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El mayor experimento de la historia

EEUU, Europa y los estímulos económicos

Mientras América Latina asiste a episodios penosos, la Reserva Federal y el Banco Central Europeo celebran discretas reuniones anuales en las que discuten sobre desarrollo, empleo, regulaciones, estímulos y Estado de bienestar en sus naciones, temas que entre nosotros parecen ser tabú.
Noam Chomsky propondría esas discusiones como modelo para algunos gabinetes económicos sudamericanos.

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En la histórica ciudad de Sintra, Portugal, en un antiguo convento convertido en hotel cinco estrellas, se celebró a fines de junio la Convención Anual del Banco Central Europeo (BCE), denominado Foro del BCE sobre banca central, inversión y crecimiento en las economías avanzadas, que tuvo dos oradores estelares: su actual presidente, Mario Draghi, y el extitular de la Reserva Federal (2008-2014) Ben Shalom Bernanke, el hombre que derrotó la Gran Recesión 2007-2010. Acudieron, entre otras personalidades, el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney; el de Japón, Haruhiko Kuroda; el de Canadá, Stephen Poloz; Karnit Flug, Gobernador, Banco de Israel, y el vicepresidente de la FED, Stanley Fischer. Debe recordarse que el entonces presidente Barack Obama consiguió colocar en noviembre de 2011 a Mario Draghi al frente del BCE en un esfuerzo comparable al de enviar al general George Marshall (1880-1959) a reconstruir Europa tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, por lo cual recibió el premio Nobel de la Paz en 1953. Draghi (Roma, 1947) –uno de los integrantes de lo que Paul Krugman llama “la barra del MIT”, ya que se doctoró en 1976 en el Massachusetts Institute of Technology (donde tuvo como docentes a los premios Nobel Franco Modigliani y Robert Solow, keynesianos de pura cepa)– fue cinco años director ejecutivo del Banco Mundial, directivo de Goldman Sachs y, entre 2006 y 2011, gobernador del Banco de Italia, desde donde impulsó privatizaciones masivas. Pero pese a ese pasado negro, tenía los conocimientos necesarios (como el argentino Alfonso Prat-Gay, expulsado por Macri en una muestra mayor de su incapacidad), y en 2011 Estados Unidos consiguió que Draghi sustituyera a Jean Claude Trichet, afín a Angela Merkel, en el convencimiento de que la “austeridad merkeliana” iba a desestabilizar irrecuperablemente a la Unión Europea, su principal aliado militar. Cambiando radicalmente su anterior comportamiento, Draghi se presentó con medidas expansivas para afrontar la crisis que devastaba Europa. En ese sentido, trasplantó las medidas que había tomado Ben Bernanke en la Reserva Federal desde la asunción de Barack Obama el 20 de enero de 2009. Bernanke, tras graduarse en Harvard, se doctoró también en el MIT, bajo la tutoría del legendario Stanley Fischer (1943), exgobernador del Banco de Israel y actual vicepresidente de la FED, presente en Sintra. Como presidente del BCE, Draghi aumentó la liquidez (instrumento principal de Keynes para impulsar la actividad y el empleo) bajando la tasa de refinanciación, que determina el costo del crédito, a 0,00%, y aplicando la “facilitación cuantitativa” o “quantitative easing” (compra masiva de bonos soberanos), que pusieron a Angela Merkel y Frangollo Schäuble (apodado cariñosamente Dr. Insólito, por el recordado film de Stanley Kubrick), al borde de un ataque de nervios, para salvar lo que quedó de los países periféricos de Europa, excepto Grecia, sobre la que se cometió un virtual genocidio económico y social acaso imposible de reparar. El italiano llevó así a Europa el formidable experimento de Ben Shalom Bernanke que permitió derrotar la Gran Recesión 2007-2010, y va obteniendo resultados positivos en el continente de la “austeridad” de Merkel. Contrariando una tendencia visible en varios países de América Latina, Draghi es un economista que, acaso por la calidad de su formación, pasó de servir a los grupos dominantes a los colectivos nacionales más vulnerables. De hecho, ignoró olímpicamente la carta orgánica del BCE que, como nuestro BCU (una situación que el Frente Amplio debería cambiar), sólo prevé controlar los equilibrios macroeconómicos y el nivel de la inflación; pasó a privilegiar, como la Reserva Federal, “el crecimiento económico y el empleo de la Unión”. Un claro ejemplo de por qué los países desarrollados adquieren esa calidad, mientras los países subdesarrollados siguen “primarizando” sus economías, como lo acaba de enfatizar Noam Chomsky. El segundo desembarco del general Marshall En marzo pasado, pese el reempoderamiento de Merkel (fortalecida por la debilidad mundial de EEUU luego de la asunción de Donald Trump) y la renovación de sus cuestionamientos a la política monetaria expansiva del BCE, Draghi la mantuvo contra viento y marea. Mientras tanto, en Estados Unidos su colega de la Reserva Federal y sucesora de Bernanke, Janet Yellen, subió las tasas de referencia por segunda vez (ahora están entre 1% y 1,25%) y anunció que este año comenzará a reducir la cartera de bonos, que, partiendo de US$ 900.000 millones, alcanzó un valor récord de US$ 4,5 billones, 24,3% del PIB de EEUU. A no equivocarse: Yellen y Draghi juegan en el mismo equipo y la funcionaria informó al Congreso que “estas medidas monetarias inéditas fueron apropiadas y exitosas” en su momento y “evitaron el contagio de la crisis a todo el sistema global”. La economía de EEUU creció 2,5% en 2016, y su tasa de desempleo es 4,6%. Más enfático, Paul Krugman, Nobel de Economía 2008 y en su momento severo crítico de la administración económica demócrata, afirmó que las medidas de Bernanke-Yellen –descritas minuciosamente en la autobiografía del primero, El valor de actuar. Memoria de una crisis y sus secuelas (The Courage to Act, Ediciones Península, 2016, 671 págs.), y Mis años en la Reserva Federal (The Federal Reserve and the Financial Crisis, Princeton University Press, 2013, 188 págs., libro que reúne cuatro conferencias sobre el tema ofrecidas en la George Washington University en 2012)– constituyen “el mayor experimento económico de la historia de la economía mundial” y derrotaron una crisis de porte superior a la Gran Depresión de 1929, que no tuvo carácter global porque no alcanzó a la Alemania nazi, a la URSS ni a Asia, en tanto que la Gran Recesión 2007-2010 llegó a todos los ámbitos del planeta”. Mientras Yellen retira los instrumentos expansivos extraordinarios, Draghi, anunció, pese a la furia de los alemanes, que el BCE mantendrá los tipos de interés (que hace un año bajó de 0,05% a 0%), la tasa de depósitos negativa (-0,4%) y su política expansiva a pesar de que en Europa la inflación ya alcanzó el objetivo de 2% y los datos macroeconómicos son mejores. En diciembre pasado extendió el programa de compra de bonos hasta diciembre de 2017, aunque reduciendo el volumen de compra desde los 80.000 millones de euros actuales a los US$ 60.000 millones a partir de abril, y manifestó que “continuará con las medidas extraordinarias hasta que sea necesario”, lo que remeda las dificilísimas decisiones de Bernanke cuando el mundo se derrumbaba en 2008, luego de la quiebra del megabanco de inversión Lehman Brothers, turbio episodio sobre el cual se extiende en sus memorias tras afirmar que su única frustración fue “que la mayoría de los grandes banqueros no fueran enjuiciados y encarcelados”, acaso refiriéndose a Henry Hank Paulson, hombre de Goldman Sachs que dejó caer la institución desde su cargo de secretario del Tesoro. “Con las compras de deuda pública y privada, el BCE quiere impulsar la concesión de crédito a la economía real, a las empresas y los hogares de la región. Si aumenta el crédito, se contribuye al crecimiento económico, a que se incremente la inflación (que está por debajo de 2%) y a devaluar el euro mejorando la competitividad de la región”. Todo un manifiesto que impugna directamente las políticas contractivas que pregona (aunque no practica en Alemania) la canciller Merkel; y que difunde el FMI como política oficial para que los países subdesarrollados mantengan esa calidad. Los observadores afirman que Draghi está más preocupado por las incertidumbres políticas (el “factor Trump”, el brexit, la eterna crisis griega y el crecimiento de la extrema derecha) que por el nivel de los precios. El 24 de setiembre habrá elecciones en Alemania en donde es previsible que Merkel, fortalecida por la elección del dirigista de derecha Emmanuel Macron, acaso más funcional que Hollande, enfrente a Frauke Petry, líder de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD).   La reunión de Sintra El 27 de junio, en Sintra, el presidente del BCE, ante la atenta mirada de banqueros, académicos y, sobre todo, de su excolega Bernanke (que siempre representará a la Reserva Federal, una de esas organizaciones de las cuales nunca se sale), pronunció un discurso optimista afirmando que “la escena política de la eurozona ha experimentado un cambio considerable”; la “nube de incertidumbre que actuaba como un freno” ha dado paso a una nueva confianza [por lo cual] los vientos políticos se están convirtiendo en vientos de cola” que ayudan al crecimiento y bajan el desempleo. La eurozona suma 17 trimestres seguidos de crecimiento económico (aunque a tasas mínimas), resurgiendo tras la Gran Recesión y el imperio de la “austeridad”, a la que pusieron fin, al menos en gran parte de la periferia europea, las políticas del BCE. Señaló que la cotización del euro se ha revalorizado, disminuyendo la competitividad, pero que deben tenerse en cuenta las posibilidades de crisis. Sin embargo, destaca que, según Eurostat, la eurozona creció 1,9% en términos interanuales sobre una estimación de 0,7%. En lo que va del año, el PIB de la eurozona creció 2,3% en el primer trimestre, superando el 1,2% de EEUU. También destacó la creación de 6 millones de empleos en los últimos tres años, lo cual, sin embargo, resta posibilidades al mantenimiento de la política expansiva. No obstante, Draghi se muestra tan inflexible como fueron Obama y Bernanke: “Debemos acompañar la recuperación y ser persistentes y pacientes”. Sólo ante la pregunta de si la inflación se descontrolaba, admitió la posibilidad de un “ajuste prudente, gradual”, que los observadores caracterizaron como “un aterrizaje suavísimo” (en clara referencia al final de la presidencia de Bill Clinton) de las políticas expansivas. De todas formas, el horizonte es claro: “La recuperación está ahí e incluso el brexit se ha superado, al menos de momento, sin la sacudida que algunos esperaban. La clave es cómo conseguir una recuperación más sólida”, afirmó. Esta es “la patota del MIT”, opuesta a “la banda de Chicago”, que tantos discípulos ocultos tiene por el mundo.   La lucha continúa Una de las características de “la pandilla del MIT” es que dicen la verdad, aun cuando es amarga, contrastando con los “ortodoxos” que mienten éxito hasta en los vastos cementerios que dejan la contracción y el desempleo. Bernanke –posible candidato al premio Nobel, pero ante todo el vencedor de la Gran Recesión– tituló a su exposición Cuando el crecimiento no es suficiente, y comenzó relatando la dura historia de la recuperación de EEUU (recordar Margin Call, Inside Job): el PIB cayó 9% y el desempleo trepó a 15% mientras quebraba el sistema financiero y muchos pensaron que se estaba ante la crisis del día final, señalando que fue muy anterior y veloz que lo que se ve de la europea. La primera comenzó en 2009, mientras que la otra tuvo sus primeros tímidos brotes en 2015. De esta manera, justificó implícitamente la decisión de Draghi de inyectar por lo menos 600.000 millones de euros en el sistema financiero de la eurozona, señalando que ni siquiera la recuperación económica es suficiente para restaurar los equilibrios sociales preexistentes y preservar al sistema contra efectos indeseados, como el crecimiento de la extrema derecha, similar al ocurrido en la década del 30 en Europa con el triunfo del fascismo y el nazismo. Bernanke, presentado como Distinguished Fellow in Residence, Brookings Institution, fue firme en afirmar que “en EEUU, las clases medias han salido perdiendo”, para agregar que “la desigualdad ha crecido, el sueño americano ha salido muy tocado de la crisis y las disfunciones sociales son mayores ahora, especialmente en algunas zonas”. Con toda la autoridad que le da su éxito ante la crisis económica más grave de los siglos XX y XXI (usando la experiencia, la sapiencia y el instrumental acumulado por Keynes entre 1919 y 1946), subrayó que “en Europa, los problemas son similares”. Elevando la mira, Bernanke afirmó que “quizá la política no entiende, hasta que es demasiado tarde, los problemas a los que se enfrenta la economía: aumento de la desigualdad, desafección política, desafíos sociales y tecnológicos”, enumeró. Y para mostrar las consecuencias políticas indeseables que pueden resultar, el expresidente de la Reserva habló de Donald Trump: “La política económica de Trump es imprevisible: un cruce de populismo y las políticas de oferta tradicionales”, señalando que “Europa tiene los mismos problemas, incluidas las tentaciones proteccionistas”. Elogió así las políticas expansivas en tiempos de estancamiento, turbulencia o crisis, con estímulos explícitos destinados a fomentar el crédito y la inversión, mantenimiento del techo de inflación bajo (Draghi rechazó la propuesta de elevarlo de 2% a 4%), y, como insistía Keynes, prioridad absoluta al pleno empleo, obsesión que lo llevó a proponer a Roosevelt programas para la reincorporación de los soldados desmovilizados en 1945, que provocaron el “baby boom” y la “Era dorada del capitalismo” entre 1946 y 1973. El pleno empleo previene de la marginación, la droga, el delito y aleja a la extrema derecha. Es, sin duda, el instrumento principal para navegar en el capitalismo, sistema en el que, parafraseando a Woody Allen, “vamos a transcurrir el resto de nuestras vidas”. Así están las cosas en el núcleo duro del primer mundo, el cerno anglosajón que forjó los dos últimos grandes imperios de la historia: siempre quisieron lo mejor para sí (para toda su población, no sólo para los ricos), y lo vienen logrando desde fines del siglo XIX. Sólo en los países subdesarrollados (o en vías de subdesarrollo, como ironizaba Celso Furtado) rigen las políticas contractivas, los ajustes fiscales que paga el trabajo presente y pasado, no se habla de regulaciones, de controles de precios, ni de pleno empleo, de industrialización, de impuestos progresivos ni de mitigación de la desigualdad. Así van, ajuste tras ajuste fiscal. El fascinante libro autobiográfico de Bernanke –que invitamos a leer– cuenta no sólo las noches que pasó sin dormir, desvelado por las consecuencias de sus actos (“el coraje de actuar”, contrapuesto a la “cautela” de la resignación y la dependencia externa), tiene además fotos extraordinarias. Acaso la más significativa sea una de 2010 que muestra juntos a los últimos secretarios del Tesoro y presidentes de la Reserva Federal, reunidos en torno a Bernanke. Ahí están Paul Volcker, Alan Greenspan, Stanley Fischer, Janet Yellen, James Baker III, Nicholas Brady, Lloyd Bentsen, Robert Rubin, Larry Summers, Henry Paulson, Timothy Geithner y Jack Lew. Republicanos y demócratas, amigos o adversarios, odiados u amados. Formados en el espíritu de Harvard y el MIT, los unió una línea invisible: la convicción de que sólo el éxito colectivo, el crecimiento, el pleno empleo, la disminución de la desigualdad, la innovación tecnológica, consolidados en un proyecto nacional, hacen la grandeza de las naciones. Así les ha ido, más allá de contratiempos circunstanciales que se encargan rápidamente de resolver.  

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