Sin lugar a dudas, el robot es muy llamativo como provocador de la participación, pero desde el punto de vista pedagógico lo fascinante es el problema. ¿Cómo definen y resuelven el problema? ¿Cómo llegan a adquirir los conocimientos que no tienen aún para lograr la resolución? ¿A quiénes recurrir para hacerlo? ¿Cómo ordenar y aplicar la información? ¿Cómo elegir a los cinco que representan al equipo frente al grupo que colabora en diversas áreas?
Saber resolver problemas, integrar un equipo en el que hay responsabilidades definidas pero no nos exonera de conocer toda la propuesta, instalar la modalidad colaborativa y aprender a pensar desagregando partes del problema mayor para ir resolviéndolos en porciones que luego nos llevan a la definición final son parte de las habilidades que se ponen en juego en este tipo de propuestas; son aprendizajes y habilidades para la vida que se hacen imprescindibles para prepararse y vivir en el mundo actual.
La experiencia de participar en los eventos previos y en el propio mundial es, de suyo, formativa. Y esto no solo lo digo porque supone prepararse con seriedad y prever obstáculos que siempre surgen frente a cada presentación. Es que además cada evento supone el compromiso de muchos más actores que los cinco jóvenes y su profe, pero además se configura en una oportunidad de entrar en contacto con otros equipos, de conocer otros modos de pensar y sorprendernos porque frente a problemas similares las resoluciones son bien distintas, de intercambiar también desde lo cultural, de aprender en vínculo con los otros/as.
El sábado viví parte de la fiesta. Me conmovieron los profes y sus alumnos circulando con una alegría inusitada por el espacio de nuestro Antel Arena vistiendo algunos sus trajes típicos, como las estudiantes colombianas, que mostraban con orgullo sus amplias faldas llaneras pintadas a mano por los indígenas de la región, o los graciosos sombreros con forma de gallina de los franceses, o los coloridos pañuelos que lucían en sus cabezas los integrantes de la delegación brasileña. Me enamoré de cómo se puede usar un espacio bien distribuido con fines diversos, porque mientras unos hacían cumplir a sus robots en el escenario las misiones obligadas, otros jugaban o bailaban en las esquinas de la inmensa cancha conociendo tradiciones y canciones de la mano de jóvenes de otros países.
El mundo es amplio y ancho, variado y rico y es necesario que en este siglo XXI demos el paso. El conocimiento no requiere más de los acartonamientos de antaño. Aprender supone disfrutar, gozar de la ocasión del encuentro, pensar con otros, desafiarse y así crecer en un mundo que reclama que podamos abordar los problemas con cabezas disponibles hacia el pensamiento, sumando nuestras ideas a las de los otros, porque en definitiva el saber, al igual que el amor, es de los pocos bienes de este mundo que crecen a medida que se los comparte.
A Plan Ceibal, salud. El camino está marcado. Algunos/as, obstinados/as en lo antiguo, deberán claudicar.