Para erradicar la melancolía manriqueña
Recuerdo que en tiempos en que era directora de liceo, me encontraba con frecuencia -mucha más de la deseada- con padres y madres que no querían o no podían hacerse cargo de sus hijos e hijas. Era un tiempo de mucha reflexión sobre estos temas, porque si bien la presencia de los adultos es importante durante la niñez, en la adolescencia es francamente imprescindible. Durante esa docena de años que pasé al frente del liceo, siempre les repetía a los profesores y adscriptos que no llamáramos a las familias sólo cuando había problemas, que tratáramos de construir un vínculo diferente en el que compartiéramos algo más que reclamos o reproches sobre conducta y calificaciones de nuestros estudiantes. Y lo hacía porque estoy convencida de que los reproches son sencillamente improductivos para todos y siempre pensé en la necesidad de gestar como adultos redes de sostén para que los más jóvenes se sientan orientados y seguros. Pero los esfuerzos, que fueron beneficiosos en muchos casos, no lograron ser lo suficientemente buenos como para erradicar la renuncia a comportarse como referentes que algunos adultos establecen con respecto a sus hijos. Recuerdo claramente cómo muchas veces tuve que tener una paciencia infinita -el escritor Enrique Barrios dice que la paciencia es la ciencia de la paz interior- para recordarles a algunos padres -que pretendían deslindarse achacando al liceo las responsabilidades que ellos no sabían o no querían asumir- que esos adolescentes serían alumnos míos un tiempo, pero hijos suyos toda la vida, por lo que en términos de interés y responsabilidades había una asimetría importante. Desde el liceo estábamos dispuestos a acompañar dando mensajes claros, corrigiendo y alentando, pero el grado de incidencia exclusivo de la institución educativa está limitado y la posibilidad de hacer acuerdos con el entorno adulto del estudiante es fundamental.