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Columna destacada |

La era de la extrañeza

Por Laura Martínez Coronel.

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Caras y Caretas Diario

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La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles: unida con ella, es madre de las artes y el origen de sus maravillas.

Los caprichos, Goya.

Supe, con acierto y desacierto, que era avasallada por una especie de saciedad urgente del mundo de las cosas. Fue como si me atacara un caníbal, un pulpo grave de tentáculos agudos, o se desplomaran sobre mí todas las góndolas del supermercado, desoxigenantes y turbias, con sus envases de plástico depredadores, al unísono.

Abrumada y sin dulzura, me arrastraba con la lengua bífida y unas extremidades cortas, ineficaces, que habían nacido presas de su mutación infausta en la tercera cadena de lo imprevisible.

El tejido de la vida humana se destruía en el subsuelo, en la gótica inmansedumbre donde sobreviven los calvos por dentro, los ciegos por debajo de los ojos, los gestores de la ira desolada y su penumbra vitalicia. Esos iban a tener la suerte de los torpes moluscos agrietados, una feroz indigestión de la impaciencia, el corazón en la mano, por lo menos, humeante víscera del desencanto. Estaba profundamente rasgada y sonreía. Una experiencia incómoda en la vigilia insomne sin sutileza alguna. Escribiendo siempre el mismo libro, recibiendo las recomendaciones absurdas de los depredadores de lo hermético y sus maravillosas criptas. Desolada de mí, sin ninguna suerte, como si los fragmentos de los recuerdos más atroces fueran ahora un manojo breve de maravillas inclaudicables.

Trataba de recopilar crónicas, sabiendo que no hay nada más traicionero que narrar la vida en tiempo presente, contemplando lo que sucede hoy, sabiendo de la existencia de esos monstruos que a veces nos asedian y se instalan dentro de nosotros con sus sonrisas tramposas. Pretendemos que exista un pacto entre  nuestra contemplación y el tiempo, actor y espectador, voz con la que logran pronunciar vocablos vagamente inteligibles tantos muertos, denuncias de dolor y desencanto, mujeres desfilando, espectrales, mutiladas, desnudas, guerras de éxodos multiplicados, uno diciendo “basta”, urgiendo de futuro en un día extremadamente largo, en la hora infinita de los adioses. Aun así, buscando algún título que logre convocar y convocarme, ordeno crónicas, columna tras columna como si fuera un edificio gigantesco al que le faltan varios pisos y la escalera imposible para subirlos con la necesidad de no llegar nunca al último apartamento que se pierde en una nebulosa intangible y poderosa como un ruego.

Me rodean libros que son infiernos y otros diagnósticos, por la salvación de la belleza o la interrupción del juego, leo fragmentos de Serotonina y pienso en el libro de Patricio Pron, que ha premiado Alfaguara: Mañana tendremos otros nombres. Quisiera poder leerlo ya, quizás ahí se encuentre la piedra filosofal, la palabra justa, en esta generación de desesperanzas táctiles, de desamor furioso, de invasión de acordes placentarios inertes. Como si el amor no hubiera sido siempre esa insuerte fugaz de bestias inauditas con su poesía de oscuridad estremecedora con vanas pretensiones de eternidad.

No puede existir algo peor que una agonía interminable, algún dios seguro por ahí lo cuenta, mientras resiste el águila y sus picotazos sobre el hígado, envuelto en la sangre proteica que convoca la fatalidad deseable de los adioses.

Todo es tremendamente paradójico. Cuando Dante Alighieri escribió La divina comedia, dibujó la esencia perfecta de esas almas errantes que en algún pasadizo eran asaltados por una pradera cubierta de flores. Nada ha cambiado desde entonces. Solo les damos diferentes lecturas a idénticas fotografías. Tal vez se han modernizado los alucinógenos que nos llevan a las pesadillas más fantásticas, las que todo lo traducen al mundo de la razón de manera inequívoca.

Este inexplorado mundo, dañado por detrás de la conciencia, parece estar en llamas, irreflexivo campo de la antropofagia inaudita, con sus espadas dichosas desparramando vestigios de un derrumbe desde un espejo que implosiona.

Si miro la televisión siento la espantosa complicidad en la garganta, empieza a elevarse una especie de líquido ácido que me deshace la boca, pienso en ratas que se escudan en sonrisas de sirenas alevosas, todo un río de imágenes cae sin piedad sobre la mesa asaltada por diminutas hormigas fastidiosas. Olvido la palta, invaden todo, la gata me mira blanca y triste, maúlla débilmente pidiendo algo de agua.

El libro de crónicas que recopila varias columnas escritas y compartidas en este espacio lleva un título de monstruos acechando, ya no creo que el espíritu salvaje pueda ser domado por el amor y, si lo creo, queda alojado en un sitio sin desnudez, ocupando un hueco casi invisible entre palabra y palabra.

“La plaga de langostas” ha llegado, y no es meramente un diagnóstico de situación, es difícil poder separar esos insectos de nosotros, puede que la plaga tenga nuestros nombres y no sea el maleficio invocado por capítulo apocalíptico ninguno.

Voy caminando cerca del águila de Atlántida, testigo de una muestra fotográfica por los 100 años de esa ciudad verdaderamente maravillosa. He logrado salir rápidamente bajo una lluvia fuerte abrazando celosa un bolso donde guardaba elementos capaces de dañarse con el agua, entre otros, mis documentos.

Mientras observaba las esculturas de arena en Marindia, después de cruzar algunas palabras con una artista de Sri Lanka que con gran amabilidad me dejara fotografiarla trabajando (sufro un delirio importante con ese asunto de aprisionar imágenes), empezaron a caer algunas tímidas gotas desde grandes nubarrones que presagiaban un baño de cielo indómito del cual no escaparía.

Las esculturas en arena me fascinan, la dedicación, el talento, y después la lluvia, que puede enseñar como pocas cosas en este mundo sobre lo que ha de desvanecerse solo quedando algunas documentaciones que alguien llevará en la retina o en la cámara. La vida se le parece mucho.

Insistir en la importancia de lo bello, no cesar la construcción, esa preciosa desventura humana en tiempos de ruinas que no cesan. Todo podría destruirse en un segundo.

En Atlántida el águila desafiante, las rocas parecen fuertes, indomables, no van a doblegarse. Puede que la lluvia sea ácida y el patrimonio se conserve. El águila observa altiva, deslumbrante.

Al descender los escalones me siento aturdida .Una muchacha toca el acordeón, Es colombiana. Su mirada es dulce, la música reinventa el paisaje.

En ese instante, con la ropa empapada, la arena sobre las piernas, después de asegurarme que no se ha dañado nada de lo que llevaba en el bolso, la dulzura se aísla de mí, y desaparecen todas las palabras. El poderoso dragón del consumismo nos consume y he caído bajo el peso agobiante tan profundamente impostor, dictatorial y abusivo, de las cosas.

Extraña. Como quien partió en busca de frases alegóricas para la descripción de un derrumbe inevitable, y se encontró con figuras de porcelana destruidas por el suelo, caminando indiferente, con los pies descalzos sobre aguijones de fiebre, hiriéndome, intento rebelarme contra el desvío ingrato. “Hay muchos autos aquí. No podremos irnos. ¿Qué pasa con los semáforos? No cambian en horas. Nadie debería tener auto”.

En la larga cola de lo efímero miro la avenida, los árboles con flores blancas, flores rojas.

“¿Quieres una? Me dará el tiempo para bajar y cortar un gajo”.

Hay un hombre tendido en la calle. Está mudo, sangra bastante. Lo veo consciente: “No morirá”.

La ambulancia acaba de llegar.

Una frase en la cabeza gira como la escasez de azúcar en la sangre: “los peces están sangrando”. El semáforo en verde. Avanzo.

 

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