El machismo remonta su cara más dura, provocando abusos y femicidios, y la Iglesia se preocupa más por señalar que el aborto no es un derecho que por corregir su vida interna, hasta hace un tiempo secreta, inaceptable e indignante expresada en el ejercicio de la pedofilia.
Las bocas se desbocan, se juzga y desmerece a compañeras por parte de quienes creímos referentes defensores de la agenda de derechos.
Así vamos cerrando el año… se avecinan temores, se sostienen deseos.
Se vislumbran militares y religiosos que ocupan escaños en el Parlamento, sitios que aprovecharán para provocar un clima social reinstalador del discurso del desprecio al diferente, a las identidades disidentes, cargado de aporofobia generadora de la segregación humana. Llegó el conservadurismo disfrazado de orden natural, desatando la campaña de saturación mediática con la intención de impactar con más fuerza en los más desprotegidos también culturalmente, crédulos que siguen a quienes los subordinarán sin miramientos.
Sin embargo, conservo un destello de optimismo porque no han muerto los deseos en relación a un mundo de iguales. Dice Eduardo Galeano que “después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en el espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana”. Quizás recorrer la ruta del espejo marcha atrás, retomar el camino para no aceptar de modo alguno la injusticia, sea la tarea inclaudicable para vivir la ilusión de un año que comienza.