De los que se quedaban, subieron a bordo Diego Achard e Hipólito Solari Irygoyen. Diego era ya su secretario. Hipólito, tras estar desaparecido, había compartido el exilio en Europa y se habían hecho muy amigos. Raúl Vallarino y el capitán de marina mercante Sixto Rojas nos llevaron al puente de mando, a la intemperie y frente a la multitud, que empezó a cantar: “Vamos a volver al Uruguay, para que vean que este pueblo no cambia de ideas, sigue la bandera de la libertad”.
Veía a papá muy emocionado. De a poco el barco se empezó a mover. La gente seguía cantando y festejando. Me dijo: “Mientras se oiga, nos quedamos”. Pasamos frente a la flota de Alíscafos (lanchas de pasajeros para viajar a Colonia). De repente se desplegó un enorme pasacalle: “Buen viaje, Wilson”. Una voz gritó: “Que Dios te bendiga, Wilson”.
A pesar del frío, nos quedamos hasta que las voces se apagaron. Ahí me dijo: “Vamos, Juan”. Entendí mucho más que lo que decían las palabras. Entrábamos por fin al barco. La cena fue una gran fiesta. Hubo alguna presencia incómoda, pero era hora de mirar por lo alto. El canto y la guitarra siguieron a la cena.
Hicimos migración a bordo. Usé mi pasaporte cancelado (IV-28), que me fue retenido. Le di a mamá los títulos de viaje de refugiado, el primero de Panamá, el de exiliado en EEUU y el pasaporte de ciudadano legal boliviano. Los tomó con una sonrisa y me dijo: “Tranquilo, este tesoro no me los sacan”.
Pasaríamos la noche en el barco. Pero ¿dónde estaríamos la noche siguiente? Todo era incertidumbre. Queríamos descansar porque fuera lo que fuera que nos deparara el destino, cuanto más descansados, mejor. Estaría agotado. No me costó quedarme dormido.
Nos despartamos al alba. Aún se sentían voces de los cantos. Ya sabíamos que no alcanzaban los camarotes, pero muchos que los tenían no los usaron. Se veía una inmensa niebla. El desayuno a bordo fue en clave de festejo, pero ya era distinto, empezaba a contagiarse el temor que da la incertidumbre.
Al despejarse el cielo, vimos el despliegue de toda la flota de la Armada Nacional. Desde el destructor Artigas a gomones con hombres rana. Empieza la última conferencia de prensa. Wilson me pide que empiece. Luego él y su humor descontracturante: “Viajo acompañado de mi señora, mis hijos y nietos. Por lo que pude divisar, hay un promedio de un destructor por integrante de la familia, tiene sentido”.
Desde la lejana costa, la gente hacía señales con espejos y luces.
Comenzaron los vuelos de la Fuerza Aérea al ras. La lancha P-70 de Prefectura se aproxima. Aborda el barco y pasa, de la lancha al vapor, un oficial que se veía de alto rango y otros oficiales, dispuestos a tomar control de un pacífico barco de pasajeros.
Una vez en el puerto, nos llevaron a sendos helicópteros con distinto destino. Me abrazó, con rabia porque creíamos que iríamos juntos, pero con fuerza. Solo me dijo: “Llegamos, viejo”.