inquietudes intelectuales, a descubrir saberes, a tener espacios formativos juntos, o pienso en la existencia de ludotecas intergeneracionales, espacios de artes escénicas compartidos, un abanico de acciones artísticas y deportivas que convoquen a todos, donde unos puedan aprender de otros, sorprenderse, reír y disfrutar descubriendo el valor de cada uno, dando lo que cada uno tenga para aportar, fomentando la riqueza del relacionamiento.
Tengo la certeza de que la mejora de la vida en sociedad pasa por superar las situaciones de fragmentación y distanciamiento debido al debilitamiento de vínculos y por conseguir, con la apertura de espacios diferentes a los que tenemos hoy, una mayor cohesión social.
Silvio Rodríguez subraya dulcemente que “el sueño se hace a mano y sin permiso, arando el porvenir con viejos bueyes”. No esperemos más.