En la columna publicada en la edición anterior de Caras y Caretas, enumeramos las primeras lecciones que deberían atesorarse -sobre la pandemia del nuevo coronavirus- para no cometer otra vez los errores que han convertido los riesgos de un virus un poco más fuerte que los comunes en un desastre total para el presente y futuro de la humanidad en los planos productivo, comercial, laboral, educacional, de sociabilidad abierta, de convivencia familiar, de ocio, entretenimiento, deportes y artes. Y no por el virus en sí mismo y su morbilidad o letalidad, tan magnificados y dramatizados, sino por la función letal que han jugado la prensa y las decisiones políticas, supuestamente basadas en ciencia específica y en datos suficientes como para tomarlas.
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Esta nueva columna se complementa con la de la semana pasada y se focalizará en las relaciones entre la ciencia académica y las decisiones políticas. Cuestionaremos dos lugares comunes al respecto, que deberían ser más y mejor pensados antes de ser aceptados como falazmente sensatos.
Uno. Las decisiones políticas deben seguir consejos de científicos específicos
No hay la menor duda de que, ante hechos específicos, siempre debe consultarse a quienes tienen formación específica y/o experiencia práctica o administrativa en ese tema. Pero esa dependencia de expertos no siempre tiene en cuenta que los hechos focales tienen más dimensiones que las que abarcan o dominan especialistas teóricos o prácticos. Como se ha visto al vivir la realidad cotidiana de la pandemia en su variedad espacial y temporal, el asunto no es solo biológico y sanitario, sino también económico, productivo, comercial, educacional, familiar, de ocio y entretenimiento, de artes y letras, sociocultural, psíquico y psicosocial. Y el conjunto de estas dimensiones puede tener una importancia tal o hasta mayor que la dimensión biosanitaria que, a primera vista, parecería la central.
Cuando los ingleses se quejaban amargamente de que los disparatados cálculos proyectivos y prospectivos del equipo liderado por Neil Ferguson habían disparado medidas político sanitarias desastrosas, no solo allí, sino en el mundo entero desde que la misma OMS había refrendado esos disparates de autoría de su asesor en urgencias, los comentaristas decían que no se podían dejar asuntos tan relevantes en manos exclusivas de virólogos, epidemiólogos, infectólogos, en definitiva, de médicos, cuando estos especialistas biosanitarios ignoraban las otras importantísimas dimensiones de una pandemia viral, que otros, también especialistas en lo suyo, conocen.
En un mundo de disciplinas tan desarrolladas como el actual, la multidisciplinariedad, la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad deberían ser la norma para la asesoría de los decisores políticos, y no solo la disciplinariedad estrecha y angosta, que cree en la especificidad de lo que en realidad lo desborda en todo tiempo y lugar. El insumo de los especialistas puntuales es tan imprescindible como el de especialistas complementarios y suplementarios. La concentración obsesiva y excesiva en la prevención y atención del coronavirus desatará insuficiencias en muchas otras causas de muerte mucho más letales y la crisis económica abrirá una crisis sanitaria peor que la que desataría una pandemia negligenciada.
Los juzgados civiles y de familia, en corto y mediano plazo, estarán mucho más desbordados que los hospitales como consecuencia del aislamiento social: las riñas, las violencias domésticas (niños, ancianos, mujeres, discapacitados), los problemas conyugales, intergeneracionales, serán peores que los directamente derivados de la infección viral. La lista de infectados o muertos por el virus no es la única ni más importante curva a aplanar en la sociedad: hay otras más importantes ya existentes y es necesario no generar curvas nuevas a aplanar.
Han sido sobredimensionados los riesgos virales, desde pronósticos absurdos políticamente validados; pero, a la vez, han sido subdimensionados los económicos, educacionales, familiares, y un largo etcétera que usted mismo puede enumerar desde su experiencia de este megaerror que está siendo y será la reacción mundial de pánico a una pandemia biosanitaria.
Por todo esto, debe observarse con atención la profunda y simple verdad del raciocinio básico de los suecos al elegir su modelo de ‘mitigación voluntaria y parcial’: todavía no conocemos bien el virus nuevo ni las consecuencias sanitarias de las medidas impuestas, pero lo que sí conocemos o podemos proyectar son las desastrosas consecuencias de esas medidas en todo lo no sanitario, especialmente en lo económico, educacional, familiar, social. Elegimos entonces no afectar lo que sabemos será gravemente afectado (costos) en compensación por inciertos beneficios de medidas cuyos efectos no conocemos bien de un virus aún en buena parte desconocido.
A contramano del mundo, y con toda la razón, el balance en 2021 probablemente mostrará que los suecos no maximizaron los resultados biosanitarios, pero sí minimizaron la destrucción económica, social, familiar, educacional, comercial, psicosocial de la sociedad. Muy buen negocio; salvándose en buena parte de la catástrofe global, no debida directamente al virus, sino indirectamente a la sobrerreacción a él.
Alegoría sutil del desastre que el sistema inmunológico genera al sobrerreaccionar a un agresor viral desconocido como el coronavirus, sin memoria biológica inmune, lo mismo sucede en el mundo macro, social: la sobrerreacción ha resultado y resultará peor que lo que el virus haría por sí mismo en solitario, sin nuestra entusiasta colaboración, suicida y contraproducente. La clarividencia de Jean Baudrillard debe citarse, subrayarse y aplaudirse.
Dos. Hay datos y datos; hay ciencia y ciencia
Está claro que las reacciones societales responsables, y más aún las decisiones políticas generales ante una amenaza, no deberían estar basadas en corazonadas caprichosas e impresionistas, sino en datos, en particular científicos y teóricamente comprendidos.
En principio, no cualquier dato está bien extraído ni bien entendido. De modo que no necesariamente tener un dato producido por científicos, ni por instancias o instituciones científicas, garantiza tener un dato mejor para la decisión técnica adecuada ni racional. El artículo del año 2005, del científico John Ioannidis, muestra que la mayoría de los hallazgos científicos publicados son erróneos y es un gran ejemplo que certifica lo afirmado en el párrafo anterior. También lo es mi tesis de maestría en Brasil (1978-1983), que muestra la fragilidad de la investigación sobre educación y movilidad, sobre todo usando funciones de producción econométricas. Pero mejor vayamos a la historia del disparate global cometido a propósito del coronavirus.
Hasta que no se conocieron datos de infecciones, fallecimientos, contagios y comorbilidad desde el lugar de presumible origen de la pandemia, Wuhan, solo se disponía de modelos epidemiológicos teóricos, aplicados retroactivamente a otras epidemias, pero no de datos específicos, actuales, sobre el novel virus en despliegue. Pero cuando se conocieron, se cometió el “astronómico error ” de calcular para Reino Unido y Estados Unidos, y luego para el mundo, por contagio de pánico mediático y por refrendamiento desde la OMS, proyecciones de infectados y de muertos como si la población mundial pudiera ser caracterizada, desde el punto de vista del riesgo de contagio y del riesgo de letalidad, del mismo modo que ancianos chinos hospitalizados con coenfermedades letales. Fue un insondable error del equipo de Ferguson aplicar al mundo entero, joven, sano y sin internación ni enfermedades coletales, las tasas de mortalidad y de contagio (R0) obtenidas desde esa tan poco representativa muestra de la humanidad que eran los ancianos chinos internados con múltiples letalidades.
El error se reiteró, y se potenció, cuando se conocieron otros datos tan poco representativos de la humanidad como los chinos: los de los ancianos italianos de Lombardía, datos que fueron mezclados en un N de investigación junto a los tan disímiles de la población británica. El resultado fue otra previsión desmesurada, que tratada por la prensa llevó al pánico generalizado. Reiteremos que Ferguson ya le había errado en 2001, 2005 y 2009 antes del error pandémico de 2020. Delito de lesa humanidad en reiteración real, entonces, diría un amigo abogado.
Lo más extraño es que nadie se acordó de sus glamorosos errores anteriores, tan caros al erario inglés. Ni se prestó atención a las críticas, correcciones y recálculos, luego confirmados como correctos, de científicos como el premio Nobel de Química 2013, Michael Levitt, de Stanford, de la india Gupta, de Oxford, de Knut Wittkowski, de John Ioannidis, de tantos otros que cuestionaron en los días subsiguientes el macroerror de Ferguson. ¿Por qué sucedió ésto? Porque la prensa prefiere las malas noticias y los decisores políticos resuelven más por miedo a aquello de lo que pueden ser acusados que por balance técnico racional, aunque ponen caras heroicas y valientes al hacerlo.