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Tarareando a Gramsci

Entre el arte y el mandado

La polémica pública en estos días sobre los textos de la murga Agarrate Catalina en su regreso a los escenarios invita a una profunda discusión sobre el rol del arte y su vinculación con lo político, traducido ese rol como el arte al servicio del objetivo político, funcional y dependiente, hijo bastardo sometido al triste papel de ser un elemento más de la propaganda política.

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Por Ricardo Pose

“El compromiso del intelectual pasa por la defensa de las condiciones mismas de los presupuestos de la cultura; por los derechos de la duda frente a las pretensiones del dogmatismo; por los deberes de la crítica contra la seducción del entusiasmo irracional; por el desarrollo de la razón contra el imperio de la fe ciega y por la veracidad de la ciencia contra los engaños de la propaganda. La tarea de un hombre de cultura es, más que nunca, sembrar dudas, no recoger certezas”. (Intelectuales y Poder , A. Gramsci).

 

La línea es para el telégrafo

La revolución bolchevique permitió la difusión de todos los conceptos políticos y filosóficos del marxismo-leninismo, tan imprescindibles para la construcción de ese nuevo proyecto de sociedad llamada en general socialista, ese experimento de transformación profunda de las relaciones económicas y por tanto humanas.

Desde el materialismo histórico y dialéctico cobró vigor una nueva percepción, una nueva sensibilidad en el mundo del arte que se le conoció como el Realismo.

No todas fueron expresiones que cumplieron con un plan milimétricamente planificado, pero coincidieron en el mundo de la poesía, la narrativa, la pintura, la incipiente fotografía y cine, la música, la danza y empezaron a incorporar, a expresar  los elementos de la realidad, entendiendo por tal, en un caso, la construcción de “mundo” nuevo llamado socialismo y por el otro lado las denuncias de la injusticias de los países semifeudales o capitalistas.

Esas ideas, que desde mediados del siglo XIX venían circulando y que se plasmaron en aquella revolución soviética, calaron hondo en las capas intelectuales latinoamericanas y del tercer mundo.

Las distintas corrientes políticas dentro del socialismo, las comunistas, las anarquistas, las trotskistas, confluían en apreciar como arte aquellas manifestaciones artísticas impregnadas de Realismo.

Algunos manteniendo las formas expresivas clásicas;  así el mundo de la ópera tendría su Verbena de la Paloma, y la Verbena Anarquista, los himnos en general a ritmo de marchas de cada país pero también la Internacional y en el Río de la Plata nacería junto con el impulso del 2X4 el tango negro, el tango anarquista.

Pablo Neruda, Jorge Amado, Diego Rivera, por nombrar algunos de los más destacados artistas de principios del siglo, serían parte de una legión intelectual de miembros de los respectivos partidos comunistas en cada país.

La revolución política, económica y social, la realizada en la vieja Rusia y que recorría Europa del este y las que estaban siendo conspiradas debían dar una batalla, una guerra de fondo en el plano de la superestructura, ganar en la conciencia de las grandes masas una trasformación de sus valores culturales que los liberaran de la hegemonía de la ideas burguesas.

Toda expresión artística debía limitarse a la gran tarea del esclarecimiento de las grandes masas, que partía de un axioma bien eurocentrista: la trasformación socialista de la sociedad sería obra del Pcuss y de los distintos partidos comunistas en sus países.

Así que un buen día, cuando Don Juan Carlos Onetti y Francisco Espínola estaban enfrascados en la generación de una narrativa, no solo realista sino además con identidad nacional, y algún intelectual les planteó que además sus textos escritos, sobre todos los artículos periodísticos, debían dar línea, Onetti hizo célebre la frase: “La línea es para el telégrafo”.

 

Marx en la cruz

Los autoproclamados herederos del marxismo-leninismo embanderados en el Materialismo Histórico y Dialéctico operaron sin embargo con una fuerte impronta Idealista, metafísica y por momentos casi religiosa.

El Determinismo Histórico, esa conclusión filosófica y política por la cual el Socialismo llegaría de una vez y para siempre y nadie podría escapar a su destino, se convirtió casi en una política de fe, y cuestionar algunos métodos se convirtió en pecado sin lugar para la osadía de la discrepancia.

Con una mano se quitaba a Jesús de la cruz y con la otra se persignaban ante San Marx.

Las verdades declamadas, escritas, pintadas, danzadas o cantadas por un intelectual miembro del Partido Comunista eran casi proféticas, guiaban desde la sensibilidad artística la ruta que finalizaba, determinada históricamente, en el mundo socialista. La Internacional, musicalmente un himno como el de cualquier estado burgués y feudal y tan ajeno a la capacidad de producción de las clases trabajadoras, se entonó y entona desatando las mismas pasiones libertarias que otras corrientes del pensamiento socialista hallaron.

Ojo, esto no es una crítica a la historia de los heroicos partidos comunistas y sus militantes en cualquier lugar de planeta, es una visión crítica sobre el intento de construcción de una nueva hegemonía que bajo otras denominaciones copiaba las aberraciones del sistema que quería transformar, pero que fue cimentando una cultura alternativa, la cultura comunista, la de partido y pensamiento único, una contrahegemonía que solo aceptaba una visión hegemónica, una cultura que cuando se desplomó la URSS, al decir de Galeano, nos hizo sostener que ese muerto no es nuestro muerto.

Así, cuando sobre todo desde los países del tercer mundo, desde todos los sectores, dirigentes de procesos revolucionarios como Ernesto Che Guevara, Mariátegui, Mao, Ho Chi Minh, Franz Fanón tomaban distancia de la visión eurocentrista y de las desviaciones en las que había ingresado el proceso en la URSS, algunos artistas intelectuales rusos y del este europeo fueron cuestionados y perseguidos.

Arte y resistencia

Los años sesenta fueron el brotar de un sinfín de procesos sociales políticos que tuvieron su manifestación cultural.

En la región, la construcción a nivel musical de canciones que textual y musicalmente fueran reflejo de su sociedad dio lugar a imparables movimientos de música popular: el canto popular primero, y de protesta luego en Uruguay, la bossa nova en Brasil, Piazzolla y una nueva concepción de expresión del tango en Argentina, pero también Armando Tejada Gómez y una reversión de lo folclórico, Violeta Parra y Víctor Jara en Chile, etc.

Las coyunturas políticas además oficiaron de líquido amniótico, de alimento cotidiano.

El exilio fue otro elemento que mantuvo la sensibilidad para permitir la creación, a flor de piel, de pluma, de cuerda, de lienzo, de movimiento.

La resistencia a la dictadura y el retorno a las libertades de ejercer derechos democráticos fue un período más breve pero más intenso, y en particular de los más ricos, cuyos exponentes han sobrevivido hasta nuestros días con una lógica nacida en aquellos años: el arte como expresión soberana ante cualquier ejercicio de poder.

Porque muchos se hicieron famosos cantando veinte canciones con distintos ritmos y formaciones instrumentales y con diferentes temas textuales, pero conque mencionaran libertad, paz, y en algún caso No, ya alcanzaba para ser reconocidos.

Hace arte y asearte

El triunfo de las fuerzas progresistas en Uruguay -huelga decir- se dio en el marco de una coyuntura radicalmente distinta a la del siglo pasado.

Sin embargo, muchos de aquellos exponentes artísticos del siglo pasado seguían teniendo vigencia en el actual, aunque en el mundo de la música, válido es reconocer, los mismos textos y canciones seguían cotizando en alta, sin el mínimo esfuerzo creativo por actualizar.

Algunos se convirtieron en vacas sagradas y, así como los uruguayos somos bolsos o manyas, derechos o zurdos, sobre los artistas cayó la raviolera para encasillar.

Es un fenómeno cultural de todas las sociedades: quienes se atreven a bucear en nuevas formas distintas a las que dieron resultados, eso que la mercantilización de la cultura llama hit, pasan inadvertidos, jamás son convocados (y en parte por suerte) a ser el bingo cultural en los grandes actos de masas.

Es bien interesante este aseo de lo cultural; la vieja estrategia de librar una batalla contra la hegemonía fue sustituida por aquellos espectáculos que aseguran buena afluencia de público; una tribuna de circo colmada de espectadores que se retiraran sabios y gozosos con las oratorias brindadas y las canciones ensalzando los ánimos, el arte como polea de transmisión del aparato político.

¡Pah!, el realismo                                                                                    

La murga consecuente…y las obsecuentes; las de La Unión y las de La Teja, las murgas del pueblo.

La obsecuencia dejó de ser un valor despectivo para aquellas expresiones artísticas que no cuestionaban las políticas oficiales (como en la vieja URSS pero a escala aldea).

Como si a la sensibilidad se le pudiera definir dónde acentuarse.

Como si no releyéramos la historia reciente y fuéramos incapaces de analizar que esa forma expresiva fue posible en los sesenta porque estaba en un natural idilio amoroso con las ideas de transformación profunda de la sociedad; porque el rock vino de minifalda y en las caderas de la revolución sexual, porque el mayo francés pedía lo imposible en el canto de Brassens, porque Violeta y Víctor empuñaban sus guitarras en la revolución  de la vía electoral de Salvador Allende, porque en Uruguay el Bocha dijo que no era de por aquí, Rubén invitó a Redoblar y a Fernando, el de la calle Llupes, cierta estética dominante no le perdona esa voz finita casi al punto del quiebre para ser masculina, tan lejos del tono grave de Zitarrosa o el gallego Capela, como para poder participar en un gran acto de masas.

¿Es válido que el lente de la cámara solo registre aquellas imágenes como para hacer folletos turísticos, o también debería registrar los botijas en pata del Marconi y otros barrios?

¿Me convierte en agente de la derecha política reflejar lo que la misma derecha utiliza demagógicamente?

¿No tendremos un pedo astronómico cuando confundimos comisión de cultura y arte obligándole a cumplir las funciones de la Unidad de Comunicaciones o Comisión de Propaganda?

¿No nos ruborizamos cuando vemos un artista o arte que se expresa en una actividad de nuestra fuerza política o a favor de ella cumpliendo las máximas de Paul Joseph Goebbels?

El artista, el intelectual, el que ejerce su derecho a la opinión y a la acción política desde el campo de las ideas y desde el arte tiene la obligación moral, revolucionaria, de ser una suerte de tábano, ese bicho molesto que pica en los arroyos a los invasores y que despierta de su letargo a los que duermen la siesta.

La tendencia a esa suerte de “estalinismo cultural”, de ese espacio de confort militante donde el discurso político, la imagen del partido y el accionar en los distintos planos de sus militantes o adherentes dan una sensación de unidad homogénea ya fue un camino recorrido por los proyectos de construcción socialista en Europa del Este.

Mientras el socialismo real se desmoronaba por sus propias contradicciones, las comunitarias aldeas anarquistas en la revolución española perecieron ahogadas en sangre; no es en los tablados o en los escenarios que se construyen las bases de un comité. Los tablados populares y los escenarios, diminutos o masivos, son el signo de interrogación, la incertidumbre que permite avanzar y construir.

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