Compramos con la voracidad de un mundo que parece acabarse, compramos objetos, comida, luces, árboles de navidad y cualquier cosa que se ofrezca, y quedamos sumergidos en la burbuja de nuestro entorno, perdiendo la perspectiva general. En otras latitudes, hay otros vértigos, otros apuros por llegar a otros lugares, otras necesidades básicas esenciales que no pueden cubrirse y que llevan desesperadamente a «correr» para salvar la vida. Las fronteras del mundo que hemos construido son barreras que seleccionan las vidas, muros reales o invisibles a simple vista, pero siempre muros, y el mar Mediterráneo y otros tantos cursos de agua, nuevos cementerios de almas y cuerpos que pujan por salvarse, que defienden el derecho a tener futuro.
Desde Arusha, una ciudad al norte de Tanzania, clama Fernanda, una jovencita voluntaria uruguaya, por ayuda y medicamentos para un orfanato en el que hay cien niños contagiados de sarna, el «enemigo invencible» de acuerdo a sus propias palabras, una enfermedad naturalizada a fuerza de persistencia, falta de atención médica y condiciones de hacinamiento. Desde el Mediterráneo, claman con la misma fuerza las organizaciones que pujan contra los gobiernos para salvar a quienes desesperadamente se vuelcan al agua en pateras precarias para lograr llegar a tierras donde tener otra vida.
Otra joven, la escritora somalí Warsan Shire, hace poesía desde las desgarradoras vivencias de quienes deben abandonar sus hogares: «Nadie abandona su hogar a menos que el hogar sea la boca de un tiburón…», «nadie pone a sus hijos en un barco a menos que el agua sea más segura que la tierra […] nadie pasa días y noches en el estómago de un camión alimentándose de periódicos a menos que las millas recorridas signifiquen algo más que el trayecto», «ninguna piel sería lo suficientemente dura, el váyanse a casa, negros, refugiados, sucios inmigrantes, solicitantes de asilo, dejando secos nuestros países, negratas con sus manos mendigas, huelen raro, salvajes, arruinaron sus países y ahora quieren arruinar el nuestro».
Mientras nosotros recorremos tiendas y puestos de feria, imposibilitados de mirar hacia los costados donde la necesidad del vecino muchas veces se hace presente, otros aún en una situación más dolorosa y deshumanizada nos invitan al dolor de entender que «nadie abandonaría su hogar a menos que el hogar te persiguiese hasta la orilla, a menos que el hogar te diga que aceleres tus piernas, dejes tu ropa atrás, te arrastres por el desierto, atravieses océanos, te ahogues, te salves, estés hambriento, mendigues, olvida el orgullo, la supervivencia es más importante».
Ojalá que más allá de creencias y convicciones religiosas, esta Navidad nos encuentre alertas y fuertes frente al discurso y la práctica del odio y la intolerancia, abrazados y comprometidos, movilizados en forma irrenunciable en defensa de los Derechos Humanos. Que no te confundan los que quieren hacernos creer que los derechos son un invento «progre» y que estar desvalido o ser pobre es una opción asociada a la holgazanería. Que no te confundan y que en esta Navidad iniciemos la tarea indispensable de desterrar la indiferencia, la precariedad y la clandestinidad para dar lugar a la vida entre iguales.