Los brasileños sufren, en grado máximo, la falta de protección de sus derechos, de su empleo formal, de su salario mínimamente digno, de su escuela pública, de su servicio público de salud. Sufren tener que convivir con un gobierno que les quita el servicio de médicos cubanos, que se entrega absolutamente a las manos de Estados Unidos, que tiene ministros que dan vergüenza a los brasileños y hacen el ridículo ante el mundo.
El presidente elegido del país escoge lo peor de cada sector para componer su gobierno; no le importan las advertencias de China y de Rusia sobre los efectos económicos adversos que las posiciones de Brasil tendrán con socios económicos importantes, como esos países, más todo el mundo árabe. Como ha prestado un servicio inestimable a los grandes empresarios, a los medios, para impedir la victoria electoral del PT, se siente en el derecho de decir y de hacer lo que de la da la gana, como si no dependiera de nadie. Como si administrara una hacienda, sin contrapesos. Por ello hace anuncios y después recula, lo que más ha hecho hasta ahora.
Nadie tiene idea de lo que será Brasil en manos de gente así. Como nadie tiene idea de lo que será el destino de Lula en manos de gente así. Lula fue interrogado la semana pasada por la jueza sustituta de Moro, nombrada por él, que ha reproducido la misma prepotencia de aquel. Gente sin ninguna calificación se siente orgullosa de practicar la arbitrariedad en contra del más importante líder político brasileño, que cuenta con el apoyo mayoritario del pueblo.
¿Pero qué es esto frente al poder de judicialización de la política, que se ha adjudicado sin límites el Poder Judicial brasileño, algunos activamente, otros por el silencio cobarde y miedoso? No hay límites para ello. Han cambiado la historia de Brasil, expropiando al pueblo brasileño el derecho de decidir sus destinos, de elegir a Lula presidente de Brasil.
Es una situación nueva. La izquierda tiene que enfrentar ese escollo, además de enfrentar campañas electorales fundadas en noticias falsas y en su propagación por millones de robots. Son nuevos desafíos, pero hay que enfrentarlos porque el ensanchamiento de los espacios democráticos es la única vía de la izquierda.
De eso depende la vuelta de los gobiernos progresistas en Latinoamérica, porque está claro que la situación de Lula prefigura la situación de Cristina, de Rafael Correa, de Petro. En Brasil, el destino de Lula está indisolublemente ligado al destino del país. Lula preso, condenado, sin ningún tipo de respaldo jurídico, vive una situación similar a la del pueblo brasileño. Su lucha de resistencia es similar a la lucha de todos los brasileños.