Sin embargo, a ese documento el Congreso le puso cuatrocientas enmiendas para aclarar lo que no estaba muy claro, precisar lo que no estaba muy preciso y, en ocasiones, abandonar el territorio de la lírica exótica en beneficio de la cruda verdad, por más que duela. Por ejemplo, según ha trascendido, se aprobó una moción que sustituyó el pasaje extravagante de las “carencias anímicas” entre los frenteamplistas de las que hablaba el plenario nacional en el documento por el frontal y crudo “descontento político” que, si mucho menos logrado como expresión poética, tiene el inmenso valor y la elocuencia de lo real, como la puteada en el estadio del hincha de verdad, el sufrido, el que está en las buenas y en las malas y no falta jamás.
El Congreso tomó posición en cada uno de los grandes debates y las discordias de los últimos años. Se fjaron posiciones claras en los asuntos de política internacional: el plenario del Congreso se pronunció con respecto al imperialismo de los Estados Unidos, al avance de la ultraderecha, a la limpieza étnica que comete Israel en territorios palestinos y el genocidio en Gaza, y también postura firme en relación con el bloqueo a Cuba, con el cerco petrolero y el genocidio silencioso porque no se hace con bombardeos todavía que lleva adelante Donald Trump contra la isla rebelde. Esa claridad en cuanto a la política exterior, esa serie de pronunciamientos sólidos del Congreso eran más que necesarios después del agravio a la historia que representó que el presidente de la República se subiera a un portaaviones del imperio a exhibirse con el embajador yankee. Los dos muy orondos y felices, sonriendo para la foto con los pulgares alineados sobre máquina sangrienta que, para colmo, se fue de acá al Caribe a amenazar a Cuba con una invasión.
El Congreso marcando la cancha
Todo el mundo cuenta que una de las mociones más aplaudidas fue la que estableció que se valoraba la propuesta de gravar con un 1 % del patrimonio al 1 % más rico. La aprobación de ese texto que orienta a discutir esa propuesta es un baño de humildad para los que creyeron que se podía blandir como arma argumental una mayoría perentoria, forzosamente circunstancial para desdeñar una idea surgida del seno del movimiento obrero. Es una ovación para reflexionar que, junto con la durísima moción que reprendió al Gobierno por incumplir el acuerdo sobre las AFAPs alcanzado en el Diálogo Social, debería ser suficiente que se comprenda la importancia del pasajero 33 y la relatividad mayor de que una buena idea tenga solo 3 o 4 votos en 17 senadores, si se sostiene en la discusión fundamentada de la base social que ha construido a la izquierda desde hace sesenta años.
Ahora, sin duda, la discusión transitará por la forma de bajar a tierra estas resoluciones preservando el equilibrio entre la voluntad mayoritaria de la militancia frenteamplista expresada en el plenario del Congreso y la necesidad de aliviar a un Gobierno que sabe que ha sido cuestionado en asuntos muy importantes y que ahora conoce la dimensión orgánica del descontento. Seguramente estarán los que ignoren y desestimen estas reflexiones, los que incluso discutan a viva voz cómo se hace para esquivar las cosas que allí se aprobaron como si la gente fuera tonta y las cosas no se dieran a la luz de los que ya han perdido la ingenuidad. Pero otros, seguramente, van a reflexionar y harán su parte para corregir el rumbo. Todavía hay tiempo, pero es mucho el trabajo que hay que hacer para remontar, para recuperar la confianza y la adhesión, para volver a enamorar a todos los frenteamplistas.