Me cuenta entre risas que, al principio, cuando recién llegó al liceo, nadie sabía bien de qué se trataba su carrera ni cuál era el sentido de su presencia, al punto que la confundieron con una profesora de Educación Social y Cívica -una de las asignaturas del currículum de tercer año-, e intentaban explicarle en forma insistente que las horas de clase ya estaban cubiertas, que ya había una ‘profe’ que enseñaba esta asignatura. Dueña de una profunda sagacidad, sabe cuánto ilustra este relato de su inicio en el liceo acerca de la aparición de una figura no esperada en un ámbito de regulación exhaustiva. Ella sabe muy bien que esa rigidez institucional es la que impide que nuevas cosas pasen, que el mundo se inunde de creación, que se erradiquen los automatismos.
La charla que tengo con Fabiana es muy amena. Ella es vertiginosa en su relato, quizás por esa razón es portadora de tanta fuerza cuando actúa. En el devenir de este encuentro surge la biografía, los datos de lo personal que explican por qué uno se dedica a esta tarea, por qué elige la escuela o el liceo –instituciones que son de tránsito acotado para la mayoría de las personas- para permanecer el resto de la vida.
La reflexión es interesante, Fabiana me cuenta que en tiempos de su adolescencia el liceo le costó mucho, que “no podía con el liceo”, que era candidata permanente a la “prueba de dudosos”, esa prueba que algunos profes ponen a fin de año cuando sienten dudas acerca de dar o no la promoción en la asignatura. Lo cuenta con cierta congoja en su mirada provocada por el recuerdo pero sustituida inmediatamente por la certeza de la superación de ese tiempo pasado. Esta historia, “su” historia, seguramente se configura como un experiencia que la pone en un lugar de sensibilidad para comprender a sus alumnos/as. Este antecedente de “mala” estudiante, sin embargo, no fue un impedimento para que hiciera con rapidez y excelentes resultados la carrera de maestra y tampoco fue obstáculo para su segunda carrera de educadora social que ya está terminando. Es interesante pensar este dato a la luz de las “etiquetas” que a veces le ponemos a nuestros estudiantes en algunos momentos de su vida estudiantil. Hay algunos formatos y algunas instituciones que son invalidantes para el desarrollo de ciertas personas, por eso es necesario pensar en una oferta variada y plural donde cada uno pueda explorar sus posibilidades entendiendo que no es cierto que hay un modo único de aprender ni un modelo de funcionamiento válido para todos/as.
“Acá -refiriéndose al liceo- es muy difícil. Hay que venir y aguantar”, me dice. “Los estudiantes transitan por un sinfín de intereses a lo largo de la semana y esos intereses no pueden ser respondidos por un esquema rígido como el del liceo donde siempre se sabe lo que va a pasar”. La invitación es a dejar de lado un poquito lo curricular, que por otra parte nunca va a desaparecer, me dice Fabiana, porque “lo curricular es nuestra caja de herramientas” pero pongamos foco en lo humano, en despertar la emoción de aprender, en provocar las ganas de saber. El ejercicio fundamental es pensar cómo nos hubiera gustado ser educados para pensar y ofrecer la educación a los/las otros/as. De cierto modo, es hacer del Cronos un Kairós, reenamorarnos de la profesión docente y provocar el deseo de explorar, de indagar, de saber, hacer que “cosas” nuevas pasen, generar asombro. Por allí, vamos o deberíamos ir hilando la vida.