La importancia de esas palabras aparece cuando se las contrasta con una tendencia cada vez más evidente: transformar cuestiones económicas en asuntos de seguridad. Un chip, una red de telecomunicaciones, un puerto, una batería o un algoritmo pueden dejar de ser solamente instrumentos productivos para convertirse en objetos de restricciones geopolíticas. Y cuando el acceso a la tecnología queda condicionado por la competencia entre potencias, los costos no recaen únicamente sobre ellas. Los paga también el Sur Global.
China ya transformó la economía mundial
China no llegó a esta instancia solamente por su peso diplomático. Su transformación productiva alteró cadenas industriales, multiplicó la oferta mundial de bienes y contribuyó a reducir el costo de tecnologías que hasta hace pocos años estaban concentradas en un pequeño grupo de países.
En su discurso por el 77.º aniversario de la República Popular China, el embajador Wang Wei destacó que el PIB chino creció 4,7% interanual durante el primer semestre de 2026 y sostuvo que durante los últimos cinco años China aportó alrededor del 30% del crecimiento mundial. También señaló que 25 conglomerados chinos figuran entre los cien principales clústeres de innovación global y destacó los avances del país en almacenamiento energético, vehículos de nueva energía, energía eólica y fotovoltaica.
El impacto resulta particularmente visible en la transición energética. Según las cifras presentadas por el embajador, China provee alrededor del 70% de los equipos eólicos y el 80% de los componentes fotovoltaicos a escala global. Esa capacidad industrial no significa que cada vínculo con China produzca automáticamente desarrollo: la competencia de sus manufacturas también plantea desafíos para industrias de terceros países. Pero existe un fenómeno económico difícil de ignorar: China consiguió abaratar lo tecnológicamente complejo.
Vehículos eléctricos, baterías, paneles solares, telecomunicaciones y equipamiento industrial comenzaron a estar disponibles a costos que modifican las posibilidades de acceso de los países en desarrollo. Allí aparece la verdadera discusión: no importa solamente cuánto crece China, sino qué ocurre con las posibilidades de desarrollo de los demás cuando una economía de esa escala expande su mercado, su infraestructura y su capacidad tecnológica.
La nueva trampa de la periferia
Durante décadas, muchos países del Sur fueron incorporados a la economía mundial como proveedores de materias primas y compradores de manufacturas. Cambiaron los productos, pero sobrevivieron problemas estructurales: vulnerabilidad externa, dependencia tecnológica y dificultades para sostener procesos de industrialización.
Hoy emerge una versión más sofisticada de esa trampa. Los países que intentan ascender hacia actividades de mayor valor agregado pueden encontrarse con controles de exportación, restricciones tecnológicas, barreras financieras y presiones de alineamiento estratégico. Desde la perspectiva estadounidense, buena parte de estas políticas responde a objetivos de seguridad nacional y protección de tecnologías sensibles. Para una economía periférica, sus efectos pueden ser distintos.
Quedar afuera de las tecnologías decisivas del siglo XXI puede ser tan condicionante como haber quedado afuera de la industrialización del siglo XX.
Determinadas políticas de control tecnológico pueden funcionar como un tapón para el desarrollo de terceros países cuando restringen proveedores, encarecen alternativas o subordinan decisiones productivas a prioridades geopolíticas externas. Esto no implica desconocer que Estados Unidos continúa siendo una fuente extraordinaria de innovación, capital y conocimiento, ni supone que cualquier inversión china garantice transferencia tecnológica. Significa algo más elemental: el Sur necesita preservar la posibilidad de elegir, combinar socios y negociar tecnología en función de sus propias estrategias de desarrollo.
Esto no es una nueva Guerra Fría
La comparación con la Guerra Fría resulta insuficiente. Estados Unidos y la Unión Soviética encabezaban sistemas económicos escasamente integrados entre sí. China y Estados Unidos están profundamente entrelazados en comercio, inversión, finanzas y cadenas productivas. La competencia existe, pero ocurre dentro de una interdependencia que vuelve extraordinariamente costosa una ruptura.
Tampoco China reproduce el modelo internacional soviético. Su diplomacia reivindica desde 1954 los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica: respeto mutuo por la soberanía y la integridad territorial, no agresión, no injerencia, igualdad y beneficio mutuo, y coexistencia pacífica. Pekín los vincula actualmente con sus iniciativas globales de Desarrollo, Seguridad, Civilización y Gobernanza y con su propuesta de una comunidad de futuro compartido.
Eso no convierte a China en un actor sin intereses nacionales ni elimina las controversias que mantiene con otros Estados. Pero obliga a analizarla por sus características actuales y no solamente mediante analogías del siglo XX. Estamos ante una potencia profundamente integrada a la economía mundial que combina mercado, planificación de largo plazo, empresas públicas y privadas, una enorme base manufacturera y una diplomacia que coloca la cooperación económica y el desarrollo entre los componentes centrales de su propuesta internacional.
Xi condensó esa concepción en Washington en una frase particularmente significativa: “Lograr la gran revitalización de la nación china y hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande pueden ir de la mano.” La formulación presenta los objetivos nacionales de ambas potencias como potencialmente compatibles, en lugar de asumir necesariamente una lógica de suma cero. La emergencia de China no es presentada por Pekín como dependiente de la decadencia de Estados Unidos, del mismo modo que el desarrollo del Sur Global no debería depender del retroceso de ninguna potencia.
Ese concepto se enlaza con su otra definición: China y Estados Unidos ganan con la cooperación y pierden con la confrontación. Allí reside una diferencia importante respecto de la bipolaridad rígida del siglo XX: competencia, interdependencia y cooperación pueden coexistir.
Las diferencias estratégicas, sin embargo, permanecen. Durante la visita, Xi pidió a Washington prudencia respecto de Taiwán y reiteró la posición china sobre reunificación e integridad territorial. El dato relevante es que esas divergencias conviven con mecanismos de diálogo económico, tecnológico y militar. No estamos ante la ausencia de conflicto, sino ante el intento de administrarlo.
Silicon Valley sentado frente a Xi
La cena de Estado ofreció una fotografía casi perfecta de la dimensión tecnológica de esta disputa. Trump sentó frente a Xi a Elon Musk; los cofundadores de OpenAI Sam Altman y Greg Brockman; Jensen Huang, de Nvidia; Sundar Pichai, de Alphabet; Jeff Bezos, fundador de Amazon, y Tim Cook, de Apple. Alrededor de aquella mesa estaba buena parte del poder corporativo que sostiene la carrera estadounidense por la inteligencia artificial.
La ausencia más notoria fue la de Dario Amodei, fundador de Anthropic y una de las voces que reclama mayor cautela frente a los modelos más avanzados y controles más estrictos sobre tecnologías estadounidenses que puedan llegar a China. No existe confirmación pública de que Amodei no haya sido invitado. Lo significativo es el contraste: mientras el fundador de Anthropic reclama mayores restricciones, Jensen Huang ha cuestionado parte de las advertencias sobre los riesgos de la IA y Trump rechaza frenar su desarrollo argumentando que Estados Unidos debe conservar su ventaja frente a China.
La inteligencia artificial dejó así de ser únicamente una competencia entre empresas: se convirtió en una dimensión del poder nacional.
La imagen de Washington permite observar dos formas distintas de articularlo sin convertirlas en caricaturas. Estados Unidos exhibió el extraordinario poder de sus corporaciones tecnológicas; Xi llegó representando un sistema donde el Estado busca insertar la revolución tecnológica dentro de una estrategia industrial de largo plazo. Estados Unidos también tiene política industrial y China también tiene gigantes privados. La diferencia está en la forma y el grado de articulación entre Estado, mercado, tecnología y planificación.
Pero la cena también mostró la complejidad de esta relación. Trump sostuvo en su brindis que ambos presidentes representan “sistemas diferentes”, pero abogó por un “futuro de armonía” y destacó la permanencia de los vínculos entre ambos pueblos. Competencia tecnológica, diferencias entre sistemas e interdependencia conviven dentro de una misma relación.
De la carrera Sputnik al Momento Shenzhen
Ahí aparece la diferencia entre una carrera Sputnik y lo que denomino Momento Shenzhen.
Estados Unidos parece correr una carrera Sputnik por la IA: quién llega primero a la frontera. China está intentando convertirla en un Momento Shenzhen: quién consigue integrar primero la inteligencia artificial al conjunto del sistema productivo.
La cena de Washington mostró dos maneras diferentes de organizar poder y tecnología: Silicon Valley sentado a la mesa de Trump y un Estado chino intentando convertir la inteligencia artificial en política industrial. Estados Unidos busca conservar su liderazgo en la frontera; China procura transformar esa frontera en capacidad productiva a escala.
Para el Sur Global, esa diferencia es decisiva. Una revolución tecnológica concentrada en unas pocas empresas y territorios puede ampliar la distancia entre centro y periferia. Su difusión productiva puede, en cambio, abrir oportunidades para reducirla.
China intenta proyectar internacionalmente esta segunda dimensión mediante mecanismos de cooperación y gobernanza de la IA. En Washington, Xi sostuvo que la inteligencia artificial debe permanecer bajo control humano y servir al bienestar de las personas. La propuesta china de una Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial se inscribe en ese planteo de ampliar la cooperación y la participación internacional en la gobernanza de una tecnología que será determinante para el desarrollo.
La pregunta para América Latina es mucho más concreta que quién ganará la carrera: ¿seremos simplemente usuarios de sistemas desarrollados afuera o construiremos capacidades para aplicarlos, adaptarlos y producirlos?
Si la periferia sólo aporta litio, cobre, energía, alimentos, datos y mercados mientras importa inteligencia artificial terminada, habrá cambiado la tecnología pero no la estructura de la dependencia.
Por eso la oportunidad no consiste en reemplazar tecnología estadounidense por tecnología china. Consiste en aprovechar una mayor diversidad de proveedores, mercados, fuentes de financiamiento y socios tecnológicos para negociar transferencia de conocimiento, formar recursos humanos, desarrollar infraestructura digital e incorporar IA a nuestros propios procesos industriales.
El verdadero salto para el Sur Global no será consumir la inteligencia artificial de otros. Será utilizarla para dejar de producir como periferia.
El Sur Global no tiene por qué elegir una subordinación
China profundiza simultáneamente su participación en los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái y otras plataformas multilaterales. Son espacios diferentes y heterogéneos, cuyos integrantes mantienen intereses propios y relaciones diversas con Estados Unidos. No constituyen una nueva alianza equivalente a los bloques de la Guerra Fría.
Su importancia para los países en desarrollo está en otra parte: multiplican espacios de negociación, cooperación tecnológica y financiamiento. Lo mismo ocurre con la utilización de monedas nacionales, la internacionalización gradual del yuan y el Nuevo Banco de Desarrollo. Ninguno de estos procesos supone el reemplazo inmediato del dólar. Expresan la aparición de alternativas dentro de un sistema internacional más diversificado.
Para la Argentina, la conclusión no debería ser reemplazar una dependencia por otra. Estados Unidos seguirá siendo relevante en inversión, financiamiento y tecnología; China es un socio económico y financiero central, y Brasil constituye un vínculo indispensable para nuestra estructura productiva regional. Autonomía significa disponer de opciones. Dependencia significa que otro determine cuáles podemos utilizar.
El swap con China, el comercio agroindustrial, la infraestructura y la cooperación tecnológica muestran que la diversificación internacional puede traducirse en instrumentos concretos. Pero ningún vínculo externo sustituye una estrategia nacional. Sin política industrial, ciencia, infraestructura y formación tecnológica, podemos exportar los minerales y la energía de la nueva revolución productiva para luego importar sus bienes de mayor valor agregado.
El nuevo orden internacional abre oportunidades al Sur Global precisamente porque aumenta el número de actores capaces de financiar, producir y transferir tecnología. Aprovecharlas depende de las políticas y negociaciones de cada país.
La disputa entre Washington y Pekín seguirá existiendo. Pero si las dos principales potencias del mundo pueden sentarse a negociar sus diferencias, resulta difícil sostener que los países periféricos deban convertir esa competencia en una obligación de alineamiento.
La trampa de la periferia comienza cuando otros deciden qué podemos producir, qué tecnología podemos utilizar y con quién podemos comerciar. Romperla exige desarrollo, diversificación y capacidad propia. Porque la soberanía del siglo XXI también se juega en el derecho de cada país a decidir su futuro productivo.
Por Sabino Vaca Narvaja