Fue una broma del destino, una guiñada de los dioses, pero, bromas aparte, bien viene un masajito al alma ejecutado por la diosa Fortuna, ante tanta nostalgia y tristeza al comprobar que nada quedó del periodismo fermental de aquel nacimiento.
Vaya este recuerdo imborrable en este día de nostalgia por un periodismo que ya no existe.
Qué hubiera hecho La República si existiera hoy en un Uruguay gobernado por la izquierda, cuyos militantes observan perplejos acontecimientos que les laceran el alma, se desmovilizan, abandonan la inmensa tarea que les compete, y con la voluntad herida emprenden una deshonrosa retirada. La República de antaño, portadora del objetivo estratégico de organizador de la rebeldía popular, del disenso contestatario, volvería a asumirlo. Organizar la protesta, exigir la transformación, multiplicar la participación y el interés político, ajeno a toda deserción. Si existiera hoy, La República titularía, sin titubeos, en nuestro antaño estilo: “No seas idiota!!”.
Hay palabras que el tiempo deforma hasta vaciarlas. “Idiota” es una de ellas. Hoy se usa como insulto, como descalificación ligera, como sinónimo de torpeza. Pero en la Grecia clásica —en esa Atenas que inventó la democracia— el término tenía un sentido mucho más preciso y, sobre todo, mucho más inquietante. El iditēs era el ciudadano que no participaba en la vida pública, el que se refugiaba en sus asuntos privados, el que se desentendía de la polis, el que dejaba las decisiones en manos de otros. No era un ignorante. Era algo peor: un indiferente.
Para los griegos, la política no era una opción. Era una obligación. La democracia no se concebía como un sistema delegativo, sino como una práctica activa, cotidiana, exigente. Quien se desentendía, quien no intervenía, quien no tomaba posición, no era neutral: estaba renunciando a su condición de ciudadano. Como recordaría siglos después Aristóteles, el ser humano es un animal político, un zoon politikon. No porque milite, sino porque vive en comunidad, porque sus decisiones —o su ausencia— afectan a otros. El idiota, en ese sentido original, es el que rompe ese vínculo, el que corta ese hilo invisible que une lo individual con lo colectivo.
No es casual —aunque pueda parecerlo— que un 3 de mayo se recuerde en el mundo el valor del periodismo, fecha instituida por la Organización de las Naciones Unidas cinco años después del nacimiento, un día 3 de mayo, del diario La República. Tal vez sea una coincidencia. O tal vez no. Porque en esencia, el periodismo —cuando es tal— no es otra cosa que una forma de combatir la idiotez: de interpelar al que no quiere ver, de incomodar al que prefiere no saber, de obligar a pensar al que ha decidido no hacerlo.
La República nació en ese cruce incómodo entre información y compromiso. No como un diario para registrar lo que pasa, sino como una herramienta para intervenir en lo que pasa. No para describir la realidad, sino para discutirla. No para acompañar la indiferencia, sino para enfrentarla. Fue, desde su origen, una respuesta a esa figura silenciosa pero poderosa: el idiota que se retira, que no participa, que deja que otros decidan. Porque un diario, cuando renuncia a esa función, se convierte en otra cosa: en entretenimiento, en repetición, en ruido. Y cuando la prensa se vacía, la democracia la sigue. Porque un diario, para mí, es la artillería del pensamiento.
Hoy el idiota no se reconoce como tal. Se presenta como “apolítico”, como alguien que “no se mete”, como quien cree que mantenerse al margen lo coloca por encima del conflicto o como alguien que huye de la confrontación. Pero no hay tal margen. Como advirtió Antonio Gramsci, la indiferencia es el peso muerto de la historia. El que no participa no está fuera del sistema: lo está sosteniendo. Porque toda decisión que no se toma, alguien la toma. Toda ausencia deja un lugar que otro ocupa.
El idiota contemporáneo no genera vacío: genera espacio para otros. Cuando amplios sectores de la sociedad se retiran de la discusión pública, cuando la política se convierte en algo ajeno, cuando se delega sin control ni interés, el poder no desaparece. Se concentra. Y entonces ocurre lo que la historia ha demostrado una y otra vez: las decisiones dejan de responder al conjunto y pasan a responder a minorías organizadas. El idiota no es inocente. Es funcional.
Por eso, durante décadas, La República no fue simplemente un diario. Fue una posición. Una forma de entender el periodismo como acto político —en el sentido más profundo de la palabra—, como herramienta de participación, como antídoto contra la indiferencia. Podrá gustar más o menos, podrá discutirse su línea, pero lo que nunca hizo fue fingir neutralidad. Y en tiempos donde la neutralidad suele ser una coartada, eso ya es una definición.
Porque la apatía no es neutral. Es una forma de ideología, aunque no se la nombre. Es la ideología de la comodidad, del “que lo arreglen otros”, de la renuncia silenciosa. Pero, como decía Bertolt Brecht, el peor analfabeto es el analfabeto político. No porque no entienda, sino porque decide no entender. Porque elige no involucrarse en aquello que, inevitablemente, lo afecta.
Una democracia sin participación no desaparece de golpe. Se vacía lentamente. Se transforma en procedimiento sin contenido, en votación sin compromiso, en representación sin control. Y en ese proceso el idiota se multiplica. No por incapacidad, sino por elección.
Tal vez el problema no sea la falta de inteligencia. Tal vez el problema sea la renuncia. La renuncia a opinar, a informarse, a involucrarse, a militar, a hacerse cargo de lo que es, por definición, de todos. Porque cuando la política se abandona, otros la ocupan. Y entonces ya no se trata de lo que pasa, sino de quién decide lo que pasa.
Y en esa encrucijada —la misma que hace 38 años dio origen a un diario que eligió no callar— la advertencia sigue vigente, intacta, necesaria: en esta coyuntura tan extraña que estamos viviendo la consigna debe ser participar.
Participemos, participemos, participemos. No seamos idiotas.