Por Germán Ávila
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Esta semana, aun contra lo dicho por la ONU, Israel inició la construcción de una carretera que profundiza la ocupación y la segregación, mientras avanza la anexión definitiva de Cisjordania.
De manera parca, se dice en muchos escenarios, “el conflicto palestino israelí”; claro, en el fondo es un conflicto, una contradicción, una contraposición de perspectivas. Pero la realidad muestra un desarrollo increíblemente desigual en dicho conflicto; la ocupación de los territorios se ha hecho en detrimento de la existencia de quienes habitaban ese territorio con anterioridad a la llegada de los primeros asentamientos, lo que ocurrió antes de la Segunda Guerra Mundial.
Israel ha consolidado un Estado cuya presencia, como en pocos países, tiene unos parámetros ideológicos bien definidos. Todos sus imaginarios han sido levantados de manera monolítica sobre la idea de pertenencia a un territorio que habitaban otras personas y la manera en que se ha consolidado ese Estado ha sido por medio del ejercicio de la fuerza.
El poderío militar israelí se debe mayoritariamente al apoyo de Estados Unidos, que en contraprestación ha tomado esa nación como un enclave de avanzada propio en un territorio que le ha sido naturalmente hostil, es decir, lo que ocurre con Israel no es un asunto meramente doméstico, sino que tiene dimensiones geopolíticas regionales con repercusiones globales, sobre todo en un mundo que se encuentra en una disputa como la que actualmente sostiene Estados Unidos con China.
Israel comenzó con varias ocupaciones dispersas en el territorio demarcado como Palestina; estos emplazamientos fueron extendiéndose con el tiempo, generalmente a partir de conflictos armados con algunos de los países que le rodean. La ocupación de territorios se ha realizado por la vía de los hechos y ha llegado al punto de revertir la proporción, y en 60 años el territorio palestino fue convertido en franjas dispersas y aisladas.
Estas franjas no solo se caracterizan por ser físicamente reducidas, sino por haberse convertido en verdaderos guetos aislados y encerrados, cuya entrada y salida está completamente en manos de Israel, cuyo control se basa exclusivamente en el ejercicio de la fuerza, lo que obliga a la sujeción de los palestinos.
Existe un imaginario que se ha desarrollado a partir del establecimiento del término “conflicto”, que es la confrontación de dos partes, sin embargo, la capacidad militar de Israel no solo es superior por ser concebida desde sus inicios como una nación armada, con una sociedad en función de la milicia o por ser uno de los países mejor armados en el mundo, sino porque su contraparte ni siquiera tiene un ejército regular que lo pueda confrontar, así fuera mal.
La respuesta armada de Palestina es completamente irregular y precaria, lo que termina convirtiéndose en un elemento que también es aprovechado por Israel para desatar acciones armadas indiscriminadas en los territorios de confinamiento palestino. No hay batallones, no hay instalaciones militares, no hay patrullaje de soldados palestinos o automotores, aviones ni helicópteros, por lo tanto, Israel define de manera unilateral qué puede ser considerado un objetivo militar legítimo, por lo que el millonario volumen de fuego israelí puede caer sobre casas, edificios, hospitales o escuelas de manera indiscriminada, ya que cualquier lugar es susceptible de ser señalado como un “nido de terroristas” y cualquier persona puede ser considerada una amenaza.
En muchos escenarios el debate ha querido ser puesto en el terreno de la diplomacia internacional, en la medida que Israel afirma que al momento de establecer los asentamientos no había una nación palestina de manera formal, y este Estado ha sido reconocido hace solo una década, mientras que el Estado de Israel es inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que está de por medio no solo tiene que ver con el reconocimiento jurídico de la estructura de un Estado por encima del otro; es principalmente un problema humanitario, en el que más allá del tipo de organización social preexistente, había una comunidad establecida que ha sido sistemáticamente forzada a desplazarse o directamente exterminada. Cada incursión militar de Israel en Palestina cobra la vida de cientos de personas en pocos días, a veces miles, sin distingo de edades o género, y cuando eso ocurre de manera sistemática, se quiera o no, termina configurándose un exterminio.
La construcción de la nueva carretera, llamada The American Road, en Cisjordania, tiene varias características: la primera de ellas es que une diferentes asentamientos israelíes ubicados en la parte de Jerusalén oriental, donde Palestina había anunciado la intención de establecer su capital, mientras, por otro, se adelanta al plan de anexión definitiva de Cisjordania anunciado para julio.
Cisjordania era uno de los pocos lugares en que lograron quedarse los palestinos, aun cuando fuera encerrados por un gigantesco muro de casi 300 km de extensión, y que se ha convertido en un verdadero símbolo del apartheid al que ha sido sometida la población palestina, pues no solo está el muro, sino los puestos de control que deben sortear quienes deseen moverse de un lado al otro.
El gobierno de Israel, en cabeza del ultraderechista Benjamín Netanyahu, había decidido anexar la franja de Cisjordania al resto de Israel a partir de la existencia de varios asentamientos judíos en esta zona. El gobierno de Donald Trump propuso un plan llamado Visión para la paz, que, en pocas palabras, reconoce el Estado de Israel tal como está, reconociendo también el Estado palestino, que debe limitarse a los guetos en que se encuentra confinado.
El plan propuesto por la Casa Blanca muestra la particular visión de Israel respecto al tema, pues fue rechazado por un sector conservador en Israel, no por estar en contravía de sus intereses como nación, sino por el hecho de reconocer a Palestina como un Estado. En ese sentido se ve que una de las premisas de este sector político (no despreciable) no es solamente el reconocimiento y bienestar de su propia nación, sino la negación misma de la existencia de Palestina.
Las condenas a nivel internacional no se han hecho esperar; no obstante, la historia ha demostrado que si hay una nación impermeable a los reclamos internacionales, es Israel, desde la construcción de varios asentamientos hasta el levantamiento del muro, pasando por decenas de acciones contra la población civil y el uso de armas prohibidas por la Convención de Ginebra, han sido denunciados en innumerables instancias con el mismo resultado para todos los casos: nada.
Según los datos de Naciones Unidas, en los territorios en que han quedado confinados los palestinos, actualmente el 95% del agua no es potable, solo tienen acceso a 4 horas de electricidad al día y la tasa de desempleo es del 45%, sin capacidad para movilizarse libremente a otras áreas. Es un problema humanitario que se verá agudizado en caso de materializarse la anexión de Cisjordania, pues según las palabras de Netanyahu, “los sujetos palestinos” que permanezcan en la zona absorbida no tendrán la nacionalidad israelí; en otras palabras, si no se van, están condenados a ser unos parias, profundizando el drama humano.