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Columnas de opinión | izquierda | Uruguay |

Avances

5 claves sobre la evolución de la izquierda uruguaya

El desembarco de la izquierda en el gobierno nacional en el año 2005 trajo aparejado un conjunto de desafíos.

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La izquierda uruguaya tenía registros de mucho valor antes de la Segunda Guerra Mundial. Socialistas, anarquistas y comunistas eran referencias singulares en el debate político pero sin incidencia electoral. Con la guerra y el “reparto del mundo” en dos bloques, la izquierda comienza a reacomodarse, alineándose con más o menos vigor a las políticas de la URSS.

La democracia era un valor a preservar pero la insurrección, la vía armada y los frentes populares estaban en la agenda. La guerra civil española caló hondo en Uruguay con un frente popular encabezando un gobierno de la república que fue arrasado por Franco. Por otro lado –por encima de marxistas-leninistas, trotskistas y maoístas–, asomaba la “cuestión nacional”. Allí operó la reflexión de Vivián Trías y de Rodney Arismendi, quien le dio al comunismo uruguayo su singularidad nacional. En ese marco de “Guerra Fría” y erosión de las economías nacionales, surge la Revolución Cubana y allí las cartas comienzan a barajarse de otra manera. Impacta de diversas maneras en Uruguay. Quizás uno de los elementos más importantes es que la revolución de Fidel Castro parecía estar diciendo que no era posible hacer cambios mediante los resortes de la democracia liberal. Ernesto “Che” Guevara advirtió que Uruguay era diferente y que había espacio para crecer y gobernar en la “democracia burguesa”. Pese a esa advertencia, el discurso antisistema y contra la “democracia liberal” se instaló rápidamente con la misma velocidad que caía la economía, aumentaba la violencia y se desvanecían las garantías liberales. La opción armada fue una herramienta a desarrollar para parte de algún segmento de la izquierda. En ese escenario irrumpen los militares y, apoyados por sectores de la economía concentrada –las finanzas, el agro y la industria–, tiraron abajo la democracia. Los militares dijeron en un libro: Hay “exceso” de democracia. Fue otra opción armada de aquellos años para dirimir diferencias que no se pudieron superar en los ámbitos democráticos.

LA TRANSICIÓN Y EL MURO

En apenas 5 años, la izquierda uruguaya sufrió fuertes conmociones. En el plano internacional –sin dudas lo más relevante y conmovedor– fue la disolución de la URSS. Desde 1990 a 1995, la izquierda tuvo que vivir con el arribo al gobierno de Montevideo, al tiempo que se caía el muro de Berlín. O sea: las certezas de antaño se hicieron polvo contra las veredas berlinesas. Pero no solamente golpeó a los comunistas. El golpe afectó a todo el universo de las izquierdas. Y la democracia, por ejemplo, adquirió otra relevancia. En los años 60 y 70, los comunistas convivían en democracia pero no muy comprometidos con ella. Usaban ese espacio para incidir y crecer. Entre los años 85 y 95, la democracia adquiere otro valor. La reconquista democrática desde 1985 había abierto serias discusiones en la izquierda en donde claramente persistían algunos elementos atávicos de las décadas del 60 y 70 o estaban en tela de juicio. La dictadura había hecho su trabajo y la izquierda revalorizó la democracia y las instituciones liberales y burguesas. Para el MLN eran tiempos de conmoción. La democracia, el debate público, su incorporación al Frente Amplio, la lucha armada (¿seguía vigente?) estaba en la agenda urgente de los tupamaros. En esos años se expresaron distintas corrientes en su seno. Alguna vinculada a la mirada militarista (Adolfo Garcé lo cuenta en el libro “Donde hubo fuego”), y otras con tono más político, empujando la construcción de un Frente Grande que excediera al Frente Amplio. Raúl Sendic se había manifestado en el sentido de defender lo conquistado. Finalmente triunfó esta última opción –liderada por José Mujica y Eleuterio F. Huidobro– y lentamente se constituyeron en el MPP, alcanzando Mujica un fenómeno comunicacional de enorme impacto en la política uruguaya. Como los comunistas, los tupamaros revalorizaron la democracia y todo el paquete que ello conlleva: democracia burguesa, libertades formales y valores republicanos.

LA CONVIVENCIA DEMOCRÁTICA

¿Cómo somos? ¿En qué creemos? ¿Cómo nos identificamos? Resulta interesante observar el trabajo realizado por la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (2018) sobre valores y creencias de los uruguayos. Allí se anota que uno de los rasgos del Uruguay es su “tolerancia”. Véase que en el año 1996, la “tolerancia” era respondida por el 70 % de los encuestados y casi 20 años después esa cifra trepa al 82 %.

¿Cómo se refleja esa “tolerancia”? El mismo informe responde la pregunta: “Más allá de la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario como el gran hito que es, la ciudadanía uruguaya parece haber hecho un proceso de cambio hacia la aceptación primero y hacia la incorporación o naturalización de la diversidad sexual luego, como parte de la historia de vida de cualquier persona”. En el pasado mes de agosto, la consultora Equipos difundió una encuesta sobre autoidentificación ideológica en el Uruguay. El estudio muestra que el “aroma” del centro suma 72 % del electorado, un elocuente dato de esa sociedad que el sociólogo uruguayo Real de Azúa llamó “amortiguadora”: amplias capas medias que ofician de algodón entre dos cristales. Esos datos completan lo que llamó “polarización amable”.

Pablo Da Silveira, siendo ministro de Educación y Cultura de este Gobierno, declaró a dos periodistas argentinas: “La fragilidad, la vulnerabilidad con que nació el país nos obligó a ser cuidadosos de las normas y las reglas de juego, a no llevar los conflictos demasiado lejos para no fracasar.” El fallecido líder de izquierda Danilo Astori, jefe del equipo económico del Frente Amplio durante los 15 años de gobierno, dijo alguna vez: “Hay discursos radicales que no llegan ni a cambios moderados, y hay discursos moderados que producen cambios radicales”.

EJERCICIO DE GOBERNAR. EL RIESGO DE LA “CARTELIZACIÓN”

El desembarco de la izquierda en el gobierno nacional en el año 2005 trajo aparejado un conjunto de desafíos. Pero no fue un arribo abrupto. La cultura de gobierno de la izquierda la estaba ejercitando desde que llegó al Gobierno municipal de Montevideo, en 1990. De ese laboratorio surgieron las ideas, las percepciones y los cuadros políticos que luego adquirieron relevancia nacional desde 2005. El tono general fue: dar garantías de un cambio sustancial en algunas políticas, pero cuidando equilibrios fiscales y políticos. La relevancia de las reformas estaban directamente vinculadas con un asunto clave: la certeza, la garantía y los valores de un equipo económico que permitió la ejecución de reformas sociales clave, como la tributaria o el Sistema Nacional Integrado de Salud. Hace pocos días, Pedro Bordaberry escribió en el diario “El País” que no hubo sacudones importantes entre partidos de izquierda y derecha o centroderecha en la conducción de la cosa pública. En verdad las hubo. La reforma tributaria y, por ejemplo, las garantías de Seguro de Depósito en el sistema financiero y la negociación colectiva, entre otras, la derecha o la centroderecha no lo hubieran llevado a cabo. Lo interesante es que este Gobierno ni las tocó. Lo que emparenta a ambos bloques de sensibilidades es el equilibrio fiscal y el control de la inflación. En ambos casos, hay una conducta de Estado que trasciende los partidos. No obstante, cabe señalar que hay un elemento muy importante que este Gobierno no está considerando: el tipo de cambio. Hay un importante atraso cambiario. Mario Bergara es el autor del concepto de los “platitos chinos”. Esto quiere decir que hay un conjunto de indicadores y valores que deben estar en equilibrio, sin que se caiga ninguno. El atraso cambiario vigente dice claramente que ese platillo se cayó y esa es una diferencia sustantiva entre los bloques.

Por otro lado, hay una tonalidad política que parece “igualar” a los dos bloques políticos. Son percepciones. Ni la derecha o centroderecha incursionan en conductas radicales neoliberales ni la izquierda se mete con cuestiones que generan rispideces en el tono nacional asumido socialmente. De cualquier manera, ese “igualamiento” provoca algunos problemas: esa suerte de “cartelización” política puede comenzar a no ser comprendida en el consenso social y que surjan así nuevos partidos que interpreten insatisfacciones o fatigas. Lo que ocurre en Europa y Argentina –por ejemplo– son buenos ejemplos de expresiones nuevas de la política que surgen del cansancio frente a las ofertas electorales tradicionales o el agotamiento de las propuestas de la socialdemocracia o las derechas institucionalizadas. En reciente entrevista en el diario “La Tercera” de Chile, Adam Przeworski –politólogo polaco que vive en EEUU– dijo que la izquierda en el mundo abandonó la tarea de evangelizar en valores y solo persigue el objetivo de ganar elecciones. “Yo creo que con esto ya terminas, porque si el criterio de la política es no perder, sino ganar la próxima elección, ya estás cerrando muchos horizontes. Una renovación de izquierda tiene que ser mucho más profunda, y quizás al costo de perder algunas elecciones. Yo creo que la izquierda abdicó de su papel educativo, de su papel de tratar de convencer a la gente sobre valores básicos, y están jugando este pequeño juego. Yo no soy muy optimista”, comentó.

LA GARANTÍA LIBERAL

La lógica de los hechos políticos en los últimos años –con la deriva de la derecha hacia el cuestionamiento a instituciones de la democracia liberal– desliza los ejes y obliga a la izquierda a defender las libertades liberales, los valores, las formas y los tonos de convivencia democrática. Si bien en Uruguay, la derecha y la centroderecha no incursionan en los comportamientos de las “nuevas derechas” –no son disruptivas, no poseen discursos enfurecidos y antisistema–, hay algunas señales en esa dirección. Es el caso de los cuestionamientos permanentes de algunos legisladores blancos a la Fiscalía y a periodistas. La izquierda uruguaya asume ese corrimiento de eje y queda defendiendo los valores de la democracia liberal, el equilibrio republicano y el respeto por un modo de convivencia ajeno a la rispidez. O sea que la irreverencia, la rebeldía, el cuestionamiento al statu quo, la crítica al sistema, hasta un vocabulario violento –signos tradicionales de la izquierda–, parecen ser enarboladas por las “nuevas derechas”. La actitud de la izquierda parece resumirse en esto: cuidemos esta democracia que, aunque imperfecta, nos permite crecer y gobernar. Quizás lo más revolucionario en la actualidad, concluye la izquierda, es reconocer el campo y avanzar palmo a palmo, corriendo límites, asumiendo ser liberales, progresistas y avanzados.

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