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Editorial

El País y la “luchita de clases”

Por Enrique Ortega Salinas.

“Lo peor de una sociedad manipulada por la política es ver a pobres defendiendo a ricos

culpables de su pobreza”.

Paulo Coelho

 

Dice Mirtha Legrand que los términos “derecha” e “izquierda” están perimidos.

He vivido en varios países y he visto cómo la derecha niega la lucha de clases y acusa a quienes sostenemos que existe de aumentar la famosa “grieta”. Ya no se reconocen de derecha, sino “libertarios”, que es lo mismo que neoliberales, que es lo mismo que liberales a secas. Si le seguimos el juego al delirante Javier Milei y nos ponemos exquisitos en lo académico, podemos dividir a los libertarios entre minarquistas (que aspiran a una participación mínima del Estado) y anarquistas (que no quieren Estado). Él se define como anarcocapitalista; no quiere al Estado, pero le golpea las puertas desesperadamente para integrarse a la casta política a la cual critica.

Los militantes derechistas, sobre todo los pobres de derecha, se autocalifican como “apartidarios” o “apolíticos”. Sucede que, aun cuando no lo reconozcan, están de acuerdo con los atropellos de los regímenes derechistas en cualquier parte del mundo; pero no se atreven a confesarlo.

Alguna vez, no sé en qué ciudad o país, vi un muro y en el muro un grafiti que rescataba una frase de John William Cooke: “Los pobres que votan a la derecha son como los perros… Cuidan la mansión; pero duermen afuera”. Yo diría que también son como esos carneros que generan mucha lana, pero terminan esquilados.

José Menezes Gómez afirma que “el pobre de derecha es el producto mejor elaborado por los mecanismos de producción de ideología burguesa para la defensa de los burgueses que tienen capital, que tienen propiedad y que están en la gestión del Estado para no pagar impuestos, para recibir subsidios e incentivos fiscales, para ganar dinero comprando títulos de la deuda pública y tener el control de los medios de comunicación de forma de ofrecer el mundo de los ricos como el objeto a ser defendido, aun cuando la riqueza de la burguesía sea fruto de la explotación también de los pobres de derecha”.

He visto en España a personas trabajadoras leyendo revistas que con múltiples fotografías les cuentan cómo viven los ricos, y están al tanto de cada nacimiento en la realeza y del tipo de música o deporte que prefieren los hijos de quienes tienen títulos nobiliarios. En Uruguay los cargos no son hereditarios, pero Jorge Larrañaga Vidal (hijo de) acaba de acceder a una banca en el Parlamento. Lo único que sabemos de él es que en 2017 fue detenido por un grupo de ciudadanos cuando intentaba llevarse, alcoholizado, un vehículo ajeno.

Los obreros se rompen el alma alzando mansiones en las cuales jamás vivirán; en todo caso y con suerte, podrán tener su propia y modesta vivienda luego de dos o tres décadas. Parte de ellos vota a los poderosos; porque hay pobres que quieren dioses ricos.

La derecha tiene más clara que la izquierda la lucha de clases, aunque por estrategia la niega. Dicen los religiosos que el mejor triunfo del diablo es hacernos creer que no existe. Es paradójico; pero la inmensa mayoría de los oligarcas y explotadores se define como cristianos, y van a la iglesia, y se confiesan (a medias, claro está) y elevan loas al dios crucificado. Luego votan a un Macri, a un Bolsonaro, a un Duque, a un Lacalle… Cristianismo es antónimo de neoliberalismo. El cristianismo es sinónimo de amor, solidaridad, tolerancia, entrega. Neoliberalismo es egoísmo, acomodo y privilegios para los que más tienen.

En Colombia vi cómo los líderes religiosos, muy especialmente los pastores, lavan el cerebro de sus seguidores para que voten a los representantes de la oligarquía. De paso, cañazo, se quedan con el 10% del ingreso de los incautos.

Es patético el caso de los militares, que siendo pobres (salvo Manini Ríos, que es millonario) están siempre dispuestos a apalear a los de su condición cuando se atreven a rebelarse contra el sistema. Se han dado excepciones, claro. Seregni en Uruguay, Chávez en Venezuela, Perón en Argentina…

Cabildo Abierto, aparte de militares, también tiene civiles militaristas, y cuando ese militarismo se mezcla con el fanatismo religioso, el resultado es alarmante en una democracia. “Yo creo en Dios, no en la justicia”, ha dicho el senador cabildante Guillermo Domenech. Se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo y a la educación sexual. Defensor de los represores de la dictadura, está en contra del Instituto Nacional de Derechos Humanos. En la primera semana de diciembre dedicó la media hora previa del Senado “al príncipe de la paz, mi señor Jesús”. Al margen de que estamos en un Estado laico y no corresponde usar un cargo público para arengas religiosas, suena a hipocresía que quien tanto habla de Jesús y de paz defienda a secuestradores, torturadores, violadores y asesinos.

Tiene todo el derecho a manifestar su fe; pero no a que le paguemos por realizar proselitismo religioso.

La religión es una de las armas más formidables de la derecha para mantener a raya los reclamos de los pobres, porque su recompensa no deben buscarla en esta vida, sino en el más allá.

Para la derecha es fundamental desprestigiar a los sindicatos. No le sirve que los trabajadores se organicen para efectuar sus reclamos. Heber Gatto, columnista del diario El País, se pregunta en la nota “El Uruguay sindical”: “¿Quién le ha otorgado a los sindicatos legitimidad para elegir planes de gobierno?”
Lo que se desprende del planteo es que los sindicatos deben acatar dócilmente las políticas neoliberales del gobierno.

A diferencia de Caras y Caretas, donde los editoriales llevan el nombre del autor, El País larga su andanada gorilista sin firma. En tales editoriales se ha manifestado fervorosamente en contra de los sindicatos y recursos democráticos y constitucionales como el referéndum y el plebiscito; sobre todo este año, en el que135 artículos de la LUC penden de un hilo.

El 9 de noviembre su editorial se tituló: “El malla oro y la luchita de clases”. La manera despectiva y burlona de referirse al tema ya delata la mentalidad de quienes lo publicaron. La nota hace referencia al discurso de Nin Novoa durante el homenaje de la Asamblea General al cumplirse un año del fallecimiento de Tabaré. Dice El País que sus palabras “repiten un concepto errado, que mucho mal le hace al debate político actual. Según Nin Novoa, el gobierno hoy se focaliza demasiado en el malla oro, replicando una jerga popularizada por algunos dirigentes sindicales, para referirse al sector agropecuario. A la vez que estaría descuidando a lo que llamó el camión de los rezagados”.

Vamos por partes. El primero que hizo referencia a los malla oro no fue ningún sindicalista, sino Luis Lacalle Pou, cuando justificó su negativa de pedir la más mínima colaboración a los más poderosos durante la pandemia porque estos serían los que nos sacarían adelante cuando todo pasara. Segundo: nadie puede discutir que el gobierno se preocupa poco de los rezagados, ya que figura entre los países que menos han invertido (con relación a su PIB) en combatir los perjuicios económicos de la pandemia.

El editorial concluye: “Ese discurso apuesta a dividir a una sociedad que no necesita más focos de polarización. Aquí el malla oro somos todos. Y si al principal sector de la economía, si al interior del país le va bien, nos irá bien a todos”.

Ah, bueno… No solo explotan a los de abajo; sino que también les toman el pelo.

Cuando se da un conflicto, El País siempre se coloca del lado de los poderosos.

“Preocupación desde el gobierno por la “virulencia” de la escalada sindical” -señala una nota del diario de la dictadura el 13 de diciembre-. Ni una letra sobre la intransigencia del gobierno, de su negativa a dialogar para evitar conflictos y de la pérdida de salario real en momentos en que se registra un récord en las exportaciones. Ni una palabra de cómo el gobierno está beneficiando a las telefónicas privadas en perjuicio de Antel. Ni una letra de cómo el gobierno provoca el deterioro de Ancap, ni de cómo los multicolores acomodan a sus correligionarios en las empresas públicas burlándose de los concursos establecidos por ley, ni de como en plena pandemia, mientras le ajustan el cinturón a los trabajadores, se aumenta el sueldo de cargos de confianza en un promedio de 100.000 pesos mensuales.

A nadie le sirve un paro. Se hace cuando la patronal o directorio no deja alternativas.

El mensaje que quieren imponer es que los trabajadores paran porque son abusadores. No. Los abusadores son otros; pero el pobre de derecha no lo ve. Los grandes medios de desinformación siempre comentan los perjuicios sufridos por las empresas y nada dicen de los ignorados reclamos de los trabajadores.

Cuando la Policía apalea a sus compañeros, el pobre de derecha piensa que se lo tienen merecido, porque no quieren trabajar. Eso sí, no protesta al enterarse de que le aumentaron el sueldo o mejoraron sus condiciones de seguridad en el trabajo.

Pese a todo, una luz se ha visto en la oscuridad en el conflictivo diciembre. Tras la represión con munición no letal ejercida por policías contra trabajadores de la Unott que fueron a un paro con movilización protestando por la falta de avances en los Consejos de Salarios, el Sindicato Policial de Montevideo emitió un comunicado convocando al diálogo para que nadie salga lastimado mientras se ejerce el legítimo derecho de luchar por sus salarios. “Nunca será trabajador contra trabajador el camino”, afirmó. A la vez, el sindicato policial de Maldonado repudió la represión a trabajadores de Unott y reiteró el pedido de destitución del director nacional de Policía, Diego Fernández. Con un coraje que nos sorprende, el sindicato “se solidariza con los trabajadores del transporte y sus familias”, al tiempo que repudia “cualquier tipo de agresión a la clase obrera”.

El odio de clase que hoy la derecha manifiesta sin pudor de manera creciente, se puede apreciar claramente en hechos como el protagonizado por el abogado Walter Prisch, quien aludiendo al trabajador de la Unott herido en una pierna con perdigones disparados por un miembro de la Guardia Republicana en Tres Cruces, publicó en Twitter: “Yo le hubiera tirado al pecho a ver si es tan guapo”.

La lucha de clases no es un invento de Karl Marx; existe desde tiempos inmemorables.

No estamos contra los ricos; ojalá hubiera más millonarios en nuestro país; estamos contra los oligarcas que amasan fortunas explotando a quienes los hacen crecer.

El término “oligarquía” (del griego oligos, pocos, y arko, comandar) se refiere a una forma de gobierno en la cual el poder es ejercido por un grupo minoritario o a favor de un grupo reducido en perjuicio de la mayoría.

La Federación Rural se acaba de manifestar a favor de la LUC. Vaya sorpresa… En esos artículos está toda la defensa de sus intereses de clase. En la misma semana, la Unión Nacional de Trabajadores Rurales y Afines (Unatra) denuncia que a pesar del crecimiento de algunos sectores del agro, el mismo no se ha visto reflejado en los salarios de los trabajadores y las empresas impulsan la desregulación laboral.

Récord de exportaciones y el derrame ni se asoma. ¿Y qué esperaban? Ganó el herrerismo. Ganaron los representantes de la oligarquía.

Pero el pobre de derecha sigue embobado con los bíceps de Luis y emocionándose cuando abraza a una anciana, recibe a niños en su despacho, pasea con su familia o domina una pelota.

Y mientras la izquierda no termina de comprender por qué perdió, la derecha siembra odio y miedo en la sociedad. En noviembre, en el barrio Peñarol, un hombre de 72 años asesinó a su vecino de 28 al confundirlo con un ladrón. El joven se encontraba arreglando unos cables en el límite de los techos de sus respectivas viviendas. Uno fue víctima de un histérico; el otro fue víctima de los derechos que le confiere la LUC.

La lucha de clases ya está instalada; pero no porque la impulsen los de abajo contra los de arriba; sino porque los de arriba, en su ambición sin límites, continúan acaparando la riqueza y promoviendo palo y bala para el que no le guste.

En cuanto a la famosa brecha… La brecha se da cuando gracias al sistema instalado el 1% más rico de la sociedad percibe un ingreso equivalente al de la mitad de la población más pobre junta.

Por si fuera poco, dan discursos sobre la importancia del esfuerzo individual y los méritos para crecer; pero se niegan rotundamente a un pequeño impuesto a las herencias y viven de acomodos y negociados.

Habrá que tener paciencia con el trabajador derechista; no hay que agredirlo ni llamarle carnero… hay que sentarse con él y explicarle todo esto con tono fraterno.

La mejor manera de derrotar a un enemigo es convertirlo en amigo.

No digo que sea fácil.

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