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La matanza

Salsipuedes

Por Leonardo Borges.

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“Los hombres llevaban las manos atadas atrás; las mujeres llevaban a los niños más pequeños sobre la espalda y a los mayores de la mano. Los primeros iban en su mayor parte desnudos, a excepción de un trozo de piel que llevaban atada al cuerpo y que caía desde la cintura”. Así llegaba el terrible desfile de sobrevivientes de la matanza que la historia uruguaya nunca pudo explicar. Un extranjero, quizás con otra sensibilidad, desde Suecia había surcado los mares hasta llegar a Montevideo y aquí, por su ventana, observaba la triste procesión. No podía menos que escribir unas líneas al respecto. “Eran desaseados en el más alto grado, a tal punto que en las calles por donde desfilaban el aire estaba impregnado de un hedor penetrante. Poco después de su llegada a esta ciudad, fueron metidos como animales en su corral y allí se tiraron al suelo”. El teniente de Marina A.G. Oxchfvud de la Marina sueca describió así la llegada de los indígenas cautivos a Montevideo. Llegaron como animales y se convirtieron en servidumbre de Montevideo, prácticamente en mano de obra esclava, en un recién parido país que, de derecho, no aceptaba el tráfico de esclavos. Partieron desde las costas del río Negro el 19 de abril de 1831, temprano a la mañana, cuando clareaba el sol salieron; mujeres, niños y ancianos marchaban como penando. Vadearon arroyos, atravesaron caminos precarios e intransitables y llegaron a Santa Lucía diez días después. Renzo Pi Hugarte calcula un promedio de 20 kilómetros diarios, caminando y llorando por los muertos de Salsipuedes. Faltando poco para llegar a Montevideo, los escoltas obligaron a apretar el paso, y así, el 1º de mayo llegaron a la capital. Caminaron en perversa procesión más de 250 kilómetros a campo traviesa. Julián Laguna iba a la cabeza del desfile. Las generaciones subsiguientes fueron siendo aculturadas casi totalmente, no generando prácticamente sincretismos. Si bien no fueron todos los charrúas asesinados, sí lo fue tristemente su cultura. Arribaron a la capital, donde el sueco observaba aquella retorcida peregrinación desde su ventana y escribía sus palabras al respecto. Otra sensibilidad timoneaba aquellas mentes, otra cultura delimitaba sus caminos. Pero faltaba un poco más. ¿Qué harían con ellos? José Ellauri, impecable constituyente de otrora, reglamentó el reparto de indios. Pues eso fue lo que sucedió, los racionaron entre los vecinos. “A nadie se dará más de uno, pero al que le corresponda chicuelo o indio joven sin hijo de pecho, será obligado a llevar una de las indias viejas, que son pocas”. Otro grupo de prisioneros fue llevado a Francia. El cacique Ramón de Mataojo fue entregado a un marino francés y finalmente murió en alta mar. Otro grupo fue vendido al buhonero francés François de Curel, quien los exhibió en una feria, especie de circo, como divertimento barato. A Curel se le entregaron cuatro indígenas, especialmente recomendados por el jefe de Policía de Montevideo, quien creyó necesario regalarlos, dado los perjuicios que estos traían. “Considerando cuán perjudiciales son al país los indios charrúas por sus malos hábitos e inaplicación al trabajo, juzgo que sería un beneficio permitir a don Francisco Curel que lleve a Francia el número que desea”. Escribía el jefe en 1832. Viajaron encerrados en una jaula de hierro, en la bodega del buque Faeton, prácticamente como animales salvajes. Senaqué pisaba en aquel tiempo los 56 años, era un chamán de tribu, un hombre de medicina. Vaimaca Perú, de 55 años, era sobre todo un guerrero, quien había luchado, en otros tiempos, codo a codo junto a José Artigas. Micaela Guyunusa, una joven embarazada, presumiblemente de Tacuabé, un guerrero joven. A lo largo y ancho de Europa, se escuchaban los ecos de las historias sobre los salvajes del Nuevo Mundo que llegaban a París. Los indios capturados fueron apagándose con el tiempo, hasta que murieron en tierras francesas. Vaimaca Perú, Senaqué y Guyunusa perecieron, pero Tacuabé se escapó con su pequeña hija Igualdad (fruto de su relación con Guyunusa). Tomó entre sus brazos a su pequeña, aquella que había nacido a la luz de una vela y que él mismo había recibido, aquella ventosa noche del 20 de setiembre. Miró alrededor y no vio a nadie, dio unos pasos y finalmente ganó la calle, allí echó a correr desesperadamente y desapareció entre las oscuras callejuelas francesas. Nadie más supo del “salvaje” del otro lado del Atlántico, que desapareció en Francia. La matanza de Salsipuedes es uno de los hechos históricos más embarazosos y difíciles de digerir por los historiadores y mucho más por la gente en general. No es cuestión de hacer juicios anacrónicos ni mucho menos justificaciones de ese tipo; pues, de hecho, fue una matanza. Terrible matanza. Cuarenta indígenas perdieron su vida aquel fatídico 11 de abril de 1831 según las fuentes oficiales, otros tantos seguramente en la verdad. Trescientos fueron hechos prisioneros, otros tantos escaparon y fueron persistentemente perseguidos. ¿En qué condiciones fueron ultimados? Habían sido convocados por el mismísimo presidente, Fructuoso Rivera, don Frutos, que a su vez era hombre de confianza de estos. El término muchas veces utilizado con celeridad es “genocidio”. Término más moderno, o sea extemporáneo para aquellos tiempos y relacionado casi naturalmente con la Segunda Guerra Mundial o el genocidio armenio de principios del siglo XX. El número quizás no demuestre nada, 40 o 40.000; tanto menos cuando el número total de charrúas era mucho menor que el de otros pueblos indígenas. Los charrúas eran de corto número como etnia, pequeñas tribus desperdigadas aquí y allá; sumémosle la llegada del europeo, que generó masivas persecuciones previas a la de Rivera. Lo cierto es que desde filas coloradas se intenta minimizar lo sucedido en 1831 y 1832, mientras que desde otros colectivos, tanto políticos como sociales, se demoniza la figura de Rivera. Vale decir que en aquellos tiempos, bárbaros y violentos, los charrúas no gozaban de la mejor publicidad entre unos y otros. Nada menos que Juan Antonio Lavalleja, el 24 de febrero de 1830, siendo ministro de José Rondeau, le acercó algunos consejos a don Frutos, comandante general de Armas: “Por el adjunto parte que en copia autorizada se acompaña, se ha impuesto al Sr. Gral. de los excesos cometidos por los charrúas. Para contenerlos en adelante y reducirlos a un estado de orden, y al mismo tiempo escarmentarlos, se hace necesario que el Sr. Gral. tome las providencias más activas y eficaces, consultando de este modo la seguridad del vecindario y la garantía de sus propiedades”. Esos malvados contra los que despotrica Lavalleja son nada más y nada menos que los nativos de estas tierras; y la pronta conclusión que menciona fue poco después terriblemente ejecutada. La guerra de los charrúas en la Banda Oriental, bautizó Eduardo Acosta y Lara a estos terribles episodios en su extenso libro homónimo. Una guerra poco elegante, si es que ese adjetivo existe en relación a esta palabra. Una serie de persecuciones, asesinatos, arrestos, torturas, en definitiva, terror. El presidente citó a los caciques más importantes en el potrero de Salsipuedes, un arroyo hijo del río Negro. Los indígenas confiaban en el caudillo al que habían acompañado, algunos de ellos más de una vez. Uno de los caciques sospechó; algo andaba mal. Pero pocos lo atendieron. Era Rivera quien lo citaba, era don Frutos… y allí acudieron. El ardid estaba planteado; supuestamente el Ejército necesitaba de ellos para defender las fronteras; desde Durazno, Rivera instaba a Julián Laguna a que “emplee todo su tino y destreza para hacer entender a los caciques que el Ejército necesita de ellos para ir a guardar las fronteras del Estado”. Una carta desnuda la trama, en este caso, otra carta de Rivera a Julián Laguna fechada menos de un mes antes de la tragedia, en la que el presidente deja en claro sus intenciones. Primero, mandándole a prevenir a los indios de su llegada, pero, además, “infundiendo la mayor confianza a aquellos y asegurándoles la buena disposición y amistad del presidente hacia ellos”. Llegó entonces el día indicado. De pronto llegó el presidente y algunos hombres; llegaron los indios, sus mujeres y sus niños. Los esperaba un festín, repleto de comida y bebida, principalmente bebida. Estaban de pronto festejando su amistad. En el momento menos esperado se desató la masacre, tras la señal inequívoca del presidente. Mil doscientos hombres armados y preparados, escondidos para la ocasión, cumplieron sus órdenes. Cuenta A.G. Oxchfvud: “Tan pronto el efecto de la bebida se advirtió entre los indios, y cuando ya muchos de ellos se encontraban dormidos, las tropas de Rivera con todo secreto rodearon a los indios y con sables y bayonetas atacaron a los indefensos indios, matando hombres, mujeres y niños. Muy caro vendieron sus vidas los caciques y muchos de los indios”. Rivera se dirigió a Venado, uno de los caciques: “Empréstame tu cuchillo para picar tabaco”, le requirió. Al haberlo desarmado, el presidente sacó su pistola y abrió fuego contra el indio. De esa manera comenzó Salsipuedes. En pocos instantes quedaron sobre la gramilla los cuerpos de 40 indios y un soldado, Maximiliano Obes, hijo nada menos que de Lucas Obes, de tan solo 20 años de edad. José Lucas Obes fue, irónicamente, uno de los autores intelectuales de estas operaciones, en las que falleció uno de sus hijos. A pesar de este dato, de este muerto, el teniente primero de la Marina Real Sueca narra otras historias de otras muertes aquel día: “Uno de los caciques que había adoptado el nombre de Rondeau, tomado del exgobernador de Montevideo, llegó a formar como una trinchera con los cadáveres de sus enemigos, y ya habían sucumbido más de 15 soldados a su lanza cuando se desplomó entre ellos, cubierto de sangre y heridas”. Tan grandes como sangrientos los preparativos, llevaron a ejecutar los planes de exterminio. Detrás de esta matanza existía, como reflexiona Renzo Pi Hugarte, un aspecto ideológico que trasciende a Rivera y sus aliados. Pi Hugarte plantea que es claro “el afán deliberado de los blancos por obligar a los indios a abandonar su estilo de vida errante y sus actividades depredatorias, tanto más manifiesto cuanto mayor era la ocupación y control de los territorios interiores y su vinculación al sistema de economía mercantil propio de los centros urbanos”. Esta ideología del exterminio se fue gestando desde la época colonial y está íntimamente relacionada con una lucha cuasi civilizatoria, con los consiguientes relieves económicos. La respuesta fue terminante y bárbara, la violencia terminó por perseguir a los naturales. Excesivamente sincero, Rivera, en carta a Juan María Pérez, fechada el 13 de abril de 1831, se felicita por la faena de Salsipuedes, tanto como felicita a sus hombres. Sobran las palabras: “Mi estimado amigo: Ya Ud. sabrá por los partes dados al gobierno que el resultado sobre la horda de salvajes que tanto han afligido a nuestro país ha correspondido al empeño con que se les ha perseguido, hasta lograr su total exterminio y de lo que nos debemos felicitar. Fructuoso Rivera”. Así culminaba la matanza de Salsipuedes. Como en una especie de tragedia griega, se cuenta que Vaimaca Perú, en medio de aquel infierno, mirando a los ojos a su viejo amigo, sentenció: “Mira, Frutos matando a los hermanos”.  

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