Será por todo esto que me conmovieron las palabras de Andy Hargreaves el lunes pasado, cuando en la conferencia que dictó aquí en Montevideo frente a unos 1.400 profesores insistió en estos aspectos del valor de lo educativo en la vida de las personas. Y me interesa especialmente señalar ciertas “manías” discursivas que él destituye con fuerza y mucha naturalidad. Pasamos muchas horas durante los primeros veinte años de nuestras vidas en las escuelas y los liceos para que la educación sea solo concebida como una “sala de espera” para el futuro, dice el autor. El tiempo de la educación es un tiempo valioso en sí mismo y si bien es cierto que la preparación para el futuro ocupa un lugar importante, no puede desconocerse la experiencia presente de cada niño/a o joven. La niñez y la adolescencia tienen valor en sí mismas como etapas claves de las personas porque la vida no está constituida solo por la madurez y la vejez. Es así que la educación y los educadores se tornan esenciales. Subyace en toda la propuesta de Hargreaves esa concepción de lo humano en el gesto de educar, por eso remite permanentemente a su biografía.
En Uruguay, y de cara a las próximas elecciones presidenciales, la educación está planteada representada por dos modelos opuestos que también tienen su correlato en esos escenarios educativos que son las instituciones y los vínculos que ellas habilitan u obturan. Uno de esos modelos apuesta a clasificar las vidas pensando en que a unos solo debe ofrecérseles la adquisición de ciertas condiciones mecánicas que les permitirán “trabajar” en el futuro, distinguiendo a las clases altas y bajas en cuanto a formación y expectativas. El otro es un proyecto emancipador que se sostiene desde el desarrollo humano de todos y todas, que invita a la adquisición de habilidades y saberes para fortalecer la vida y promover la diversidad, la convivencia, la aventura de crecer descubriendo talentos, la felicidad.
Si el presente del tiempo educativo es clave para el desarrollo, ¿cómo aceptar que la propuesta para los más vulnerados sea la expansión de los liceos militares porque son de bajo costo y dan buenos resultados? ¿Cuáles son esos resultados? La rigidez y el disciplinamiento, la homogeneidad en el comportamiento a fuerza de estrategias punitivas, ¿son lo que la sociedad uruguaya espera para sus jóvenes?
Podremos usar los mismos vocablos: educación, centros educativos, docentes, pero no hay que confundirse, las cargas conceptuales que les damos son opuestas porque mientras unos eligen la rigidez del disciplinamiento y la rigurosidad como modo de ordenar las vidas, los/las otras/os elegimos el paradigma de los derechos, la libertad, la emancipación, la búsqueda aventurera de intereses y su desarrollo.
Una sociedad integrada requiere el trabajo democrático de distribuirlo todo entre todas y todos y la educación pública fortalecida es uno de los escenarios principales. No será posible desde la cristalización de privilegios para unos y de “migajas” para otros. El presente nos reclama y el futuro nos espera.